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Crisis. ¿En Europa?

El consenso y la integración deben ganarle a la confrontación y la disgregación.

30/10/2026 | 10:19Redacción Cadena 3

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Crisis

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Las protestas que se multiplican en Europa revelan un malestar social que no es exclusivamente europeo y que también alcanza a la Argentina. La pérdida de poder adquisitivo, las dificultades para acceder a la vivienda, el deterioro educativo y la desconfianza en la dirigencia exigen respuestas que vayan más allá del control de las manifestaciones. Frente a una frustración amplificada por las nuevas tecnologías, la política debe anticiparse mediante consensos, combatir la corrupción y promover Estados eficientes, incentivos fiscales para el empleo y la actividad privada, una educación orientada al pensamiento crítico y una gobernanza digital que sitúe la dignidad de las personas en el centro.

Nos conmueven sucesivos hechos de protestas, en algunos casos violentas, en diversos países de Europa. España, Francia, Albania, Portugal e Italia han ocupado destacados titulares e imágenes de los medios de comunicación. Abundan los análisis causales junto con las noticias que dan cuenta de los alistamientos de las fuerzas de seguridad para prevenir y sofocar las derivaciones violentas de las manifestaciones.

Poco y nada se escucha sobre acciones del poder político en pro de iniciar la construcción de urgentes y necesarios consensos sobre las causas de la crisis y las consecuentes políticas de Estado que requieren su remediación. En cuanto a las cuestiones que estarían en la génesis de estos fenómenos, hemos venido escuchando hablar hace ya un tiempo de migraciones exoculturales devenidas en guetos, agitaciones de sectores de los extremos políticos ideologizados e inclusive de sofisticadas manipulaciones colectivas de voluntades a través de las redes sociales operadas desde potencias extranjeras.

En los últimos días se ha empezado a hacer referencia a un ánimo colectivo cooptado por la frustración. Esta estaría dada por la falta de horizontes, por necesidades esenciales resignadas y trocadas por una subsistencia básica y efímeras satisfacciones que brinda una infinita oferta de bienes y servicios. También empiezan a sonar una marcada indiferencia a las instituciones de la política y el desprecio y la desconfianza hacia una dirigencia a la que tienden a calificar como corrupta en términos generales.

Algo se habla del envejecimiento de la población que destruye la sustentabilidad de los sistemas de retiros y pensiones, lo que suma nieblas al futuro. Nada se dice de una violencia entronizada por la industria de los entretenimientos, que "naturaliza" atrocidades y quita inhibiciones a la hora de manifestar descontentos. En la superficie, actuando de chispas, quienes protestan aluden a la pérdida del poder adquisitivo de los salarios, al encarecimiento de la vivienda y al deterioro de la infraestructura educativa. La tecnología hace también su aporte propiciando una importante capilaridad en la comunicación, haciendo posibles develaciones e influencias antes impensadas.

Existen sofisticados algoritmos que adjudican a sus dominantes capacidades de generar tendencias de pensamiento e impulsos a las manifestaciones de protesta en las poblaciones. Las nuevas tecnologías vienen demostrando su capacidad de actuar fuera de toda gobernanza y, por ende, fuera del radio de acción de las dirigencias políticas que conducen los Estados nacionales. No se requiere mucha perspicacia para concluir que la fenomenología causal de la que ahora se habla y que recién describimos no es una cuestión solamente focalizada en países de la vieja Europa a raíz de la "invasión islámica".

Está presente, con sus particularidades, en todos y cada uno de los países donde existe libertad de expresión y todavía se invoca la vigencia de los derechos humanos, nuestra Argentina entre ellos. En los países totalitarios, donde las libertades de expresión y de manifestar no está permitida, no sabemos qué sucede. Sospechamos que la falta de respeto a los derechos humanos generará en el tiempo peores frustraciones, con sus consiguientes presiones, en busca de libertad y dignidad. La dirigencia política, responsable de ordenar la vida en comunidad, tiene la grave responsabilidad de liderar la búsqueda de los caminos que nos saquen de este laberinto, junto a todo el arco de las organizaciones sociales.

Para ello, resulta imprescindible erradicar de todos los ámbitos (públicos y privados) la corrupción y la impunidad. Las organizaciones del tercer sector, con la transparencia como principio de su existencia, pueden prestar apreciados servicios canalizando acciones de voluntariado y deberían ser convocadas a tal fin. Los Estados han demostrado no ser eficientes como gestores directos de la redistribución de los ingresos. La corrupción y el populismo omnipresente en tal tarea han provocado serios daños en las economías y en el entramado social de muchos países.

Resulta necesario proponer políticas fiscales disruptivas que apunten al bienestar general de las personas, respetando la vigencia de los derechos humanos, priorizando los incentivos selectivos a la actividad privada por sobre la presión recaudatoria. Semanas atrás aludimos a que una oportuna intervención fiscal sobre las distintas modalidades de alquiler en España podría haber evitado la crisis de viviendas, que no está asentada en la falta de oferta, sino en la distorsión de esta, provocada por el "maná" del turismo.

El acceso a la vivienda, sea por su adquisición o por su locación, es una cuestión vital en la calidad de vida de la población. Constituye mayoritariamente la piedra angular de los proyectos de vida y es un gran condicionante de lo que denominamos el "humor social". Urge buscar incentivos fiscales al empleo en un mundo que expulsa dependientes reemplazados por el uso de las nuevas tecnologías. Urge redefinir objetivos y nuevos sistemas en lo relativo a la educación. El enciclopedismo ha sido reemplazado por magníficas bases de datos que responden cualquier pregunta. Hay que educar para adquirir capacidad de pensamiento crítico, para adquirir habilidades de comunicación con "el otro".

Saber pensar, ordenar y concretar la creatividad, escuchar y decir, comprender y hacerse comprender serán habilidades indispensables para la supervivencia personal y la integración de las comunidades. Todo debe construirse con la dignidad de las personas como eje central de la política. Todo debe hacerse por y para enaltecer tal dignidad. La prédica de la preocupación por el bienestar de "los próximos" debe superar a los discursos del odio.

El consenso y la integración deben ganarle a la confrontación y la disgregación. Antes que el desencanto y la pérdida de expectativas deriven en airadas protestas que pueden conducir al caos estéril, la dirigencia política debe focalizar su ingenio y su honrado servicio a solucionar cuestiones vitales. El costo de la vivienda, el nivel general de los ingresos, la reformulación de la educación y la gobernanza del mundo digital son cuestiones vitales. No basta que sectores de la economía crezcan apalancados por la inversión de capitales intensivos; es necesario que el crecimiento se generalice y se refleje ampliamente en mejoras de calidad de vida de todas las personas.

Necesitamos Estados eficientes en el plano de la construcción de consensos, en el plano de la gestión de los servicios esenciales (educación, justicia, seguridad, salud) y en el plano de la aplicación de políticas fiscales que tiendan a corregir los perjuicios que los mercados no pueden evitar por sí mismos. Las políticas tardías que violentan derechos y desbaratan contratos privados ya demostraron que no solucionan los problemas; por el contrario, los agravan.

Necesitamos Estados conducidos por una dirigencia lúcida y honrada, con la sensibilidad necesaria para percibir las causas del mal humor social y actuar con pericia en los tiempos oportunos. Muchas crisis son previsibles y, por ende, evitables. En Europa, en Argentina y en cualquier país en el que imperan sistemas representativos de gobierno, libertad de expresarse, de manifestarse y, por ende, de elegir, ello debería ser posible.

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