Argentina-Brasil: lloran como patriagrandistas lo que no hicieron como politicos
Hoy muchos lloran como patriagrandistas lo que, durante décadas, no supieron hacer crecer ni defender como políticos | Por Sergio Suppo.
05/08/2026 | 14:25Redacción Cadena 3
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Audio. Argentina-Brasil: lloran como patriagrandistas lo que no hicieron como politicos | Adrián Simioni
Ahora país
Que Javier Milei haya sido maleducado en su trato hacia Brasil merece una párrafo aparte. La diplomacia exige responsabilidad, prudencia y respeto, especialmente cuando se habla del principal socio comercial de la Argentina. Pero de allí a presentar cada conflicto verbal como si estuviera por derrumbarse la integración regional hay una distancia enorme.
Ahora aparecen los defensores de la "Patria Grande", alarmados por el deterioro de la relación bilateral. Sin embargo, Brasil y la Argentina transitan caminos diferentes desde hace mucho tiempo. El problema no comenzó con Milei ni se explica solamente por sus modales. Es el resultado de décadas de promesas incumplidas, proteccionismo y falta de decisión política.
El Tratado de Asunción, firmado en 1991, planteó la creación de una zona de libre comercio. La idea era sencilla: reducir las barreras internas para que los países del Mercosur pudieran comerciar con mayor facilidad. Hubo algunos avances iniciales, pero rápidamente comenzaron las excepciones, las restricciones y las demoras.
En 1994, el Protocolo de Ouro Preto elevó la apuesta. El bloque debía convertirse en una unión aduanera, con un arancel externo común, reglas compartidas e instituciones capaces de representar una posición conjunta frente al resto del mundo.
La ambición era acercarse, con el tiempo, a un modelo similar al europeo. Eso implicaba armonizar normas, consolidar organismos regionales e incluso pensar, en algún momento, en una moneda o un sistema de justicia común.
Nada de eso ocurrió plenamente. Por el contrario, el Mercosur comenzó a retroceder incluso en su objetivo más elemental: facilitar el comercio entre sus propios integrantes.
Los sectores protegidos de ambos lados de la frontera fueron imponiendo trabas. Cada gobierno defendió sus privilegios, sus regulaciones y sus mercados cautivos. Integrarse significa competir, y competir obliga a modificar estructuras que muchas veces benefician a empresarios prebendarios, sindicatos, burocracias y dirigentes políticos.
Los números muestran ese retroceso. En 2006, la Argentina representaba alrededor del 8,5% de las exportaciones brasileñas. En 2025, esa participación había caído al 6%. Para nuestro país ocurrió algo similar: Brasil recibía el 18% de las exportaciones argentinas en 2006, pero el año pasado esa proporción se había reducido al 14%.
Cada país es menos importante para el otro.
El intercambio comercial bilateral lleva cerca de 18 años prácticamente estancado en términos de dólares. Sube un poco, baja otro poco y, con frecuencia, arroja un déficit para la Argentina. Está muy lejos de la expansión que prometían los discursos integracionistas de comienzos de los años noventa.
También existen símbolos concretos de ese fracaso. El último puente inaugurado entre ambos países fue el que une Santo Tomé, en Corrientes, con São Borja, en Brasil. Abrió en 1997. Casi tres décadas después, la infraestructura física de la integración sigue prácticamente detenida.
Tampoco hubo una política consistente para fomentar inversiones cruzadas. Vale, una de las mayores compañías mineras del mundo, proyectó una enorme explotación de potasio en Mendoza, pero terminó retirándose. Petrobras también redujo su presencia al comprobar las dificultades para desenvolverse en el cambiante mercado energético argentino.
La industria automotriz suele mostrarse como el gran ejemplo de integración. Y efectivamente existe una producción organizada regionalmente. Pero funciona detrás de un elevado arancel externo, que puede llegar al 35%, y beneficia principalmente a compañías multinacionales que distribuyen sus operaciones entre los países del bloque. Los consumidores, mientras tanto, pagan vehículos más caros.
Por eso, el problema es mucho más profundo que una pelea entre presidentes. Los agravios pueden dañar una relación, pero no fueron los que paralizaron el Mercosur. La integración ya venía debilitándose por la falta de infraestructura, las restricciones comerciales, las regulaciones contradictorias y la ausencia de una estrategia común.
Es más fácil declamar la hermandad latinoamericana que construirla. Es más cómodo invocar a la Patria Grande que abrir mercados, eliminar privilegios y asumir los costos de competir.
Hoy muchos lloran como patriagrandistas lo que, durante décadas, no supieron hacer crecer ni defender como políticos.





