Los juguetes que marcaron a una generación
Del View-Master a los Rastis, Pancho Marchiaro recorre los objetos y personajes que poblaron las infancias de los años '80 y '90 | Por Pancho Marchiaro.
15/08/2026 | 14:38Redacción Cadena 3
Pónganme en sepia y suban el volumen de los recuerdos, porque esta vez quiero hablar de esos juguetes que no podemos olvidar. También de los adultos que, aunque hayan pasado varias décadas, todavía conservamos intacto el cariño por aquellos pequeños objetos que marcaron nuestra infancia.
Les propongo algo así como Día del Niño de grandes para que aprendan los niños: una buena oportunidad para volver a pensar en la importancia del juego. Más allá de su costado comercial, la fecha recupera hoy un valor particular: en tiempos en los que intentamos reducir las horas que los chicos pasan frente a las pantallas, los juguetes vuelven a aparecer como una puerta hacia la imaginación.
En mi caso, este recorrido me lleva directamente a las décadas del 80 y del 90, una época en la que cada objeto parecía contener un pasado y un futuro: podía convertirse en el punto de partida de una historia.
Uno de los primeros juguetes que recuerdo es el View-Master. Era una especie de largavista en el que se colocaban discos con fotografías estereoscópicas. Al mirar a través de sus lentes, las imágenes adquirían profundidad y producían una rudimentaria, pero fascinante, sensación de tres dimensiones.
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Seguramente aquel View-Master había pertenecido a uno de mis tíos más chicos o a alguno de mis primos más grandes. Antes, los juguetes se heredaban. Estaban hechos para durar y podían atravesar distintas generaciones dentro de una misma familia.
También heredé un G.I. Joe enorme y articulado, con su propia ropa de tela y una inevitable impronta bélica. Durante mucho tiempo no me pregunté por qué en nuestra infancia parecían prepararnos para la guerra, mientras que a las chicas muchas veces les asignaban juguetes vinculados con el cuidado o las tareas domésticas. Claro, con los años estamos en condiciones de releer en clave crítica esa estereotipación.
Podríamos haber elegido otras profesiones. Incluso trabajar en Cadena 3, ¿por qué no? Pero lo cierto es que aquel G.I. Joe funcionaba como un verdadero Goliat de persuasión bélica dentro de mi colección de soldaditos.
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Tenía dos tipos de tropas. Por un lado, estaban los soldados de colección que mi abuela me regalaba muy de vez en cuando y que eran bastante costosos. Por otro, aparecía el ejército enemigo, formado por figuras de plástico verde que, curiosamente, casi siempre perdían las batallas organizadas en el patio de mi casa.
Cuando el enfrentamiento alcanzaba su momento de mayor tensión, solía aparecer mi vecino Gonzalo con un juego de bolitas y derrumbaba todo el escenario que yo había construido. En medio de aquella crisis, y casi al borde del llanto, llegaba otro amigo con sus autitos para rescatar a los soldados.
En esa época convivían marcas como Majorette y Hot Wheels, cuyos modelos todavía pueden encontrarse en las góndolas. Son juguetes tan pequeños y atractivos que los seguí comprando durante las últimas cuatro décadas, más precisamente hasta ayer.
También aparecían las Barbies y otros juguetes que, además de representar los gustos de una época, dejaban ver las diferencias sociales. No todas las familias podían acceder a los mismos productos y algunas piezas se convertían en verdaderos símbolos de estatus entre los chicos.
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Si una tarde de juegos terminaba bajo la lluvia y uno se enfermaba, la condena podía ser pasar dos o tres días en la habitación. Allí esperaba otro desafío: el Cubo Rubik. Llevo años tratando de alinear sus colores y todavía no comprendo cómo algunas personas logran resolverlo en pocos segundos.
Cuando mis padres dormían la siesta, prendía el televisor y descubría series cuyos personajes luego se transformaban en juguetes. Con mis primas veía a los Ositos Cariñositos y a Mi Pequeño Pony, pero lo que realmente quería recibir de la caja catódica era He-Man y sus llamativas figuras de plástico.
Entre los más codiciados se encontraban los Transformers. No solo eran articulados, sino que podían convertirse en pequeños camiones o automóviles. Esa transformación parecía contener dos juguetes en uno y multiplicaba las posibilidades de cada historia.
Sin embargo, uno de los mejores momentos llegaba cuando armábamos un enorme castillo con los Rastis, la versión argentina de los bloques de construcción. Sus piezas no encajaban con las de LEGO, pero permitían levantar murallas, torres y escenarios completos dentro de casa.
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Aquellas construcciones eran habitadas por los Playmobil, aunque eso implicara mezclar civilizaciones, escalas y estéticas. Podían llegar en una motocicleta, en un jeep o, si algún tío nos quería mucho, instalarse en una estación de servicio completa.
No importaba que los universos no coincidieran. En el juego podían convivir los Rastis, los Playmobil, los soldaditos, las bolitas, los autitos y los Transformers. Cada objeto encontraba su lugar dentro de una historia que inventábamos sobre la marcha.
Hoy todos esos juguetes permanecen en algún rincón de la memoria, teñidos por el color sepia de la nostalgia. Son recuerdos que atesoramos y que, ojalá, podamos transmitirles a nuestros hijos y sobrinos.
Porque regalar un juguete no significa solamente entregar un objeto. También puede ser una forma de abrir la puerta a la imaginación, construir un mundo propio y conservar, durante muchos años, una parte de la infancia.
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