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Salame cordobés: tradición, identidad y ciencia para agregar valor a un producto con historia

Desde Oncativo y Colonia Caroya, dos de las capitales del salame argentino, productores y técnicos del INTA trabajan para mejorar la calidad, preservar las recetas tradicionales y fortalecer el vínculo entre el producto y su territorio.

06/11/2026 | 10:26Redacción Cadena 3

Perspectiva Córdoba

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Salame cordobés

FOTO: Salame cordobés

La picada está lista. Adolfo Grion de INTA Jesús María.

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El salame cordobés es mucho más que un alimento. Detrás de cada pieza hay una historia de inmigrantes, recetas transmitidas de generación en generación, características propias de cada región y un saber hacer que forma parte de la identidad de numerosas localidades de la provincia.

Con esa premisa, Oncativo y Colonia Caroya avanzan en diferentes iniciativas para fortalecer sus productos emblemáticos, mejorar los estándares de calidad y generar nuevas oportunidades de agregado de valor. En ese camino, el INTA cumple un papel central, acompañando a productores y elaboradores con investigación, asistencia técnica y herramientas de diferenciación.

Aunque existe una rivalidad casi futbolera entre ambas localidades, sus experiencias muestran que la tradición y la innovación pueden trabajar juntas para consolidar al salame cordobés como un producto con identidad propia.

Oncativo: genética porcina para conseguir un salame de mayor calidad

En Oncativo, el trabajo comienza mucho antes de que el salame llegue a la mesa. El Clúster de la Cadena Porcina impulsa un proyecto para mejorar la calidad de la materia prima, con especial atención a las características de la carne utilizada en la elaboración de chacinados.

Franco Melano, ingeniero agrónomo y becario del INTA Manfredi, integra la comisión directiva del clúster en representación del organismo. Explicó que la iniciativa surgió al observar que en el mercado predominaban animales muy magros, con carnes de color más pálido, características que no siempre respondían a las necesidades de los elaboradores.

La alternativa elegida fue incorporar genética Duroc Jersey, que permite obtener una carne de color más intenso y con mayor contenido de grasa intramuscular.

Estas cualidades tienen un impacto directo en el producto final: favorecen el ligado de la masa, reducen la exudación y contribuyen a conseguir un salame más tierno y sabroso. Además, los animales mantienen buenas condiciones de conversión alimenticia y rusticidad, lo que permite sostener la eficiencia productiva.

El proyecto comenzó este año junto con la Agencia Competitividad Córdoba, mediante el programa de escalamiento provincial de la producción de carne porcina de calidad diferenciada. En una primera etapa, se distribuyeron dosis de semen de reproductores Duroc GP entre productores de la zona para evaluar su desempeño en los establecimientos.

La propuesta también contempla capacitaciones y degustaciones comparativas. Para comprobar las diferencias, un chacinador elaboró dos salames bajo idénticas condiciones, utilizando carnes de distinto origen genético.

Los resultados iniciales fueron alentadores. Según relató Melano, a los 20 días de elaboración el salame producido con carne Duroc ya había logrado un buen ligado de la masa, permitiendo cortarlo, pelarlo y degustarlo, además de registrar una menor merma.

"La apuesta es que los pequeños y medianos productores puedan acceder a una materia prima diferenciada y trasladar esas ventajas a un producto tradicional que tiene un fuerte reconocimiento comercial", admitió.

Diez veces más valor: el potencial de la cadena porcina

El agregado de valor en origen es otro de los objetivos centrales del trabajo que desarrolla el clúster. De acuerdo con sus estimaciones, cuando el maíz y la soja utilizados para alimentar a los cerdos se transforman finalmente en salame, su valor puede multiplicarse alrededor de diez veces.

Ese proceso involucra a productores de granos, criadores de cerdos, chacinadores y trabajadores de la industria local. Una cadena que permite transformar materias primas agrícolas en alimentos diferenciados, generar empleo y fortalecer la economía regional.

En paralelo, Oncativo comenzó a dar los primeros pasos para avanzar hacia una Denominación de Origen para su salame, a partir de una propuesta de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Pesca de la Nación.

Se trata todavía de una etapa inicial, pero representa una oportunidad para reconocer formalmente las características propias del producto y su relación con el territorio.

Colonia Caroya: el secreto está en el sótano y en la historia

A pocos kilómetros, Colonia Caroya tiene un camino más avanzado en materia de reconocimiento de origen. Su salame típico cuenta desde 2015 con una Indicación Geográfica, resultado de una década de trabajo conjunto entre chacinadores, productores, técnicos e instituciones.

Adolfo Grión, extensionista de la Agencia de Extensión Rural del INTA Jesús María, participó desde los comienzos de ese proceso. Recordó que la iniciativa surgió ante la necesidad de proteger una identidad: durante años, muchos productos se comercializaban como salame de Caroya sin responder necesariamente a las características de la elaboración tradicional.

El desafío fue construir acuerdos entre los propios chacinadores, definir una receta básica y establecer los atributos que debía reunir un producto para ser considerado típico.

El trabajo permitió avanzar no solamente en la certificación, sino también en cuestiones de sanidad, inocuidad y manejo de los alimentos.

"Después de conseguir la Indicación Geográfica levantamos la vara de la calidad del salame", destacó Grión, quien consideró que el proceso de construcción colectiva fue tan importante como la obtención del reconocimiento.

¿Qué hace diferente al salame de Colonia Caroya?

Para el técnico del INTA, uno de sus rasgos más distintivos está en el proceso de maduración y, particularmente, en los aromas que aporta el ambiente de los sótanos donde se estaciona.

El llamado emplume o mufa, como se conoce a ese desarrollo característico durante la maduración, forma parte de la identidad sensorial del producto.

"Cuando uno prueba un salame de Caroya siente seguramente ese ambiente de sótano que lo hace diferente. Creo que ahí está la particularidad", explicó.

Esos aromas, que en otros procesos podrían considerarse defectos, en este caso forman parte de los atributos que identifican a la elaboración tradicional, siempre dentro de las condiciones de calidad establecidas.

Una certificación que garantiza identidad y calidad

La Indicación Geográfica no es un sello que se obtiene una sola vez y queda asegurado para siempre. Su mantenimiento exige controles y evaluaciones periódicas.

Actualmente, cuatro productores cuentan con la certificación en Colonia Caroya y otros seis manifestaron su interés en incorporarse.

Para ingresar, los elaboradores deben producir en la localidad y cumplir con las características acordadas para el salame típico. Un panel de degustadores, en el que participa el INTA, evalúa 25 atributos y exige que el producto supere tres degustaciones consecutivas.

También existen condiciones que no pueden modificarse: la utilización de tripa natural, un período mínimo de maduración de 21 días y proporciones determinadas de carne de cerdo, vaca y tocino, además de los condimentos y atributos sensoriales propios de la receta.

Grión explicó que la certificación no busca establecer que un producto sea superior a otro, sino garantizar que responda a una identidad construida colectivamente.

"La garantía para el consumidor es que está comprando un salame típico, con una calidad acordada entre los productores. No es ni más ni mejor: es el salame que los productores de Caroya definieron como representativo de su producto", señaló.

Un producto que cuenta la historia de Córdoba

Más allá de las técnicas de elaboración, las mejoras genéticas o las certificaciones, el valor del salame cordobés también está asociado a su historia cultural.

Grión destacó que las tradiciones de Oncativo, Colonia Caroya y otras localidades de la provincia tienen un origen común en las corrientes inmigratorias italianas, aunque cada comunidad fue construyendo sus propias características a partir de sus costumbres y del ambiente. "Es un producto italiano producido en Córdoba", resumió. 

En el caso de Colonia Caroya, la influencia de los inmigrantes friulanos dejó una marca particular en las recetas y en los métodos de elaboración. Una tradición que, según el técnico, permite que cada salame conserve parte de la historia de quienes llegaron a estas tierras desde fines del siglo XIX.

"Vos probás hoy la historia. Estás probando un salame con un sótano, con una receta que trajo un gringo desde 1880 hasta la fecha, expresó a El Campo Hoy.

Dos localidades, dos identidades y una misma convicción: el salame cordobés tiene mucho más para ofrecer que su sabor. Es el resultado de una historia productiva, de conocimientos transmitidos durante generaciones y de una cadena que encuentra en la innovación y el respaldo científico nuevas herramientas para seguir creciendo.

Federico Aguer

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