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Rafael Rofman: "En la última década en Argentina bajó un 50% la fecundidad"

En un nuevo episodio de "La Argentina Hoy", por Cadena 3, Sergio Suppo habló con con Rafael Rofman, investigador principal del CIPPEC y demógrafo sobre las características demográficas de Argentina y las tendencias actuales.

26/08/2026 | 19:49Redacción Cadena 3

Perspectiva Nacional

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Rafael Rofman en La Argentina Hoy.

FOTO: Rafael Rofman en La Argentina Hoy.

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Sergio Suppo: Argentina empezó a tener índices negativos, es decir, que muere más gente de la que nace. Es una tendencia que se verifica en otros países, pero para nosotros fue una novedad. Quisiera recuperar lo que hablamos hace dos años para relanzar esta cuestión, que lejos de solucionarse es estructural. ¿Cuándo advertimos que el crecimiento demográfico se detuvo y empezó a ser negativo? 

Rafael Rofman: Primero una aclaración: no estamos en terreno negativo. La población de Argentina sigue creciendo y va a seguir creciendo por lo menos los próximos 20 años. Estamos casi estables, con algún pequeño crecimiento. De aquí al 2070 nos vamos a mover entre los 45 y 50 millones de habitantes, subiendo y bajando un poquito. Muy estable. Lo que se acabó definitivamente es la época del crecimiento demográfico como dato de la realidad. Ahora somos un país estable que no cambia demasiado. 

Estamos hablando de 2070, unos 40 años para adelante. En el Mundial 78 la marcha decía “25 millones de argentinos”. El crecimiento hasta los 45 o 46 millones actuales fue significativo. Eso se frenó. 

Durante todo el siglo XX y los primeros años de este siglo tuvimos un incremento sostenido: cada año la población era un poco mayor que la del año anterior. Eso se acabó. A partir de ahora esperamos mucha estabilidad, tal vez alguna pequeña declinación en 20 o 30 años, pero básicamente estabilidad. Esto tiene que ver con que hemos completado en la última década un proceso que empezó alrededor de 1900 en Argentina (y en el mundo hacia 1700): la transición demográfica. Empezó a bajar el número de nacimientos y de muertes; vivimos más tiempo y tenemos menos hijos. Está asociado al desarrollo económico y social, más educación, más vida urbana, mejores mercados laborales y más derechos para las mujeres y para los niños. Las sociedades más desarrolladas y ricas tienen menos hijos. En Argentina la diferencia es que mientras en muchos países el proceso fue gradual, nosotros bajamos con “stops and gos”: de repente bajamos, de repente nos estancamos. El mundo baja por una rampa y nosotros por una escalera. En la última década la fecundidad bajó un 50 % en solo diez años. Eso llamó la atención, generó preocupación e interés. Yo me dediqué a la demografía hace 40 años porque me parecía divertido y la gente me miraba raro; ahora está de moda. 

Uno de los impactos que estudiaste profundamente es el que esto tiene y va a tener en el sistema previsional argentino. En muchos países los sistemas ya dejaron de autosostenerse con los aportes de los trabajadores activos. Esto agrava los malos manejos que hemos tenido en nuestro sistema de reparto. 

El cambio demográfico altera toda la lógica de las políticas públicas. Hay que repensar la educación, la salud, la gestión urbana y, por supuesto, las jubilaciones. Si la proporción de población mayor crece, genera presiones fiscales e inestabilidad que hay que corregir. No es imposible: hay países mucho más viejos que Argentina con sistemas previsionales que funcionan mejor, con menor costo y mejores beneficios. Nuestro sistema tiene virtudes importantes: casi todos los mayores de 65 años tienen un beneficio, y eso hay que valorar y proteger. Pero es caro, ineficiente e injusto. Gastamos mucho para lo que damos porque gastamos mal. Hablamos del régimen nacional (65 años los varones, 60 las mujeres, 30 años de aportes), pero hay más de 200 regímenes de excepción: especiales, diferenciales, empleados públicos provinciales, cajas profesionales, policía, fuerzas de seguridad… Las excepciones son tan numerosas que casi se vuelven la regla. Eso vuelve al sistema muy ineficiente y caro. Todavía hay provincias donde se puede jubilar a los 45 o 50 años. Eso es insostenible en cualquier contexto, y con el envejecimiento se convierte en un problemón. La demografía hace que todo lo que funciona mal se vuelva más visible y más costoso.

Un directivo de una empresa de sanidad animal me decía que su división de mascotas creció exponencialmente porque ahora hay más animales en las casas que chicos. Vemos maternidades que cierran y el problema de “escuelas sin bancos” empieza a dar lugar a “escuelas sin alumnos”. 

Exacto. Y eso es una oportunidad maravillosa. Por primera vez los ministros de Educación pueden dejar de pensar cómo contratar más maestros y construir más escuelas, y ocuparse de invertir más recursos por chico y mejorar la calidad. Hay que hacerlo; si se ignora, se pierde la oportunidad. Esto mueve la estantería en todos lados, y donde más se nota es en el sistema previsional: más gente grande que cobraría jubilación y menos gente en edad de trabajar. Se necesita que cada trabajador sea mucho más productivo, y eso se logra con más educación, más capital, más tecnología y más crecimiento.

Hace dos años, desde CIPPEC, ustedes planteaban la posibilidad de que quien no reuniera los 30 años de aportes pudiera jubilarse cobrando menos, sin apelar a una moratoria que benefició a los incumplidores en detrimento de quienes cumplieron. 

Eso elimina una inequidad muy grande. El sistema nacional está pensado como si el mundo se dividiera entre trabajadores formales y gente que no trabaja. Pero en el mercado laboral argentino la gente entra y sale, es informal un tiempo, formal otro, tiene períodos de desocupación. Al llegar a la edad jubilatoria apenas el 25 % cumple con los 30 años de aportes. El 75 % restante hizo aportes, pero no todos los años, muchas veces porque el empleador no los realizó. Decirle “arréglesela de otra manera” genera incentivos a hacer trampa. Las moratorias fueron un parche: la ley seguía exigiendo 30 años, pero se le decía a todo el mundo “vení que te doy el beneficio igual”. Vivimos 20 años mintiéndonos. Eso genera desorden e injusticia. Hoy tenemos 2.800.000 personas menores de 60-65 años que cobran un beneficio previsional sobre un total de cerca de 7 u 8 millones de jubilados. Es muchísimo, alrededor del 30-40 %. Esa es parte de la explicación de por qué el sistema es muy caro y las jubilaciones son malas: gastamos mucho en gente que no debería estar cobrando según la lógica original. Hay que ordenar la ley para adelante, proteger a esa gente de manera razonable y consistente, no con parches.

Ustedes plantean que a quienes no hicieron aportes el Estado debe darles algún nivel de asistencia, pero que no forme parte del sistema de reparto para no quitarle recursos a los que sí aportaron. 

Que forme parte o no del sistema de reparto es irrelevante porque al final todo son recursos fiscales. El sistema previsional argentino se financia con la plata del presupuesto nacional. Los aportes y contribuciones son un impuesto al trabajo; también entran otros impuestos. Hoy los activos aportan algo más de la mitad de lo que se paga en jubilaciones; el resto se financia con otros recursos del Estado. Hay que ordenarlo porque si no es muy caro.

Volvamos a la demografía. En Europa hay grupos, por razones culturales o religiosas, que tienen más hijos que otros. ¿Se verifica algo similar en Argentina o tenemos otro fenómeno? 

La fecundidad argentina hoy es muy homogénea, mucho más que nunca. Antes teníamos dos mundos: mujeres más educadas de ciudades grandes con fecundidad muy baja, y grupos vulnerables de zonas rurales o pueblos chicos con fecundidad alta. En la última década esa brecha se cerró rápidamente. Sobre Europa: el continente tradicionalmente fue de emigrantes, no de inmigrantes. Hoy cerca del 14 % de la población europea no nació en el país en el que vive; la mitad de ese porcentaje nació en otro país europeo. Los inmigrantes de fuera de Europa son alrededor del 7 %, y los del norte de África o países musulmanes no superan el 5 %. Es visible en algunas ciudades grandes porque los migrantes se concentran allí, pero el número total no es tan alto. Los migrantes suelen tener tasas de fecundidad más altas porque son más pobres y con menos educación, pero la siguiente generación converge rápidamente hacia el comportamiento de la población nativa. La discusión en Europa es más política y de integración que demográfica.

¿La ciudad de Buenos Aires envejece más rápido que el resto del país? 

La ciudad de Buenos Aires es el lugar más viejo del país. No crece demográficamente desde hace 50 o 60 años; solo envejece. Las grandes áreas metropolitanas (Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Mendoza) también crecen mucho menos que el resto del país y son más viejas porque entraron antes en el proceso de transición demográfica. La proporción de mayores de 60-65 años es mucho más alta que el promedio nacional. Esa brecha se irá cerrando, pero todavía existe.

Estamos frente a una inmigración interna significativa hacia provincias cordilleranas con fuerte desarrollo minero y petrolero (Neuquén, Catamarca, San Juan). ¿Qué impacto puede tener? 

Mi respuesta es un rotundo no. Es muy improbable. La población de Añelo, cabecera de Vaca Muerta, va a crecer muchísimo: de 10.000 a tal vez 100.000 habitantes. Pero esas 90.000 personas no tienen impacto en la población total de Córdoba, Rosario o Buenos Aires. No vas a ver dos millones de personas yéndose de las grandes metrópolis a trabajar en minería o energía. Esas actividades no demandan mano de obra de esa masividad. El fenómeno de 1940-1970 ocurrió porque la industria manufacturera necesitaba muchos obreros. Estas actividades necesitan trabajadores calificados y servicios alrededor, pero no son masivas. Además, las habilidades que demandan no son las que predominan en los conurbanos. Crecerán mucho algunas zonas pequeñas, pero no absorberán población de las grandes ciudades en los próximos 30 años.

Antes de terminar te pido que nos recomiendes un libro, una película o una serie. Yo me adelanto y recomiendo tu libro La revolución demográfica, escrito con Carola Pessino. 

Me gusta mucho leer ficción para desintoxicarme de los temas de política pública. El autor que más admiro es Isaac Asimov. Tiene una serie de once libros cuyo corazón son los tres de Fundación. Imaginan el futuro de manera no distópica: las cosas cambian y nos vamos acomodando. Es muy entretenido y deja pensando sobre la humanidad. Los releo cada tanto porque me siguen dando ideas. 

Entrevista de Sergio Suppo.

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