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Misterio: ¿Cómo puede ser que produzcamos más con menos empleo e inversión?

Crece el PBI, pero el empleo formal sigue débil y la inversión cae. Detrás de esa contradicción aparece una palabra clave: productividad.

24/06/2026 | 14:37Redacción Cadena 3

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  1. Audio. Misterio: ¿Cómo puede ser que produzcamos más con menos empleo y menos inversión?

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¿Cómo puede ser que Argentina produzca más si hay menos empleo formal y menos inversión? El dato parece contradictorio. El Producto Bruto Interno creció 2,3% en el último año y alcanzó el nivel más alto de la serie. Sin embargo, el mercado laboral no muestra el mismo dinamismo. La desocupación apenas baja y, al mismo tiempo, se registra una pérdida de alrededor de 10 mil puestos formales en la comparación interanual.

La inversión, además, cayó cerca de 11%. Es decir: hay menos empleo registrado, menos inversión medida en dinero y, aun así, la economía produce más. ¿Dónde está la explicación?

La respuesta está en una palabra clave: productividad.

La productividad es, en términos simples, producir más con los mismos recursos o incluso con menos. Puede mejorar la productividad del trabajo y también la productividad de la inversión. Y eso, aunque resulte incómodo, explica parte de lo que está pasando en la Argentina.

Durante años, buena parte de la economía funcionó con empleos de muy baja productividad, estructuras sobredimensionadas, regulaciones que encarecían artificialmente insumos, protecciones que obligaban a comprar caro y sectores enteros acostumbrados a sobrevivir más por privilegios que por eficiencia.

Cuando una persona deja de ocupar un lugar improductivo y pasa a realizar una actividad real, aunque sea informal, modesta o artesanal, la sociedad puede terminar produciendo más que antes. El ejemplo puede ser extremo, pero sirve: si alguien que antes sólo calentaba una silla en una oficina ahora hace y vende empanadas, hay un producto que antes no existía. Antes había costo. Ahora hay producción.

Algo parecido ocurre con la inversión. Si un productor agropecuario antes destinaba una cantidad de dinero a comprar maquinaria cara, protegida y de menor eficiencia, y ahora con menos plata puede acceder a equipos mejores, más potentes o más baratos, entonces la inversión medida en pesos puede caer, pero la capacidad productiva puede aumentar.

Ahí aparece el corazón del proceso: no sólo importa cuánto se invierte, sino en qué se invierte. No sólo importa cuánta gente trabaja, sino qué produce ese trabajo.

La Argentina está entrando, quizá de manera desordenada y dolorosa, en una etapa de reconversión. Sectores que durante años vivieron al abrigo de reglas viejas tienen que adaptarse. Empresas que antes tenían compradores cautivos ahora deben competir. Trabajadores que hacían una tarea determinada tienen que buscar otro lugar. Actividades que parecían intocables empiezan a ser revisadas.

Eso no es menor. Es un proceso social profundo. En otros países, estos cambios suelen ocurrir de manera paulatina. En la Argentina, en cambio, la reconversión se demoró durante demasiado tiempo. Se la postergó, se la maquilló, se la financió con emisión, deuda o impuestos. Pero no desapareció. Quedó acumulada.

Por eso ahora todo parece suceder junto: la caída de sectores protegidos, el avance de actividades más competitivas, el crecimiento del agro, la minería, la energía y la pesca, y la crisis de muchas formas tradicionales de empleo.

El problema es que la productividad es indispensable para construir riqueza, pero también puede ser brutal en la transición. Detrás de cada número hay personas, familias, comercios, oficios, pueblos y sectores que sufren el cambio. No alcanza con celebrar que la economía produce más si una parte de la sociedad queda en el camino sin herramientas para reinsertarse.

Por eso este proceso requiere racionalidad y solidaridad. Las dos cosas. Racionalidad para entender que no se puede volver a un esquema agotado, caro e improductivo. Solidaridad para acompañar a quienes pierden en la transición y necesitan capacitación, contención y oportunidades reales.

Y allí aparece una obligación central: reformar también el Estado.

Si la sociedad está obligada a ser más productiva, el Estado no puede seguir funcionando con la lógica de siempre. Tiene que prestar mejores servicios con los mismos recursos o con menos. Mejor Justicia. Mejores cárceles. Mejor atención a los menores. Mejores hospitales. Mejores escuelas. Menos burocracia inútil. Más resultados concretos.

La productividad no puede ser sólo una exigencia para el privado, para el comerciante, para el productor o para el trabajador que debe reconvertirse. También tiene que ser una exigencia para la política y para todo el sector público.

La Argentina está atravesando un cambio enorme. No es apenas una discusión estadística ni una rareza de los datos económicos. Es una transformación social que ocurre delante de nuestros ojos.

El país puede estar empezando a producir más, pero el desafío es que esa mayor productividad no se convierta en una fractura social. La riqueza duradera no nace de sostener empleos ficticios ni de proteger ineficiencias eternas. Pero tampoco se construye abandonando a quienes quedan atrapados en el medio del cambio.

Ese es el equilibrio difícil: aceptar que la productividad es imprescindible, sin olvidar que la reconversión tiene rostro humano.

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