Petróleo, fronteras y la "Tercera Guerra Mundial en partes"
La coyuntura geopolítica parece confirmar la advertencia que dejó el papa Francisco.
07/01/2026 | 14:50Redacción Cadena 3
La historia de Ucrania siempre fue la historia de otros decidiendo sobre su territorio. Imperios que avanzan, retroceden, negocian. Hoy, otra vez, el mundo parece dispuesto a decidir sobre Ucrania mientras dice decidir por la paz.
La caída de Nicolás Maduro no es un episodio latinoamericano aislado. Es un movimiento en una guerra más amplia, una guerra que no siempre se libra con tanques o drones. Estados Unidos tomó el control del petróleo venezolano y dejó clara su lógica: no busca ese recurso para sí, sino impedir que llegue a manos de sus adversarios. Lo dijo Marco Rubio sin pelos en la lengua. El petróleo ya no como energía, sino como arma.
El efecto inmediato fue económico; el objetivo, político. Un mercado inundado de crudo presiona a la baja los precios y golpea directamente a Vladímir Putin, cuyo esfuerzo bélico depende en gran medida de exportaciones energéticas. Golpea también a Irán, otro productor aislado, y deja a Cuba sin su principal sostén externo. Cada ficha cae lejos del frente, pero todas pertenecen al mismo conflicto fragmentado.
Aquí entra China. Durante años fue el acreedor silencioso de Venezuela, extendiendo decenas de miles de millones de dólares en préstamos respaldados por petróleo bajo acuerdos oil-for-loan, en los cuales Caracas pagaba deuda con envíos de crudo a Pekín. Esa relación financiera profunda, documentada por múltiples análisis sobre la estrategia económica china en América Latina, convierte al petróleo en mucho más que energía: es también garantía de crédito y vínculo estratégico.
La pregunta central no es Venezuela. Es Rusia. Y, detrás de Rusia, Ucrania.
Desde hace años circula una hipótesis inquietante: que Moscú y Washington intercambien silencios. Venezuela por Crimea y el Donbás. América Latina por el mar Negro. Así lo reveló The New York Times al retomar el testimonio de Fiona Hill, exasesora de la Casa Blanca, quien relató que en 2019 Rusia "estaba señalando muy claramente" su interés en un arreglo tipo intercambio entre Venezuela y Ucrania si Estados Unidos aceptaba la agenda rusa en Europa del Este. La historia europea está llena de esos ejemplos, y Ucrania los conoce demasiado bien.
En este escenario, Europa decidió no esperar. Durante una cumbre en París, este martes más de 30 países de la llamada "Coalición de los Dispuestos", principalmente europeos, acordaron ofrecer garantías de seguridad política y legalmente vinculantes para Ucrania una vez que se firme un alto el fuego con Rusia, incluyendo el despliegue de una fuerza multinacional de paz y compromisos para apoyar a Kiev en caso de futuras agresiones.
Ese compromiso, que Zelenski firmó con líderes como Emmanuel Macron y Keir Starmer, es un hecho histórico no porque asegure la paz inmediata, sino porque revela una ruptura de la vieja dinámica: Estados Unidos no fue uno de los firmantes principales y Europa empieza a actuar como si el paraguas estadounidense pudiera no estar. No es un gesto de autonomía: es una señal de desconfianza. La declaración incluye compromisos vinculantes de supervisión del alto el fuego, apoyo militar sostenido y una fuerza multinacional.
Ese gesto tiene una causa profunda. Washington presiona por una salida rápida del conflicto, incluso si implica concesiones territoriales. Crimea y Donbás reaparecen como "realidades" a aceptar. Pero aceptar hechos consumados no es paz: es precedente. Y los precedentes, en Europa del Este, siempre vuelven.
La crisis de Groenlandia agrava esa desconfianza. La sola posibilidad de que Estados Unidos avance sobre un territorio de Dinamarca, miembro de la OTAN, pone en cuestión la lógica misma de la alianza. Si un aliado amenaza a otro, la promesa de defensa colectiva pierde sentido. Europa lo entiende: su seguridad no puede depender de decisiones unilaterales tomadas lejos de sus fronteras.
Aquí aparece el dilema ucraniano. Una paz negociada puede detener la guerra, pero también puede consagrar la violencia como método eficaz para cambiar fronteras. Una Ucrania protegida por fuerzas europeas puede disuadir a Rusia, o puede convertirse en el próximo punto de fricción directa entre Moscú y el continente.
El papa Francisco dijo en los últimos años en varias ocasiones que nos encontramos en medio de una "Tercera Guerra Mundial en partes". Ucrania es una de esas partes porque es una frontera: entre imperios, entre modelos políticos, entre memorias históricas.
La primera pieza del dominó cayó en Caracas. Se mueve en Moscú. Se calcula en Pekín. Se discute en Bruselas. Lo que ocurra en Ucrania en los próximos días no cerrará este ciclo histórico. Dirá qué tipo de mundo viene después.





