Diego Cabot, contra los señores del silencio
07/05/2026 | 14:25Redacción Cadena 3
Hay algo profundamente inquietante cuando un periodista que reveló uno de los mayores casos de corrupción de la historia argentina termina sentado durante más de doce horas dando explicaciones como si el sospechoso fuera él y no aquellos que quedaron expuestos por la investigación.
Eso fue lo que volvió a ocurrir con Diego Cabot, el periodista de La Nación, cuya investigación permitió destapar el escándalo de los llamados "cuadernos de las coimas", probablemente el caso de corrupción más impactante y voluminoso que atravesó la Argentina en las últimas décadas.
No hace falta caer en la romantización del periodismo ni en el discurso corporativo de los "periodistas héroes" para entender la gravedad de lo que ocurre. El periodismo no necesita santos patronos ni mártires profesionales. Pero sí necesita algo básico: que una democracia comprenda para qué sirve.
Y sirve, precisamente, para esto.
Para revelar aquello que el poder quiere mantener oculto.
Porque cuando el periodismo deja de investigar, las sociedades empiezan lentamente a transformarse en feudos donde los medios no controlan al poder sino que trabajan para él. Provincias enteras de la Argentina ya funcionan así: canales, radios y diarios donde no se investiga nada, donde los periodistas se convierten en simples comunicadores de lo que el gobierno necesita comunicar.
Por eso el caso Cabot trasciende a Cabot.
Lo que está en discusión no es solamente una investigación periodística. Lo que se está poniendo a prueba es el derecho mismo a investigar al poder sin terminar sometido a una especie de castigo judicial o político por haberlo hecho.
Y lo más llamativo es la debilidad de muchos de los cuestionamientos que todavía hoy intentan desacreditar aquella investigación.
Desde el comienzo aparecieron argumentos que bordeaban el absurdo. Primero fue la discusión sobre la autenticidad de los cuadernos porque inicialmente se conocieron fotocopias y no los originales. Pero el planteo siempre fue jurídicamente irrelevante.
Porque los cuadernos nunca fueron “la prueba” definitiva de nada.
Eran un testimonio.
Y un testimonio puede existir escrito a mano, en fotocopia, grabado en un casete o dicho oralmente frente a un juez. Lo importante no es el soporte físico sino la verificación posterior de lo que allí se afirma.
Eso fue justamente lo que ocurrió después.
La Justicia avanzó durante años corroborando datos, cruzando información y recogiendo declaraciones de funcionarios, empresarios y arrepentidos. Hubo confesiones, testimonios coincidentes y reconstrucciones detalladas del sistema de recaudación ilegal alrededor de la obra pública.
El caso judicial no quedó sostenido sobre un cuaderno.
Quedó sostenido sobre múltiples pruebas y declaraciones posteriores.
Sin embargo, años más tarde, Cabot vuelve a enfrentar interrogatorios extensos y cuestionamientos que parecen más orientados a desgastar al periodista que a esclarecer hechos.
Uno de los planteos más insólitos fue cuestionar que no se hubiera preservado la "cadena de custodia" de los cuadernos antes de la denuncia judicial.
Pero la cadena de custodia existe precisamente desde el momento en que un elemento ingresa formalmente a la justicia. Antes de eso, un periodista o un particular no son auxiliares judiciales. Son ciudadanos que reciben información, la analizan y evalúan si corresponde denunciarla.
Pretender que un periodista preserve pruebas como si fuera una fiscalía antes siquiera de realizar una denuncia es desconocer cómo funciona cualquier investigación periodística o judicial en el mundo.
También apareció otro argumento desconcertante: que la denuncia no fue "institucional".
Como si un ciudadano común no pudiera acudir a la justicia a denunciar un posible delito. La lógica es peligrosa. Porque si se aceptara ese razonamiento, parecería que solamente estructuras autorizadas podrían denunciar corrupción, mientras los individuos deberían callar.
Y después llegó otra objeción todavía más absurda: que el material le llegó indirectamente a Cabot, porque antes había pasado por otras personas.
¿Y qué cambia eso?
La enorme mayoría de las investigaciones periodísticas funcionan exactamente así. La información circula, pasa de mano en mano, llega por intermediarios, fuentes o terceros. Lo importante no es el recorrido previo del dato, sino la verificación posterior de su contenido.
El periodista no condena a nadie.
Investiga y denuncia.
La justicia determina después si lo revelado es verdadero o falso.
También se intentó instalar la idea de que Cabot "manipuló" los testimonios porque trabajó sobre ellos, los leyó, los interpretó y subrayó información relevante.
Es decir: hizo periodismo.
Porque eso es exactamente lo que hace cualquier periodista cuando recibe una gran cantidad de información. La ordena, la contextualiza, encuentra relaciones, detecta patrones y construye una narración inteligible para la sociedad.
Lo contrario sería absurdo: publicar toneladas de datos sin procesar y esperar que el público descifre solo qué ocurrió.
Pero quizás lo más revelador de toda esta historia es otra cosa.
Todo lo que Diego Cabot tenía para decir está publicado desde hace años.
No hubo filtraciones anónimas ambiguas. No hubo operaciones en las sombras. Hubo artículos firmados, denuncias judiciales concretas y trabajo expuesto públicamente.
Y eso es precisamente lo que incomoda.
Porque las sociedades autoritarias toleran mejor el silencio que la exposición pública. Lo verdaderamente peligroso para ciertos sectores del poder no es una denuncia secreta, sino una denuncia escrita, publicada, documentada y puesta frente a millones de personas.
Eso es lo que convierte al periodismo en una herramienta incómoda.
Y eso es exactamente lo que algunos quisieran disciplinar.





