Buenas y malas de las que no hablamos
Petróleo récord, gas escaso en el NOA, truchas patagónicas y suelos pobres: señales de una transformación que exige gestión.
01/07/2026 | 14:27Redacción Cadena 3
La Argentina está atravesando un cambio profundo. Para bien o para mal, según cómo se lo mire, pero un cambio al fin. No se trata sólo de una modificación económica. Hay algo más estructural, demográfico, productivo, sociopolítico. Y en medio del ruido cotidiano, de las peleas políticas y de la agenda urgente, pasan cosas enormes que casi no miramos.
Hay buenas y malas noticias. Conviene mirar las dos, porque en esa mezcla está buena parte del futuro argentino.
La primera buena noticia es el petróleo. En mayo, la producción promedio llegó a 903 mil barriles diarios, un récord histórico para el país. La cifra empieza a poner a la Argentina en otra escala. México produjo en el mismo mes alrededor de 1,3 millones de barriles diarios. Venezuela, cerca de 1,2 millones. Es decir: la Argentina ya está en torno al 70% o 75% de la producción de países tradicionalmente petroleros de la región.
¿Vamos camino a ser una especie de Emiratos Árabes argentinos? La respuesta exige prudencia. El potencial existe, pero no alcanza con tener petróleo bajo tierra. Hay que sacarlo, transportarlo, venderlo y hacerlo competitivo. Y para eso también hay que resolver el gas.
Vaca Muerta no es sólo petróleo. Es petróleo y gas al mismo tiempo. Si la Argentina no logra darle salida al gas, también se complica la producción petrolera. No se puede desarrollar una industria energética potente si una parte central de esa producción queda atrapada por falta de infraestructura o de mercados.
En ese punto aparece una oportunidad enorme: Brasil volvió a mirar un proyecto para instalar una megafábrica de fertilizantes en Mato Grosso. La idea original era abastecerla con gas boliviano. Pero Bolivia se quedó sin el gas que supo tener. Y ahí aparece Vaca Muerta. El gas argentino podría ocupar ese lugar.
Sería una salida estratégica: vender gas, integrar cadenas productivas, abastecer a Brasil y, al mismo tiempo, fortalecer la producción regional de fertilizantes. Pero para que eso ocurra, hay que hacer las obras, tomar decisiones y acelerar procesos que en la Argentina suelen demorarse demasiado.
La segunda noticia es mala y muestra el otro lado del mismo problema. En el NOA falta gas industrial. Y eso ya afecta a sectores concretos. En Tucumán, por ejemplo, la cosecha del limón está frenada en parte porque una porción importante de esa producción debe industrializarse. No todo el limón se exporta como fruta fresca. Una parte va a fábricas que elaboran derivados, y esas plantas necesitan gas.
Si no hay gas, se frena la industria. Y si se frena la industria, también se resiente la cosecha. Lo mismo puede pasar con ingenios azucareros, papeleras y otras actividades fundamentales para el norte argentino.
Por eso es clave avanzar con la reversión del Gasoducto Norte. Ese ducto fue pensado para traer gas desde Bolivia. Ahora la lógica cambió: hay que invertir el sentido, adaptar estaciones compresoras y permitir que el gas argentino llegue al norte del país y, eventualmente, también al mercado brasileño.
Ese es el tamaño del desafío. La Argentina tiene recursos, pero necesita infraestructura. Tiene oportunidades, pero también cuellos de botella. Tiene Vaca Muerta, pero si no conecta Vaca Muerta con la industria, el desarrollo queda a mitad de camino.
La tercera noticia es menos conocida, pero muy interesante. En la Patagonia, especialmente en Río Negro, crece fuerte la producción de truchas para exportación. En la última década, la producción se multiplicó varias veces. En los últimos años, la faena y las exportaciones también dieron saltos significativos.
Es un sector que en la Argentina todavía conocemos poco, pero que en Chile es central. El salmón y la trucha, ambos salmónidos, representan un negocio gigantesco para el país vecino. En términos de valor, es una industria comparable con lo que para la Argentina significa la ganadería.
Ahí hay otra puerta. Una Argentina que no sólo exporte granos, carne o energía, sino también alimentos de alto valor agregado desde regiones que históricamente estuvieron lejos del centro productivo nacional.
Y la cuarta noticia vuelve a encender una alarma. Fertilizar Asociación Civil difundió un dato preocupante: la Argentina apenas repone una parte menor de los nutrientes que extrae de sus suelos a través de la agricultura. Según ese informe, sólo se repone alrededor del 22% de los nutrientes exportados en los granos.
Eso es grave. Porque el campo no es una caja infinita. El suelo produce, pero también se agota. Si la Argentina quiere sostener su potencia agroexportadora, tiene que discutir en serio cómo repone nutrientes, cómo fertiliza mejor y cómo transforma parte de la renta agrícola en inversión sobre la propia tierra.
Y otra vez aparece el gas. Muchos proyectos para producir fertilizantes en la Argentina dependen de esa disponibilidad energética. El mismo gas que puede abastecer a Brasil también puede servir para fabricar fertilizantes en el país y mejorar la productividad del campo argentino.
Pero además hay otra discusión pendiente: las retenciones. Si se baja la carga sobre el productor, también hay que pensar cómo parte de ese capital vuelve al suelo, a la tecnología, a la reposición de nutrientes y a la mejora productiva. No alcanza con producir más un año. Hay que producir mejor durante décadas.
Estas cuatro noticias —el récord petrolero, la falta de gas en el NOA, el crecimiento de las truchas patagónicas y la baja reposición de nutrientes— parecen temas separados. No lo son. Todas hablan de lo mismo: una Argentina que está cambiando, pero que necesita ordenar ese cambio.
El país tiene recursos naturales, talento productivo y mercados posibles. Pero también tiene una vieja tendencia a trabarse en lo básico: ductos que no llegan, obras que se demoran, impuestos que distorsionan, infraestructura que queda chica y debates públicos que muchas veces miran para otro lado.
El cambio está ocurriendo. La pregunta es si la Argentina va a estar a la altura de administrarlo.
Porque una cosa es tener petróleo, gas, alimentos, peces, suelos y mercados. Otra cosa muy distinta es convertir todo eso en desarrollo.






