Mundial de fútbol: manual de uso argentino
.
08/07/2026 | 13:34Redacción Cadena 3
Hay países que se sienten llamados a ser excepcionales. Estados Unidos construyó buena parte de su identidad alrededor del "destino manifiesto", la idea de exportar democracia y proyectar poder. China, desde hace miles de años, se pensó como el centro del mundo. Rusia arrastra una paranoia histórica con sus fronteras: nunca termina de sentirse segura frente a sus vecinos. Brasil se sabe gigante en Sudamérica. Suiza hizo de la neutralidad casi una religión.
Argentina también se soñó excepcional alguna vez. Y, en algún punto, estuvo cerca de serlo.
A fines del siglo XIX y comienzos del XX, el país parecía lanzado hacia un destino de potencia del sur: el sistema educativo, los ferrocarriles, la apertura del territorio, la inmigración, la industria cultural y editorial que se expandió por América Latina, la radio, el cine, las discográficas y el sistema de estrellas. No muchos países podían fabricar un mito como Carlos Gardel. Argentina podía.
Después vinieron la idea de la "tercera posición" y otros gestos de una nación que imaginaba un papel propio en el mundo. Pero también pasaron muchas cosas. Y de aquella vocación de excepcionalidad quedó algo sin resolver: un mito mal curado.
Esa promesa incumplida nos dejó una mezcla difícil de frustración, resentimiento y complejo de superioridad. Como si el país sintiera que el mundo no lo reconoce como debería. Durante años, cuando llegaba alguien de afuera, aparecía la pregunta: "¿Y allá cómo nos ven?". La respuesta, muchas veces, era incómoda: no nos ven tanto. No hablan de nosotros todo el tiempo. No ocupamos el lugar que imaginamos ocupar.
Por eso se vuelven virales con tanta facilidad los videos de extranjeros que pasan por Argentina y dicen que somos geniales, que la comida es increíble, que la gente es maravillosa, que Buenos Aires es única. Necesitamos esa validación externa. Necesitamos que alguien, desde afuera, nos confirme lo que queremos creer de nosotros mismos.
Ese impulso tiene efectos. El primero es la necesidad de distinguirnos como sea, incluso por lo malo. El argentino agrandado, canchero, insoportable. La antipatía que a veces generamos en América Latina. La irracionalidad delirante de muchas de nuestras políticas públicas. El país de la inflación crónica, el campeón de los defaults. Como si dijéramos: si no nos van a conocer por lo bueno, que al menos nos conozcan por lo malo.
Hay algo extraño ahí. Porque los chistes sobre argentinos, en el fondo, también nos alimentan el orgullo. Nos burlan por soberbios y nosotros casi lo tomamos como una condecoración. A veces parecemos orgullosos incluso de nuestros defectos.
El segundo efecto es que nos aferramos a cada argentino que se destaca en el mundo y lo convertimos en una empresa colectiva. El Papa, Maradona, Messi, Evita, Máxima, los artistas, los premios Nobel, Borges. Cuando una científica, una economista, un deportista o un músico argentino llega lejos, lo celebramos como si todos hubiéramos estudiado, entrenado o trabajado con esa persona. Pero no. El mérito es suyo. No nuestro.
Sin embargo, el mecanismo se repite. En el deporte, en la ciencia, en la cultura. Los medios han titulado históricamente "ganamos", aunque hayan ganado los que corrieron, los que jugaron o los que compitieron. Esa apropiación colectiva puede ser hermosa, pero también revela una necesidad: sentir que, por un rato, el éxito de uno repara la frustración de todos.
Y el fútbol es el reino donde todo esto queda más expuesto.
Argentina tiene un manual de uso del Mundial que probablemente no tenga ningún otro país. Tenemos que ser la hinchada más numerosa, la más ruidosa, la más creativa, la más quilombera, la mejor. Y, de hecho, la FIFA llegó a premiar a la afición argentina en los premios The Best. Aparecen los fan fest, las caravanas, los cantos, las multitudes que no entran al estadio pero igual viajan para hacer el aguante desde afuera.
Es difícil explicar eso en otros países. Decenas de miles de personas que no van al partido, pero que están ahí como si igual lo jugaran. Hinchas de otras selecciones grabando a los argentinos como si estuvieran frente a un fenómeno antropológico. Ayer circulaba el video de un egipcio que filmaba la reacción de hinchas argentinos afuera del estadio. Para muchos, eso es incomprensible.
Tal vez porque nadie hace de un Mundial un exorcismo de sus frustraciones nacionales como lo hacemos nosotros.
Ayer, un minuto antes de que Cristian "Cuti" Romero metiera ese cabezazo salvador, el mundo se nos venía abajo. No era sólo un partido. No era apenas una clasificación. Si Argentina quedaba afuera, nos esperaba un abismo de frustración que iba mucho más allá del fútbol.
Y ahí aparece una pregunta necesaria: ¿hace falta tanto? ¿Hace falta que el destino emocional de un país entero dependa de una pelota? El mundo no se viene abajo por perder un partido. Pero a los argentinos, a veces, nos cuesta creerlo.
Quizás porque todavía tenemos que curar esos mitos mal curados. Pero también porque no todo es mito. Hay verdades profundas en la idea de que Argentina puede ser un país excepcional. Tenemos espacio, agua, energía, inteligencia y una capacidad cultural enorme. Hacemos un culto de la amistad como pocos pueblos. Somos capaces de crear comunidad de una manera que no se consigue en cualquier lugar.
También somos uno de los experimentos más exitosos de mezcla religiosa y étnica de la historia moderna. Y, aunque todavía nos queda un racismo larvado que a veces aparece sin que lo notemos, estamos cerca de construir una sociedad donde pueda ser cierto ese lema maravilloso: el argentino nace donde quiere.
Nuestros problemas son enormes, pero no son imposibles. Son manejables. Lo que falta no es magia. Falta un poco más de racionalidad y de solidaridad verdadera. Falta contenernos entre todos, sin dejar a nadie afuera. Falta creer menos en la salvación épica y más en la construcción cotidiana.
Eso no significa perder la locura, la pasión, las ganas, la amistad ni esa capacidad de vivir un Mundial como nadie más lo vive. Al contrario. Se trata de conservar lo mejor de esa energía sin convertir cada partido en una prueba de supervivencia nacional.
Porque tal vez la excepcionalidad argentina no esté en ganar siempre, ni en ser reconocidos por el mundo, ni en necesitar que otros nos digan cuánto valemos. Tal vez esté en aprender a mirarnos sin exageraciones: ni superiores ni condenados. Un país capaz de emocionarse como pocos, pero también capaz de madurar. Aunque eso no entre en ninguna tabla de posiciones, también es una forma de ganar.






