Predomina el pesimismo en una sociedad agotada por el ajuste
09/09/2026 | 07:05Redacción Cadena 3 Rosario
Los últimos sondeos que se conocieron, incluido el que realizamos mensualmente junto con Eduardo D'alessio y que publicamos en El Cronista, muestran algo que me parece central para entender el escenario político argentino: predomina el pesimismo. Y no estamos hablando solamente de una percepción de quienes votaron a la oposición. Cuando le preguntamos a la gente cómo se siente respecto del año pasado, alrededor del 70% responde que está peor. Y eso es muy significativo, porque el año pasado tampoco fue precisamente un año extraordinario para los argentinos.
Lo que estamos observando es una fatiga social con el proceso de estabilización económica. La mayoría de la sociedad reconoce y valora la caída de la inflación, pero una cosa es apoyar la estabilidad macroeconómica y otra muy diferente es poder vivir mejor. La estabilización tiene costos y esos costos se están sintiendo. Hay una especie de paradoja: el Gobierno puede exhibir mejores indicadores macroeconómicos, pero una parte importante de la población todavía no percibe esa mejora en su vida cotidiana.
El segundo dato que me preocupa es la caída del ingreso. No estamos ante un fenómeno concentrado en un único sector. Afecta a trabajadores formales, informales y jubilados. La preocupación atraviesa prácticamente toda la estructura social. Y esto explica por qué la principal demanda económica de los argentinos sigue siendo la economía, pero cambió el foco: la inflación dejó de ocupar el primer lugar y ahora aparecen con mucha más fuerza el ingreso, el empleo y la incertidumbre respecto del futuro.
Hay un dato adicional que me parece fundamental: este deterioro no afecta solamente a quienes votaron contra Milei. También alcanza a quienes votaron a La Libertad Avanza. El votante del Presidente está sufriendo, en muchos casos, las mismas dificultades que el resto de la sociedad. Y esto abre una pregunta electoral muy importante: ¿qué hará ese votante cuando tenga que decidir nuevamente? Porque una cosa es acompañar un programa de estabilización y otra es mantener indefinidamente ese respaldo si las condiciones materiales de vida no mejoran.
Esto resulta particularmente relevante entre los jóvenes. En 2023 ocurrió algo bastante inusual en la política argentina. Durante mucho tiempo, en las mesas familiares, eran los padres y los abuelos quienes transmitían sus preferencias políticas a los hijos. Pero en aquella elección se produjo una inversión de ese proceso: fueron muchos jóvenes quienes empezaron a decirles a sus padres que los partidos tradicionales habían fracasado y que había que probar algo diferente. Esa influencia de abajo hacia arriba fue muy importante para la construcción de la mística electoral de Milei.
Hoy ese fenómeno empieza a mostrar señales de desgaste. No significa que todos los jóvenes que apoyaron al Presidente estén desencantados, pero sí que existe un segmento importante, que podemos ubicar aproximadamente en torno al 40% de aquellos jóvenes que fueron centrales en 2023, que expresa decepción con la velocidad y los resultados del cambio. Y esto es políticamente relevante porque la promesa original tenía mucho que ver con una transformación rápida, profunda y exitosa. Si esa expectativa se diluye, el impacto electoral puede ser significativo.
Entonces tenemos tres elementos: pesimismo, preocupación por los ingresos y una sociedad que siente que la recuperación todavía no llegó a su vida cotidiana. Falta mucho para las elecciones, naturalmente, y sería un error proyectar mecánicamente estos números hacia el resultado electoral. Pero hay una señal que el Gobierno no puede ignorar: la estabilización macroeconómica, por sí sola, no está generando entusiasmo social.
La pregunta inevitable es qué puede hacer el Gobierno para modificar este clima. Hablando con fuentes de la Casa Rosada aparecen dos tipos de instrumentos: económicos y no económicos. Entre los primeros está el intento de impulsar el crédito, tanto para la compra de automóviles como para el acceso a la vivienda. La idea es que una economía que empieza a estabilizarse necesita mostrar oportunidades concretas de consumo, inversión y acceso al financiamiento. Pero el problema es que esos instrumentos todavía tienen una escala muy limitada.
De hecho, cuando uno habla con economistas profesionales y pregunta si los créditos hipotecarios y los préstamos para comprar vehículos alcanzan para cambiar el clima social, la respuesta es bastante contundente: no. Son pocos los créditos hipotecarios y las condiciones de financiamiento para comprar un cero kilómetro, e incluso un usado, tampoco son particularmente accesibles. El propio Federico Sturzenegger planteó públicamente que si a alguien no le gusta el crédito ofrecido por el Gobierno puede buscar otra alternativa, apelando a la competencia. Pero justamente eso revela que el costo del financiamiento continúa siendo significativo.
Hay entonces una tensión muy fuerte dentro del Gobierno. Un sector considera que no hay que aflojar, que cualquier concesión puede poner en riesgo el equilibrio fiscal y terminar afectando la estabilidad que se consiguió. Otro sector, más político, entiende que si no aparece algún tipo de alivio o de mejora perceptible, será muy difícil recuperar iniciativa. Y esta discusión tiene una explicación técnica: la cantidad de pesos que circula en la economía argentina se redujo significativamente durante la crisis cambiaria y el proceso de estabilización. El Gobierno teme volver a inyectar dinero porque considera que podría reactivar la inflación.
Yo entiendo ese temor. Sería absurdo desconocer el enorme valor que tiene haber reducido la inflación. Pero también creo que hay que hacerse una pregunta incómoda: ¿alcanza con bajar la inflación para ganar una elección? La respuesta, mirando estos sondeos, parece ser que no. La gente necesita estabilidad, pero también necesita ingresos, empleo, crédito y expectativas de futuro. La estabilidad es una condición necesaria, pero no necesariamente suficiente para construir apoyo político.
En paralelo, el Gobierno está buscando instrumentos no económicos para recuperar entusiasmo. Ahí aparece nuevamente la cuestión Malvinas y una política exterior mucho más activa. El contexto internacional ofrece una oportunidad para eso: las tensiones entre Estados Unidos y el Reino Unido, los cambios dentro de la OTAN, la guerra en Ucrania y el conflicto en Medio Oriente están modificando las relaciones entre los principales aliados occidentales. La Argentina intenta aprovechar ese escenario para reforzar una causa nacional que puede generar identificación y unidad.
No creo que esto sea solamente una maniobra electoral. Naturalmente, existe un componente político: determinados sectores vinculados con la defensa, las Fuerzas Armadas y el nacionalismo pueden sentirse representados por una política más firme respecto de Malvinas. Pero sería un error reducir toda la estrategia del Gobierno a eso. También hay una dimensión geopolítica real que tiene que ver con el nuevo escenario internacional y con el lugar que la Argentina puede ocupar en materia energética, minera y estratégica.
Ahora bien, todos estos movimientos tienen un límite. El Gobierno puede utilizar herramientas económicas, crédito, política exterior, Malvinas y otras iniciativas para intentar generar entusiasmo. Pero si el ingreso de las familias no mejora, si el empleo continúa siendo una fuente de incertidumbre y si las personas sienten que viven peor que el año anterior, el problema político permanece. No hay narrativa capaz de reemplazar indefinidamente la experiencia cotidiana.
Y acá aparece, para mí, la gran trampa en la que está metida la Argentina. Muchos proyectos importantes de inversión están siendo postergados hasta que se resuelva la cuestión electoral. Los inversores necesitan saber qué va a ocurrir después de las elecciones y cuál será la continuidad del programa económico. Pero, al mismo tiempo, si esas inversiones no llegan, resulta mucho más difícil generar empleo, mejorar ingresos y cambiar el clima social antes de votar.
Es el clásico problema del huevo y la gallina. Para que lleguen las inversiones, el Gobierno necesita demostrar continuidad política y electoral. Pero para obtener un buen resultado electoral necesita que lleguen inversiones, que aparezcan oportunidades y que la sociedad perciba una mejora concreta. Esa es la paradoja que enfrenta Milei: tiene que preservar aquello que permitió estabilizar la economía sin dejar de construir las condiciones para que esa estabilidad se transforme en bienestar. Y mientras esa transformación no ocurra, el pesimismo seguirá siendo, probablemente, el principal adversario político del Gobierno.
Lectura rápida
¿Qué muestran los últimos sondeos sobre el clima social en Argentina? Predomina el pesimismo, con alrededor del 70% de la población sintiéndose peor que el año anterior.
¿Quién realizó el sondeo mencionado en el artículo? El sondeo fue realizado junto con Eduardo D'alessio y publicado en El Cronista.
¿Qué preocupa a la población argentina según el artículo? La caída del ingreso y la incertidumbre respecto del futuro son las principales preocupaciones.
¿Cómo afecta esto a los jóvenes? Muchos jóvenes que apoyaron a Milei expresan decepción con los resultados del cambio, afectando su apoyo político.
¿Qué dilema enfrenta el Gobierno para mejorar la situación? Necesita atraer inversiones mientras demuestra continuidad política y electoral, pero la falta de mejoras en ingresos y empleo complica esta tarea.





