Lucrecia Martel: “El cine no está para satisfacer a cucharadas al público"
El nuevo documental de Lucrecia Martel explora el asesinato del cacique Javier Chocobar y la historia de la comunidad Chuschagasta en Tucumán. "Este es un país racista", dijo a Cadena 3.
13/03/2026 | 18:01Redacción Cadena 3
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Audio. Lucrecia Martel: "El cine no está para satisfacer a cucharadas a un público agotado"
Amamos Argentina
El asesinato del referente indígena Javier Chocobar en Tucumán en 2009 —registrado en video durante un intento de desalojo— es el punto de partida de “Nuestra tierra”, el nuevo documental de la cineasta argentina Lucrecia Martel, que se estrenó en los cines del país tras un recorrido por festivales internacionales.
La película reconstruye el crimen y el largo camino judicial que siguió la comunidad indígena Chuschagasta hasta el juicio oral realizado casi una década después, en 2018. Pero el film va más allá de la crónica judicial: se interna en una historia mucho más profunda sobre la memoria, la tierra y los mecanismos históricos de exclusión que atraviesan a la sociedad argentina.
El resultado es un documental que, más que narrar un caso, expone una estructura. A través del juicio, los archivos y los testimonios de la comunidad, Martel explora cómo la disputa por la tierra se conecta con siglos de despojo y con una narrativa oficial que muchas veces invisibilizó a los pueblos originarios.

La experiencia como espectador es, por momentos, abrumadora. Nuestra tierra es un documental apabullante que, con notable destreza, introduce al espectador en un territorio vasto y potente. Las imágenes aéreas del paisaje, combinadas con los relatos de la comunidad, permiten percibir cada gesto y cada silencio del juicio, mientras la cámara se acerca a una realidad que rara vez aparece en el centro del relato nacional. La tierra —filmada desde el aire o desde el testimonio íntimo— deja de ser un escenario para convertirse en protagonista.
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Martel cuenta que su acercamiento al caso fue casi accidental. “Yo me acerqué al caso porque vi ese videíto que es un espanto, estaba en YouTube, y empecé a investigar”, recuerda. La investigación derivó en algo inesperado: primero pensó en ordenar los documentos del conflicto territorial para la comunidad, pero el material fue creciendo. “Cuando empecé a juntar los expedientes… leer el archivo fue una cosa increíble”, explica.
Con el tiempo, ese archivo reveló una historia que se extendía mucho más atrás. “Estuvimos investigando la trayectoria de la comunidad desde el siglo XVII”, dice. De ese proceso —de más de una década— nació finalmente el documental.
La relación con la comunidad también se construyó lentamente. “Nuestro vínculo se fue haciendo de a poco”, señala la directora. La confianza tardó años en consolidarse. “El set de fotos más importante que aparece en la película me lo dieron diez años después de conocernos”, cuenta. Para Martel, ese tiempo habla de algo más profundo: “Te das cuenta de lo dañado que está el tejido social para que personas de la ciudad y del campo puedan confiar mutuamente”.
Racismo y una historia que sigue abierta
Uno de los ejes más contundentes de la película es el racismo estructural que atraviesa la historia argentina. Martel no duda en nombrarlo.
“Si no ves el racismo en Córdoba, en Salta o en Buenos Aires, estamos completamente locos”, afirma. Y agrega: “Este es un país racista”.
La directora vincula ese fenómeno con la propia construcción del Estado argentino. Según explica, el racismo colonial nunca desapareció, sino que se transformó en parte de la estructura nacional. “Nosotros lo hemos alimentado y sofisticado desde el principio mismo de nuestra nación”, sostiene.
En su lectura, el conflicto por la tierra de la comunidad Chuschagasta no es una excepción sino un ejemplo más de un sistema histórico. “Seguimos manteniendo el modelo colonial: sojuzgando a una población, empobreciéndola y quitándole la tierra”, señala.
La película, en ese sentido, también propone un contraste. Por un lado, muestra la violencia institucional y las demoras de la justicia; por otro, observa una forma de vida comunitaria que interpela al espectador. Martel lo resume así: el documental puede ser “doloroso y a la vez vivificante”.

Cine y responsabilidad
A lo largo de la conversación, Martel evita hablar de una “mirada de cineasta”. Prefiere pensarse como ciudadana.
“No sé cómo sería la mirada del cineasta”, admite. “Como ciudadana lo que creo es que estamos todos tratando de ver por dónde podría haber una salida”.
La directora cree que el país atraviesa una sensación persistente de frustración colectiva. “Sentimos que se intentan distintos proyectos y ninguno parece demasiado novedoso”, dice. En ese contexto, el cine —o el arte— puede ser una forma de intervenir en la conversación pública.
Para ella, Nuestra tierra es precisamente eso. “Este documental es la forma que tengo de aportar a esa conversación nacional”, afirma.
Y plantea una idea simple pero exigente: cada persona debe asumir su responsabilidad en el momento histórico que vive. “Para mí ese ‘vamos’ como país significa asumir la responsabilidad que te toca y abrazar tu trabajo e inventar algo que pueda servirles a todos”.
El centralismo porteño
Otro de los temas que aparece en la charla es el centralismo cultural argentino. Martel, que vive entre Salta y Buenos Aires, cree que la estructura del país sigue concentrada en la capital.
“Este país está totalmente pensado de esa manera”, dice. Para la directora, el problema no es sólo cultural sino político y económico.
“Es un país que no tiene desarrollo regional”, señala. Y agrega que muchas decisiones se toman desde espacios urbanos muy alejados de la realidad de otras provincias. “Si tenés un gobierno nacional formado por personas que apenas conocen el resto del país, es medio un desastre”.
Para Martel, esa falta de mirada federal explica en parte por qué muchas historias del interior —como la de la comunidad Chuschagasta— permanecieron durante tanto tiempo fuera del relato dominante.
Plataformas y algoritmos
En el terreno audiovisual, Martel también observa con preocupación la creciente concentración de la industria en pocas plataformas globales.
“Todos los modelos concentrados de producción terminan empobreciendo las industrias locales y la narrativa del planeta”, advierte.
La directora cuestiona especialmente la lógica algorítmica que domina parte del mercado audiovisual. Según explica, ese modelo busca estudiar al espectador para darle exactamente lo que ya sabe que quiere ver.
Ahí aparece una de sus definiciones más contundentes:
“El cine no se hizo para satisfacer a cucharadas a un público agotado”.
Para Martel, el cine tiene otra función. “Es para tener nuevas ideas, para intercambiar, para conocernos”, sostiene. Reducirlo a una fórmula basada en tendencias sería, a su juicio, “un concepto civilizatorio muy pobre”.
El encuentro con el público
Después de catorce años de trabajo, Nuestra tierra llegó finalmente a los cines argentinos con un estreno relativamente modesto.
“Es el estreno más chiquito que hice hasta ahora”, reconoce Martel. Sin embargo, la recepción la sorprendió. Las funciones están generando debates y encuentros con el público, algo que la directora valora especialmente.
“Tenemos conversaciones con la gente al final de las funciones”, cuenta. Y dice que esa reacción confirma algo que esperaba: que la película funcione como disparador de discusión.
Cuando se le pregunta qué le gustaría que el público se lleve del cine, Martel responde con una mezcla de humildad y convicción: "Que se lleve lo que quiera, que vaya a disfrutar porque es una película con una banda sonora hermosísima, que es como meterte en un viaje con unas cosas de la Argentina que mucha gente quizás no sabe y reflexiones de gente de la que uno nunca espera reflexiones, como si esas personas no tuviesen un pensamiento sumamente oportuno además para compartir".
Entrevista de Francisco Vidal.





