Los Autos Locos de 2027
A un año de las presidenciales, la política argentina ensaya una grilla de outsiders, empresarios, religiosos, figuras mediáticas y dirigentes de carrera. Milei ya cambió la pista sobre la que deberá correr quien aspire a reemplazarlo.
20/08/2026 | 19:37Redacción Cadena 3
Alguna vez, los niños que ya no somos niños mirábamos 'Los Autos Locos', aquel dibujo animado de Hanna-Barbera de fines de los años sesenta en el que once vehículos imposibles y 23 competidores extravagantes recorrían Estados Unidos para conseguir el título de "Piloto más loco del mundo". Unos corrían en una roca con ruedas; otros, en una especie de tanque. Había mafiosos, monstruos, un profesor loco, un leñador, militares, Penélope Glamour y, por supuesto, Pierre Nodoyuna y Patán, que invertían tanta energía en complicarles la carrera a los demás que generalmente terminaban complicándose la propia.
Los autos no se parecían entre sí y los pilotos tampoco. Esa era un poco la gracia.
Casi sesenta años después, la política argentina parece preparar su propia edición. En la grilla para 2027 aparecen —o aparecen por momentos, o alguien procura hacerlos aparecer— un gobernador peronista, un pastor evangélico, un sacerdote jesuita, un banquero, empresarios de medios y tecnología, un economista, un conductor de televisión, una cantante, una dirigente trotskista, un streamer y varios políticos profesionales que todavía conservan la antigua costumbre de querer ser candidatos después de haber dedicado su vida a la política.
Dante Gebel, Rodrigo Zarazaga, Daniel Hadad, Jorge Brito, Marcos Galperin, Carlos Melconian, Lali Espósito, Myriam Bregman, Tomás Rebord, Pedro Rosemblat, Axel Kicillof. La lista cambia según quién la confeccione, qué consultora mida, qué dirigente se reúna con qué empresario o qué empresario reúna dirigentes. Algunos quieren. Otros aseguran que jamás. Algunos son candidatos; otros son candidatos de quienes quieren que sean candidatos. A veces alcanza una encuesta, una cena, una charla o una aparición televisiva para que un ciudadano entre a un auditorio como empresario, pastor o cantante y salga convertido en presidenciable.
La Argentina tiene ese bello talento.
Hace algunos años, una conversación sobre la próxima elección presidencial empezaba por gobernadores, ministros, senadores, jefes partidarios, algún exvicepresidente. Había que recorrer casilleros, acumular cargos, construir estructura, sobrevivir internas, administrar algo. La política tenía una especie de escalafón. Para bien y para mal. Se podía saltear algún peldaño; saltearlos casi todos parecía arriesgado.
Javier Milei cambió esa presunción.
Llegó a la Presidencia como economista mediático, después de apenas dos años como diputado, con una fuerza recién creada, casi nula estructura territorial y unas maneras que cualquier manual clásico de campaña habría recomendado corregir con urgencia. Gritaba cuando correspondía moderarse, insultaba a personas que después necesitaría para gobernar, despreciaba consensos que la dirigencia consideraba indispensables y convirtió su falta de experiencia política en una credencial.
Ganó caminando.
Desde entonces una pregunta atraviesa despachos, consultoras, medios, sindicatos, empresas, gobernaciones y quinchos: con quién se le gana.
La pregunta tiene algo cruel para quienes la formulan, porque una de las respuestas que circulan consiste en mirar fuera del círculo de quienes llevan décadas formulando preguntas como ésa. Tal vez haga falta alguien con menos política encima, alguien que todavía no haya acumulado veinte años de cargos, internas, alianzas, rupturas, reconciliaciones, fotografías y explicaciones.
Así empezó una de las operaciones más curiosas de estos años: los profesionales de la política salieron a buscar gente que pueda exhibir como ventaja su distancia de los profesionales de la política.
Buscan empresarios, comunicadores, intelectuales, pastores, personas con audiencias, seguidores, prestigio, dinero, carisma o una biografía suficientemente alejada de los partidos. Dirigentes con treinta años de elecciones encima se reúnen para encontrar a alguien que pueda presumir de no tenerlos. Los consultores miden autenticidad, los aparatos intentan producir frescura y los operadores organizan independencia.
La espontaneidad ya tiene comité promotor.
Dante Gebel fue uno de los primeros vehículos que hizo ruido. Pastor evangélico, comunicador, hombre de espectáculos multitudinarios, hace poco tiempo su nombre habría sonado excéntrico en una conversación presidencial argentina. Ahora lo alientan dirigentes políticos y sindicales, circulan armados a su alrededor y cada entrevista suya es examinada con esa ciencia tan argentina que consiste en calcular cuánto quiso decir alguien cuando dijo que quizá, llegado el caso, podría.
Después apareció, al menos como rumor, un sacerdote jesuita.
Pablo de León contó en un medio porteño que Cristina Kirchner estaría especialmente interesada en los informes que Rodrigo Zarazaga elabora sobre el conurbano bonaerense y en unas encuestas sociales que le hizo llegar. Zarazaga es rector del Instituto Universitario CIAS, doctor en Ciencia Política por Berkeley y lleva años estudiando pobreza, clientelismo y comportamiento electoral. Según esa versión, Cristina llegaría a imaginarle algún futuro político, aunque el sacerdote se ha mantenido hasta ahora lejos de una carrera electoral.
Del pastor evangélico al jesuita de Berkeley.
La grilla admite casi cualquier vehículo.
Después está Daniel Hadad, empresario de medios, periodista, fundador de Infobae. Recibe un doctorado honoris causa, presenta un cortometraje realizado con inteligencia artificial, consigue reunir en un mismo lugar a dirigentes y empresarios de procedencias variadas y entonces queda flotando la pregunta inevitable: ¿y si fuera él? Un operador experimentado lo definió con certeza al mismo medio: Hadad "habla como un candidato", aunque todavía no lo sea.
Jorge Brito aparece por otro carril. Empresario, banquero, expresidente de River, escucha a dirigentes y consultores que imaginan una posible entrada a la política. Marcos Galperin, Pedro Rosemblat, Agustín Laje, Tomás Rebord: distintas mediciones han incorporado figuras externas al sistema y cada nombre alcanza para producir durante unos días la sensación de que quizá allí se esconda la respuesta.
Hasta Lali Espósito consiguió entrar en el juego. Circularon versiones de sectores que imaginaban su potencial electoral a partir de su enorme conocimiento público y algunas mediciones. Lali jamás manifestó una vocación presidencial conocida. Tampoco parece un requisito indispensable para incorporarse a esta etapa de la competencia: en los 'Autos Locos' de 2027 alcanza con que otro quiera anotarlo a uno.
Myriam Bregman introduce una rareza de signo distinto. Militante de izquierda desde hace décadas, dirigente partidaria, diputada, excandidata presidencial: política por donde se la mire. Sin embargo conserva una identidad tan marcada y tanta distancia respecto de quienes gobernaron que algunas mediciones la muestran con niveles de aceptación llamativos. Hasta una dirigente profesional puede adquirir cierta condición de figura exterior cuando el electorado la ubica lejos de los centros tradicionales del poder.
El peronismo vive esta búsqueda con particular intensidad. Tiene gobernadores, intendentes, legisladores, sindicatos, organizaciones sociales, estructuras territoriales y una de las maquinarias electorales más persistentes de la historia argentina. Tiene, en definitiva, políticos.
Y mira alrededor. Por si acaso. Esa mirada dice bastante.
Las encuestas dicen otras cosas y corresponde escucharlas con cierta modestia y desconfianza. En 2023 buena parte del análisis político argentino consiguió medir muchas variables y entendió bastante tarde la que terminó ordenándolas. Andrés Malamud reconoció después algo poco frecuente entre quienes se dedican a explicar la política: él tampoco había previsto el triunfo de Milei. El libertario detectó un electorado que los profesionales no estaban alcanzando y convirtió en fortalezas varios de los rasgos que el oficio habría aconsejado corregir. Su amateurismo podía parecer impericia desde el sistema y autenticidad desde afuera. Su pelea con la llamada casta generaba rechazo en unos y una identificación poderosa en otros.
Malamud llegó más lejos: admitió que, si Milei le hubiera pedido consejos durante aquella campaña, él habría respondido con criterios convencionales y probablemente lo habría perjudicado. La campaña manejaba emociones y Milei encontró una receta que los especialistas no habían previsto.
Conviene no perder de vista eso ahora, cuando las encuestas vuelven a convertirse en explicaciones del futuro.
Unas muestran un supuesto desgaste de Milei. El Gobierno responde con la baja de la inflación, equilibrio fiscal, desregulación, reducción de estructuras estatales y otros indicadores que considera pruebas de que el rumbo económico empieza a entregar resultados. Sus adversarios contestan con consumo, empleo, salarios, morosidad, producción y costos sociales. Dentro de un año los votantes decidirán qué datos les importaron y cuáles quedaron muy bien acomodados en presentaciones de PowerPoint.
La política, mientras tanto, ofrece un dato menos discutible: sus dirigentes buscan.
Buscan porque Milei leyó el hartazgo con la dirigencia tradicional, el cansancio frente a determinados lenguajes y la sensación de que los mismos personajes discutían desde hacía años las mismas cuestiones mientras el país entregaba resultados cada vez peores. Leyó también una generación más joven, intensamente vinculada a las redes y sin memoria directa de algunas experiencias que seguían organizando la conversación de generaciones anteriores.
También movió la agenda. El déficit, el gasto público, el tamaño del Estado, las regulaciones, la emisión y la inflación ocupan un lugar diferente. Cada adversario debe decidir cuánto de esa agenda acepta, cuánto combate, cuánto promete corregir y cuánto cree que puede revertir.
Hasta un político de raza como Kicillof corre ahora sobre esa pista y debe hacerlo con las herramientas que posee: territorio, gestión, aparato, identidad ideológica, la provincia de Buenos Aires con un enorme peso electoral. Otros gobernadores pueden presentarse desde la experiencia. Alguna figura nacional puede reconstruir una coalición clásica.
Todos compartirán pista con gente que hace diez años jamás habría sido incluida en una lista presidencial seria.
En 'Los Autos Locos', cada participante encontraba su propia manera de avanzar. La Argentina parece empeñada en reproducir ese método. Uno llegará con gobernadores; otro, con sindicatos; otro, con una iglesia; otro, con una empresa; otro, con millones de seguidores; otro, con una audiencia; otro, con intendentes y fiscales; otro, con una identidad ideológica construida durante décadas.
Y en medio de semejante carrera aparece una escena que Hanna-Barbera quizá habría rechazado por demasiado obvia.
San José 1111.
Allí cumple prisión domiciliaria Cristina Fernández de Kirchner, condenada e inhabilitada para ejercer cargos públicos y todavía capaz de gravitar sobre una parte central del peronismo. Por su departamento pasan dirigentes, se mantienen conversaciones y se multiplican interpretaciones acerca de a quién prefiere, a quién acepta, a quién rechaza y a quién podría bendecir.
El peronismo busca al candidato capaz de representar su futuro y una parte del peronismo sigue consultando ese futuro con la dirigente que organizó buena parte de su pasado reciente.
El oráculo funciona en un departamento.
Alguien entra y otros explican qué significa que haya entrado. Alguien sale y empiezan las traducciones. Cristina habla y se interpreta; Cristina calla y se interpreta todavía más.
Ahora apareció Zarazaga entre esos rumores. Según la versión publicada por Pablo de León, la expresidenta se habría entusiasmado con sus informes sobre el conurbano y hasta imaginaría algún futuro político para el jesuita.
No es más que eso: un rumor. Pero el rumor alcanza para completar la escena.
Afuera esperan un gobernador, un pastor, empresarios, una cantante, streamers, políticos profesionales y, quizá, un sacerdote que hasta ahora se dedicaba a estudiar por qué votaban los demás.
La experiencia reciente obliga a contemplar una posibilidad incómoda: quizás aún no conozcamos a quien pueda derrotar a Milei. O quizá lo conocemos por otra actividad y todavía nadie lo considera presidenciable.
En agosto de 2019 Javier Milei ya existía públicamente. Salía en televisión, discutía economía, polemizaba, gritaba. Muy pocos ordenaban el futuro presidencial argentino alrededor de su nombre. Cuatro años después recibió el bastón.
El presidente Milei todavía no había nacido políticamente.
Tal vez quien le gane ya gobierne una provincia. Tal vez administre una empresa. Tal vez conduzca un programa. Tal vez cante. Tal vez predique. Tal vez investigue elecciones. Tal vez hoy nadie esté hablando de él. O de ella.
Pero que no cunda el pánico, no somos los inventores de la competencia. La Argentina forma parte de un fenómeno mundial: Trump llegó desde los negocios y el entretenimiento, Zelensky era un humorista y, en 2025, Polonia eligió presidente a Karol Nawrocki, un historiador sin experiencia electoral previa. El ensayista italiano Giuliano da Empoli lleva años describiendo esa mutación de la política, alimentada por el desgaste de los partidos tradicionales, la desconfianza hacia las élites y un ecosistema digital que favorece la irrupción de personajes capaces de romper los códigos conocidos.
Ese cambio global adquirió con Milei una forma específicamente argentina: ensanchó brutalmente el catálogo de personas que pueden ser imaginadas como presidenciables. Durante mucho tiempo, la ruta habitual exigía construir una carrera para construir una candidatura; ahora puede ocurrir al revés. Primero aparece una identidad, una audiencia, un personaje capaz de interpretar el clima de época, y después llegan el aparato, los fiscales, las listas, los asesores, los gobernadores, los economistas y los especialistas encargados de explicar aquellas cosas que el candidato dijo cuando todavía no sabía que algún día tendría que explicarlas.
En otras palabras, Milei está construyendo a sus adversarios.
Ignora quiénes serán y algunos seguramente le resultarán más convenientes que otros. Pero su triunfo cambió las condiciones bajo las cuales todos deberán competir.
Quizás esté contribuyendo, incluso, a construir a quien lo venza.
Sería una ironía extraordinaria: el hombre que cambió la definición argentina de candidato presidencial terminaría perdiendo la Presidencia frente a alguien cuya candidatura habría parecido inverosímil antes de que él demostrara que lo inverosímil también podía ganar.
Pero volvamos a 'Los Autos Locos'.
Todavía falta mucho. Algunos autos se romperán antes de largar, varios nombres desaparecerán y otros aparecerán. Algún presidenciable hoy irresistible descubrirá que era irresistible para cuatro consultores, tres empresarios y dos programas de televisión. Algún político considerado gastado puede recuperar potencia. Algún desconocido puede entrar haciendo el ruido que todos reconoceremos después como inevitable.
Así suelen funcionar estas cosas: primero suceden; después abundan quienes explican por qué era evidente que sucederían.
'Los Autos Locos' recién se acomodan en la largada.
Milei ya sentó buena parte de las bases de esa competencia: ensanchó la pista, mezcló las categorías, convirtió al outsider en una hipótesis presidencial perfectamente imaginable y dejó al político profesional compartiendo lugar con una fauna que hasta hace poco habría resultado insólita.
Once autos serían pocos.
Veintitrés competidores, también.
Hay un solo inconveniente.
Aquellos de la serie corrían para saber quién era el piloto más loco del mundo.
Estos compiten para decidir nuestro porvenir.





