China contra Mbappé: nada personal, todo global
La reacción de Pekín ante una broma del delantero francés mostró cómo el poder económico puede condicionar la libertad de expresión y llevar a clubes, artistas y empresas a medir sus palabras para conservar sus negocios | Por Adrián Simioni.
28/10/2026 | 14:43Redacción Cadena 3
El caso de Kylian Mbappé ofrece una imagen inquietante del poder global: un comentario sobre un meme puede convertirse en un problema comercial para una de las mayores marcas del fútbol. La lectura política del episodio es que China está mostrando hasta dónde puede hacer valer sus límites sobre lo que se dice de su historia, incluso fuera de sus fronteras.
Todo empezó con una respuesta del delantero francés sobre las bromas que circulan en las redes sociales. Mbappé contó que uno de los montajes que más gracia le causaban mostraba su rostro sobre la figura de "un dictador chino". No mencionó a Mao Zedong por su nombre, aunque el montaje que circuló con el video lo representaba. Una humorada sobre sí mismo terminó convertida en una controversia internacional.
La reacción tuvo consecuencias concretas. Dongpeng, Mengniu y Milkground cancelaron sus acuerdos comerciales con el futbolista. La televisión estatal CCTV suspendió las retransmisiones de LaLiga y se multiplicaron las restricciones a contenidos relacionados con el jugador en plataformas chinas. El alcance del castigo desbordó rápidamente a quien había hecho el comentario.
Hubo, además, un gesto de una elocuencia particular: el portal deportivo Dongqiudi reemplazó el nombre de Mbappé por una expresión equivalente a “no existe tal persona” en la clasificación del Balón de Oro. También publicó una fotografía suya en blanco y negro, un tratamiento que en las redes chinas suele asociarse con personas fallecidas. El futbolista seguía allí, pero una plataforma decidía borrarlo simbólicamente.
Mbappé pidió disculpas y el Real Madrid se sumó con un comunicado dirigido al pueblo chino. El episodio llegó incluso a una conferencia de prensa del Ministerio de Exteriores de China, cuyo portavoz dijo que tomaba en serio las disculpas del jugador. Una conversación sobre memes había escalado hasta la diplomacia.
Conviene detenerse en el origen de la ofensa. Calificar a Mao de dictador tiene fundamentos históricos: la concentración del poder, la persecución política y el culto a su personalidad. Las políticas del Gran Salto Adelante desembocaron en una hambruna que mató a millones de personas; la Revolución Cultural extendió la violencia y la represión. El propio Mao defendió una “dictadura democrática popular”, una fórmula que reservaba derechos al pueblo y la coerción a quienes el poder identificaba como sus enemigos.
El asunto, por lo tanto, excede la sensibilidad frente a una palabra. Está en juego la pretensión de determinar qué interpretaciones de esa historia pueden circular sin consecuencias económicas. Respetar al pueblo chino no obliga a aceptar como intocable la versión de su pasado que sostiene el partido gobernante. Confundir ambas cosas permite transformar cualquier cuestionamiento político en una ofensa nacional.
También importa comprender el entramado empresarial. La legislación china contempla la existencia de organizaciones del Partido Comunista dentro de las compañías y obliga a facilitar sus actividades. Eso no demuestra que cada rescisión contractual contra Mbappé haya respondido a una orden directa de Pekín. Sí ayuda a entender por qué sería insuficiente leer lo ocurrido como una suma de decisiones comerciales ajenas al sistema político.
La combinación de rupturas publicitarias, restricciones de difusión y pronunciamientos oficiales admite una lectura más amplia: el acceso al mercado chino puede convertirse en una herramienta para disciplinar expresiones fuera de China. Mbappé tiene un valor ejemplificador por su fama. Lo que le sucede a una figura de esa dimensión puede ser observado por cualquier deportista, artista o empresa con intereses en ese mercado.
Ahí aparece la cuestión global. El poder económico permite elevar el precio de una opinión. Para un club, una liga o una estrella internacional, perder contratos y exposición comercial puede afectar decisiones que se toman a miles de kilómetros de Pekín. La presión se vuelve más eficaz cuando alcanza también a socios, empleadores y organizadores: el costo deja de recaer únicamente sobre quien habló.
El caso obliga, además, a revisar la confianza en que el capitalismo conduce por sí solo a la democracia. Los negocios pueden expandirse, las empresas pueden internacionalizarse y el consumo puede crecer mientras el poder político conserva su estructura autoritaria. Ese capitalismo sin democracia tiene capacidad para participar de los mercados globales y, al mismo tiempo, presionar sobre las libertades de quienes necesitan comerciar con él.
No hace falta suponer que todos los ciudadanos chinos comparten la reacción de las autoridades, ni negar que haya personas sinceramente ofendidas. Precisamente por respeto a esa sociedad, conviene distinguirla de su gobierno. La historia de un país pertenece también a quienes la discuten, la investigan y cuestionan a sus dirigentes.
El efecto más profundo de este episodio puede aparecer después, lejos de los comunicados. Cada figura pública con intereses comerciales en China tendrá un incentivo adicional para medir sus palabras. La amenaza de perder un mercado puede funcionar como una forma de autocensura, aun cuando nadie reciba una prohibición explícita.
La discusión que queda abierta es cuánto están dispuestos a ceder los actores del mundo democrático para conservar sus negocios. La victoria más duradera de Pekín sería que el próximo deportista, actor o empresario ni siquiera llegue a hacer el comentario. Que aprenda a callarse antes de hablar.





