La geopolítica domina el horizonte económico y político: ¿Qué está debatiendo al respecto Argentina?
31/08/2026 | 07:08Redacción Cadena 3 Rosario
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Radioinforme 3 Rosario
La geopolítica volvió con fuerza y, esta vez, no podemos pensarla como algo lejano, reservado a los especialistas en relaciones internacionales. Hoy condiciona las decisiones de los Estados, de los mercados y también de las empresas. Hablando con un ejecutivo de una compañía argentina globalizada, me decía algo que me quedó dando vueltas: además de ocuparse de la competencia, los costos, los fletes, el proteccionismo, los recursos humanos, el financiamiento y la tecnología, ahora tiene que mirar la geopolítica. Y se preguntaba cómo podía ser que, después de treinta años de experiencia y de haber pasado por una escuela de negocios, nadie lo hubiera preparado para eso.
La respuesta es que durante mucho tiempo las empresas pudieron planificar suponiendo que ciertas cuestiones internacionales estaban relativamente estabilizadas. Salvo sectores muy vinculados al Estado, como los servicios públicos, la energía o el petróleo, la mayoría de las compañías podía mirar hacia adentro y proyectar sus negocios sin incorporar permanentemente las tensiones geopolíticas. Eso cambió. La geopolítica volvió con todo y obliga a repensar cómo funciona la economía mundial.
Este proceso empezó a hacerse evidente después de la gran crisis financiera internacional de 2008 y 2009. Aquella crisis mostró problemas profundos en el funcionamiento del sistema financiero y devolvió a los Estados un protagonismo que durante décadas parecía haber disminuido. Los gobiernos volvieron a regular, a intervenir y también a impulsar lo que conocemos como nueva política industrial. No significa necesariamente subsidiar industrias o volver a la sustitución de importaciones, pero sí significa que prácticamente todos los países eligen sectores estratégicos a los cuales apoyar, proteger o promover. Y cuando un Estado elige ganadores, inevitablemente también está eligiendo perdedores.
La Argentina no es una excepción. Incluso un gobierno como el de Javier Milei, que discursivamente reivindica el libre mercado y cuestiona la intervención estatal, también elige ganadores y perdedores. El RIGI es un ejemplo clarísimo. Se decide que determinados sectores y determinadas inversiones tengan condiciones especiales respecto del resto de la economía. Quienes acceden a esos beneficios son ganadores; quienes quedan afuera o continúan soportando determinadas cargas, están en otra posición. Más allá del discurso, la política económica también implica tomar decisiones estratégicas.
Para entender hasta qué punto los Estados están recuperando protagonismo alcanza con mirar lo ocurrido este fin de semana entre Estados Unidos y Venezuela. Un acuerdo de 25 años puede cambiar radicalmente el mapa geopolítico alrededor de un recurso tan decisivo como el petróleo. Venezuela produce un petróleo pesado, con características particulares y mucho azufre, especialmente útil para determinadas refinerías. Estados Unidos conserva instalaciones diseñadas históricamente para procesar ese petróleo. Por eso, detrás de un acuerdo comercial hay también una enorme transformación geopolítica.
Esto, de alguna manera, cierra un ciclo iniciado a fines de los años noventa. Durante 25 años Venezuela intentó reducir su dependencia de Estados Unidos y construir otra relación con el mundo. Ahora, con Donald Trump, esa dinámica parece modificarse profundamente. Los Estados negocian, firman acuerdos, redefinen relaciones y, detrás de todo eso, aparecen empresas y sectores concretos que se benefician. El caso venezolano demuestra que la geopolítica no es una discusión abstracta: mueve inversiones, petróleo, energía, empleo y negocios.
Hay incluso empresas argentinas involucradas en esta transformación. IMPSA, vinculada históricamente a la familia Pescarmona y con una larga trayectoria en infraestructura y energía, atravesó dificultades, fue estatizada durante el gobierno de Alberto Fernández y posteriormente privatizada por Milei. La compañía fue adquirida por un consorcio venezolano-estadounidense y ahora puede beneficiarse de este nuevo escenario. Todavía no conocemos todos los detalles del acuerdo, por lo que sería prematuro sacar conclusiones definitivas, pero el punto central está claro: son los Estados los que cambian el mapa y algunas empresas terminan aprovechando esas decisiones.
La misma lógica aparece en Europa. Islandia decidió en un plebiscito no ingresar a la Unión Europea, mientras que, al mismo tiempo, aparecen especulaciones sobre una eventual aproximación de Canadá al bloque como respuesta a las tensiones comerciales con Estados Unidos. Son movimientos que muestran hasta qué punto las decisiones nacionales están atravesadas por un nuevo escenario internacional. Las fronteras económicas, comerciales y políticas se están reacomodando.
Y hay otro ejemplo que me parece particularmente interesante: la industria de defensa. Volkswagen tiene parte de su paquete accionario en manos del Fondo Soberano de Qatar. Israel necesita renovar componentes de su sistema de defensa antiaérea y una planta de Volkswagen podía fabricarlos. El accionista catarí, por razones vinculadas a su posición frente al conflicto de Medio Oriente, se opuso al proyecto. Entonces intervino el Estado alemán, tanto a nivel federal como regional, porque detrás de esa operación había también una oportunidad industrial y la posibilidad de generar alrededor de 3.000 puestos de trabajo.
Esto demuestra algo que la Argentina debería discutir seriamente: las cuestiones de seguridad y defensa también pueden convertirse en oportunidades de desarrollo industrial. Alemania está enfrentando una industria automotriz muy golpeada por la competencia china y, sin embargo, encuentra en las necesidades de seguridad una posibilidad para producir, invertir y generar empleo. ¿Estamos nosotros discutiendo algo parecido? La pregunta es inevitable, sobre todo porque durante mucho tiempo la Argentina tuvo capacidades relevantes en materia de industria de defensa.
Javier Milei llegó al poder con una idea muy concreta: ser, según sus propias palabras, una especie de topo que quiere destruir al Estado desde adentro. Pero el mundo que tenemos por delante es exactamente lo contrario: un mundo donde los Estados recuperan protagonismo y son actores centrales para defender intereses económicos, estratégicos y territoriales. Por eso tenemos que preguntarnos si la Argentina cuenta con las capacidades estatales necesarias para enfrentar este escenario. Y mi respuesta es que, hoy, no.
El primer punto es la defensa. La Argentina está destinando alrededor del 0,49% de su producto a defensa, un mínimo histórico y menos de un tercio del promedio regional. No estoy planteando que tengamos que convertirnos en una potencia militar ni mucho menos, pero sí necesitamos capacidades mínimas para garantizar nuestra soberanía, proteger nuestros recursos naturales y atender desafíos cada vez más importantes, como la ciberseguridad y la defensa de nuestro extenso territorio marítimo.
El segundo punto es la estabilidad macroeconómica y política. Necesitamos solidez económica, pero también instituciones confiables. Estamos apenas intentando salir de una situación macroeconómica extremadamente compleja y, en materia institucional, ni siquiera existe hoy un debate suficientemente importante sobre cómo mejorar la calidad del Estado y sus instituciones. El tercer punto es la infraestructura: rutas, caminos, aeropuertos, ferrocarriles, puertos y, especialmente, puentes que permitan integrar a la Argentina con la región. Tenemos un déficit enorme que limita nuestras posibilidades de desarrollo.
El cuarto punto es la integración social. Los países estables son sociedades que logran cierto grado de integración económica, social y cultural. La Argentina tiene una ventaja importante: no posee grandes conflictos religiosos, étnicos o regionales. Pero tenemos una fragmentación social muy profunda y niveles de pobreza que resultan inaceptables para un país que pretende construir estabilidad hacia adelante. Y el quinto punto es el ambiente. No podemos mirar las sequías, las inundaciones o los problemas climáticos solamente como cuestiones de preservación ambiental. También son problemas de seguridad y potenciales fuentes de conflicto, como estamos viendo en distintas partes del mundo.
Por eso creo que este debate recién empieza y que la Argentina debería incorporarlo urgentemente. El mundo que viene no será solamente un mundo de mercados; será un mundo de Estados, intereses estratégicos, energía, defensa, tecnología, recursos naturales y alianzas. Y nosotros tenemos que preguntarnos dónde estamos parados. Porque si no construimos capacidades estatales, estabilidad institucional, infraestructura, integración social y una estrategia de defensa y desarrollo, vamos a mirar cómo los demás países toman decisiones que afectan nuestro futuro sin que nosotros tengamos capacidad suficiente para intervenir. La geopolítica ya está condicionando nuestras vidas. La verdadera discusión es si vamos a anticiparnos a ese mundo o si, una vez más, vamos a reaccionar cuando ya sea demasiado tarde.
Lectura rápida
¿Qué es la geopolítica y cómo afecta a las empresas? La geopolítica condiciona las decisiones de los Estados, mercados y empresas, obligando a los ejecutivos a considerar factores internacionales en sus planes de negocio.
¿Quién es Javier Milei y qué postura tiene sobre el Estado? Javier Milei es el actual presidente de la Argentina, quien aboga por el libre mercado pero también elige ganadores y perdedores en su política económica.
¿Cuándo comenzó a cambiar el papel de los Estados en la economía? El cambio se hizo evidente después de la crisis financiera internacional de 2008 y 2009, cuando los Estados recuperaron protagonismo en la regulación y la política industrial.
¿Dónde se observa un ejemplo de cambio geopolítico reciente? Un acuerdo de 25 años entre Estados Unidos y Venezuela puede alterar el mapa geopolítico en torno al petróleo, mostrando cómo los Estados negocian y redefinen relaciones.
¿Por qué es importante la discusión sobre la defensa en Argentina? La Argentina necesita capacidades mínimas en defensa para garantizar su soberanía y atender desafíos como la ciberseguridad, dado que actualmente destina solo el 0,49% de su producto a este sector.





