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El hechizo de las "big tech" y la deuda de la política

Invocando facilitar la libre expresión de todos, han capturado para su manipulación la identidad, los hábitos y pensamientos de todos.

10/09/2026 | 09:52Redacción Cadena 3

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El hechizo de las "big tech" y la deuda de la política

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Las grandes corporaciones tecnológicas se ganaron nuestro afecto regalándonos comunicación y entretenimiento, y con esa moneda de cambio se quedaron con nuestros datos, nuestros hábitos y nuestras creencias, concentrando un poder que ningún Estado logra regular.

Al mismo tiempo, la demagogia y la corrupción degradaron la confianza en los gobiernos republicanos: dirigentes enriquecidos y pueblos empobrecidos explican la decepción generalizada con la política. La combinación es peligrosa, porque el vacío que deja la política desprestigiada lo está ocupando el poder tecnológico, guiado por ideólogos que, como Peter Thiel, dudan de que libertad y democracia sean compatibles.

La respuesta está en regenerar la dirigencia política —con honradez y vocación de servicio— para poner la tecnología al servicio de las personas, como reclama el papa León XIV. Y para lograrlo los ciudadanos conservamos tres poderes intactos: opinar, informarnos y elegir en las urnas

Entre encanto y desencanto

Gran parte de los pueblos de numerosas naciones, principalmente del sector occidental, transcurren el presente en tiempos de encanto y desencanto.

El encanto tiene como principal causante a la tecnología, mientras que las instituciones sociales comandadas por las dirigencias políticas son las que lideran la provocación del desencanto.

La tecnología, con un crecimiento vertiginoso impulsado por empresas que supieron desplegar una atracción cuantiosa de capitales financieros, ha ocupado un lugar preponderante en la vida de las personas. Lo ha hecho ocupándose de dos necesidades que estuvieron en la segunda línea de las prioridades humanas: la comunicación y el entretenimiento.

Quizás por no tocar, en principio, necesidades de mayor prioridad como la alimentación, el vestido y la salud, pudieron ocupar terreno sin hacer ruido, pasando "desapercibidas" por las agendas de las dirigencias y de las propias personas.

Acceder gratuitamente o a bajos costos a dispositivos y servicios que permiten la intercomunicación de personas a nivel universal, y a un repertorio de entretenimiento de una variedad y extensión jamás imaginada, ha sido un fenómeno tan encantador que ha permitido pasar por alto cualquier crítica u observación sobre los métodos empleados, las importantes contraprestaciones usurpadas y las graves consecuencias sociales que ocasionan.

La prestación de servicios de comunicación y entretenimiento se ha concentrado a nivel universal en un puñado de grandes corporaciones, cuyo accionar es muy difícil de calzar en los entornos normativos jurisdiccionales de los Estados nacionales.

Estas corporaciones, a las que denominamos "big tech", han concentrado un alto poder económico por la generación de altos ingresos y una alucinante atracción de capitales, a la par que detentan un gran poder basado en el acceso, la manipulación y la difusión de todo y cualquier dato que signifique información sobre la identidad, los hábitos, las preferencias, las conductas, las propiedades, los pensamientos y las creencias de las personas.

En menos de cuatro décadas hemos visto aparecer, crecer e imponerse a corporaciones que ponen en riesgo la vigencia y el ejercicio pleno de nuestros derechos humanos, aquellos que fueran consagrados en el muy lejano 1948. Invocando facilitar la libre expresión de todos, han capturado para su manipulación la identidad, los hábitos y pensamientos de todos. Con su poderío económico han logrado seducir y hasta acordar acciones de común interés con parte de la dirigencia política.

El encanto es tal, que solo una pequeña minoría de personas es consciente del fenómeno descrito, y es muy poca la dirigencia política interesada en tocar temas que puedan poner en riesgo el goce de los encantados.

En las mismas cuatro décadas el deterioro de la apreciación por la opinión pública de los gobiernos democráticos basados en la división de poderes y la periodicidad de los mandatos ha sido creciente y manifiesta. Las nobles banderas de "la igualdad de oportunidades" y de "el estado de bienestar", si bien pudieron desplegarse y dar importantes beneficios, terminaron siendo arrebatadas por populistas demagogos y oportunistas corruptos que en la búsqueda de sus propios particulares beneficios de fortuna subvirtieron valores y degradaron la cultura de los pueblos.

Demagogos y hábiles oportunistas han desplegado sus "habilidades" en los ámbitos de los tres poderes: ejecutivo, legislativo y judicial. La desaparición de los conceptos de la escasez y del mérito como ordenadores de la vida social son dos cuestiones esenciales inculcadas desde la dirigencia política que han llegado a poner condiciones y limitaciones a sus propios discursos.

Como consecuencia de la demagogia y la corruptela, la calidad de vida de las personas se ha degradado y ello ha provocado el desencanto con los gobiernos democráticos basados en la división de poderes y la periodicidad de los mandatos. Políticos enriquecidos y pueblos empobrecidos, es una realidad provocadora de decepción.

El desencanto trae aparejado el desinterés en la política, cuestión que se agrava por la irrupción en esta de las corrientes de pensamiento confrontativo, muy fácil de desarrollarse en donde impera la corrupción. "Los corruptos son los otros" es un discurso que sirve para desbancar al ocupante del poder, pero que termina siendo infame cuando a poco de rodar en el ejercicio de funciones, los nuevos muestran las mismas miserias y, cuando no, increíbles alianzas por conveniencia con quienes hasta ayer eran los detestados.

En el escenario planteado es fácil imaginar que el encanto tenderá a ocupar el espacio que deja el desencanto. Lo grave es que el encanto vestido de facilidades tecnológicas tiene tras de sí una trama que reúne ideólogos y actores de poder político, la que hasta ahora no se muestra con claridad. Hay piezas sueltas que bien deben ser tenidas en cuenta en un intento de comprensión.

Asistimos a la aparición de nuevos liderazgos que surgen de las urnas pero que muestran su desapego por las instituciones junto al desprecio por las minorías y el ejercicio del periodismo libre, mostrando sin tapujos sus estrategias de comunicación basadas en uso y colaboración de las herramientas dominadas por las "big tech".

Peter Thiel, ideólogo libertario y poderoso multimillonario soporte de algunas de las "big tech", anunció en un lejano abril de 2009 que se "oponía a los impuestos confiscatorios, a los colectivos totalitarios y a la ideología de la inevitabilidad de la muerte de cada individuo", agregando que "no creo que la libertad y la democracia sean compatibles".

Está clara la vigencia de la pulsión "torre de Babel" y de la imposición del poderoso sobre el débil en el discurso de este referente del denominado pensamiento transhumanista. Podemos concluir en que estamos asistiendo a un programado proceso que tiene ya una prolongada traza en el tiempo y a la que recién algunos vemos con gran inquietud.

La exhortación del papa León XIV en su encíclica "Magnifica Humanitas" es una clamorosa exhortación para reencauzar la tecnología en carriles que controle la buena política, para ponerla al servicio de las personas. Por eso es necesario que despertemos del encanto tecno y capitalicemos el desencanto con los políticos, bregando por la regeneración de los mismos.

La corta historia (dos siglos y medio) de los gobiernos democráticos basados en la división de poderes y la periodicidad de los mandatos en diversos países nos muestra logros que deben ser destacados e inspiradores para fortalecer nuestra esperanza. Solo se trata de que sepamos propagar el encanto de un orden social que tenga a la persona humana como centro y valor principal, con dirigentes en los que la honradez y la vocación de servicio sea contundentemente superior a sus mezquinas ambiciones de poder y de fortuna, ocupando cada uno de los tres poderes. Para ello todavía tenemos voz, oído y voto.

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