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El factor Trump, en Malvinas y en Gran Bretaña: ¿farsa o drama?

Sus declaraciones aún no constituyen una política formal, pero ya alteran los cálculos de Buenos Aires y Londres. El riesgo es confundir una maniobra de presión con un cambio histórico | Por Sergio Suppo.

14/09/2026 | 13:27Redacción Cadena 3

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Donald Trump, presidente de Estados Unidos. (Foto: AP)

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  1. Audio. El factor Trump, en Malvinas y en Gran Bretaña: ¿farsa o drama? | Por Sergio Suppo

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Donald Trump acostumbró al mundo a desconfiar de sus primeras palabras. Cada declaración explosiva del presidente de Estados Unidos obliga a formular la misma pregunta: ¿está anunciando una decisión o simplemente está subiendo el precio de una negociación?

El problema es que, aun cuando sus afirmaciones no terminen convirtiéndose en políticas concretas, producen consecuencias. Generan expectativas, modifican discursos y activan procesos que luego pueden adquirir una dinámica propia.

La guerra con Irán ofrece una muestra de esa imprevisibilidad. El conflicto no se apaciguó y la escalada en el Golfo volvió a colocar al petróleo por encima de los 100 dólares, con consecuencias sobre la inflación y la economía mundial. Trump puede hablar como un negociador, pero detrás de sus palabras existen países, mercados y conflictos que no siempre responden a su voluntad.

Algo parecido, aunque en una dimensión diferente, comienza a observarse alrededor de Malvinas.

Javier Milei utilizó la cadena nacional para afirmar que Estados Unidos estaba reconsiderando su posición histórica ante la disputa de soberanía. En realidad, Trump no anunció un respaldo formal a la Argentina: se limitó a decir que revisaba permanentemente todas las posiciones. Fue una señal ambigua, pero suficiente para que el Gobierno argentino la presentara como una oportunidad geopolítica.

A partir de allí, Milei endureció su discurso, anunció más recursos para acelerar la Base Naval Integrada de Ushuaia y prometió agilizar las sanciones contra las empresas involucradas en la explotación petrolera en el área disputada. La respuesta británica fue inmediata: Londres ratificó que su posición sobre las islas era "absoluta e inamovible".

Hasta ahora, entonces, no existe una negociación tripartita entre la Argentina, el Reino Unido y Estados Unidos. Tampoco hay una propuesta oficial para que Washington participe de la administración de las islas. Esa alternativa pertenece, por el momento, al terreno de las hipótesis.

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Los antecedentes históricos fueron diferentes. Entre 1966 y 1982, la Argentina y el Reino Unido analizaron distintas fórmulas bilaterales: un memorándum que contemplaba un futuro reconocimiento de la soberanía argentina, una propuesta de administración conjunta en 1974 y, más tarde, un esquema de transferencia de soberanía con arrendamiento prolongado al Reino Unido. Ninguno prosperó. Naciones Unidas impulsó las negociaciones, pero no apareció como un tercer soberano o administrador del territorio. Cancillería argentina

La novedad actual no es, por lo tanto, la existencia de un plan avanzado. Es que Milei considera que la cercanía política con Trump podría convertir a Estados Unidos en un eventual mediador o actor decisivo. Esa expectativa es todavía lejana y choca con la negativa británica a discutir la soberanía.

Sin embargo, la presión de Trump sobre Londres no se limita a Malvinas. En medio de su pulseada con los aliados europeos por el financiamiento de la OTAN, el mandatario estadounidense también se pronunció a favor de la reunificación de Irlanda: es decir, de que Irlanda del Norte deje el Reino Unido y se integre con la República de Irlanda.

Sus palabras irritaron al Gobierno británico y a los sectores unionistas norirlandeses. También alentaron a quienes sostienen desde hace décadas ese proyecto político.

Ese contexto rodeó la cumbre celebrada en Cardiff por John Swinney, líder del Partido Nacional Escocés; Rhun ap Iorwerth, de Plaid Cymru; Michelle O’Neill, vicepresidenta del Sinn Féin y primera ministra de Irlanda del Norte, y Mary Lou McDonald, presidenta del Sinn Féin y líder de la oposición en la República de Irlanda.

No se reunieron como representantes oficiales de sus respectivos gobiernos, sino como autoridades de partidos nacionalistas. Firmaron un memorándum para reclamar que Westminster se prepare para eventuales cambios constitucionales y respete el derecho de Escocia, Gales e Irlanda del Norte a decidir su futuro. También plantearon una mayor cooperación política, económica y una futura vinculación con la Unión Europea. The Guardian

Trump no creó esos movimientos separatistas. El nacionalismo escocés, el independentismo galés y el proyecto de reunificación irlandesa son anteriores a su intervención. Pero sus declaraciones agregaron presión sobre un Reino Unido que todavía procesa las consecuencias del Brexit y enfrenta cuestionamientos internos al poder de Westminster.

Ahí aparece la verdadera dimensión del factor Trump. Quizás llegue a un acuerdo con Londres por la OTAN. Tal vez nunca modifique la posición estadounidense sobre Malvinas. Incluso puede abandonar mañana algunas de las ideas que lanzó hoy. Pero las fuerzas que estimuló podrían continuar avanzando sin esperar sus próximas declaraciones.

Para la Argentina, esto exige prudencia. Una señal de Trump puede abrir una oportunidad diplomática, pero no equivale a un cambio de soberanía ni garantiza que Estados Unidos vaya a enfrentarse con uno de sus aliados históricos. Convertir una frase ambigua en una victoria consumada sería tan irresponsable como ignorar completamente sus posibles efectos.

¿Farsa o drama? Probablemente, un poco de ambas cosas. Hay teatralidad en la forma de Trump y riesgos reales en las consecuencias. Porque las palabras de un presidente estadounidense nunca son inocuas, ni siquiera cuando todavía no se sabe si habla como jefe de Estado, como negociador o simplemente como Donald Trump.

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