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El pantano de Putin: Ucrania no cayó y nadie sabe cómo terminar esta guerra

Desde los campos de refugiados de 2022 hasta las mesas de negociación de hoy: el balance de una guerra que nadie sabe cómo terminar.

24/02/2026 | 17:28Redacción Cadena 3

Perspectiva Nacional

El conflicto se estanca mientras la tragedia humana se agrava.

FOTO: El conflicto se estanca mientras la tragedia humana se agrava.

Hace exactamente cuatro años, en las primeras horas de un miércoles de invierno, el vuelo 1471 de LOT Polish Airlines me depositó en la noche de Varsovia. Hacía dos grados bajo cero. La gente caminaba con barbijos —imagen que ya naturalizábamos en plena pandemia— y en los rostros de los polacos podía leerse algo que excedía al frío: la vieja memoria del espanto. Vladímir Putin había decidido invadir Ucrania horas antes, y yo viajaba hacia la frontera con la sensación de asistir a algo que el mundo moderno había prometido que no volvería a ocurrir.

En los días que siguieron atravesé campos de refugiados en Medyka y Przemysl, compartí fogatas con familias que no sabían adónde iban, escuché disparos en una videollamada desde un tren que salía de Košice hacia Praga y vi a un acordeonista ucraniano tocar 'Oblivion' de Piazzolla en las calles de Berlín, con los ojos cerrados, como si viajara hacia un pasado que ya no existía. En ese primer recorrido junto a malones de refugiados, a nadie se le ocurría que todavía estaríamos acá, cuatro años después, contando lo mismo.

Hoy el frente está más o menos donde estaba hace un año. Rusia controla aproximadamente una quinta parte del territorio ucraniano —las regiones de Donetsk, Luhansk, Zaporiyia, Jersón y la Crimea anexada en 2014—, un área equivalente al estado de Pensilvania. En 2025, las fuerzas rusas avanzaron unos 4.800 kilómetros cuadrados —su mayor ganancia anual desde los primeros meses de la invasión, aunque todavía muy lejos de los más de 60.000 kilómetros cuadrados que tomaron en 2022. El ritmo de avance nunca superó la velocidad de un soldado caminando. El frente se sostiene en un estancamiento agotador, con ofensivas que se miden en metros y a un costo humano muy alto.

Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, las bajas rusas —entre muertos, heridos y desaparecidos— superan el millón doscientos mil, con hasta 325.000 muertos. Las ucranianas rondan los 600.000, con cerca de 140.000 caídos. Son números que ningún gobierno confirma con precisión y que ambas partes manipulan, pero que en conjunto dibujan la mayor tragedia en suelo europeo desde 1945. Hoy casi seis millones de ucranianos siguen registrados como refugiados fuera de su país. Más de tres millones y medio están desplazados dentro de Ucrania. Aquellos 1,5 millones que la ONU contabilizaba a dos semanas de iniciada la invasión, cuando yo caminaba entre ellos en Przemysl, eran apenas la punta del iceberg, como advirtió entonces la ministra de Asuntos Sociales de Berlín. Tenía razón.

La guerra también cambió la forma de matar. Los ciclos de innovación en el frente se miden en seis semanas —el tiempo que tarda una nueva idea letal en aparecer, probarse y desplegarse. Rusia usa drones con sensores de movimiento que aterrizan en el campo de batalla y esperan, inmóviles, a que pase la infantería para detonar. Son, de alguna manera, minas que aprendieron a volar.

Desde Moscú, la narrativa es radicalmente diferente, y conviene escucharla para entender la magnitud del abismo. La portavoz del Ministerio de Exteriores ruso, María Zajárova, publicó hoy un comunicado oficial en el que sostiene que la "operación militar especial" comenzó como un acto de legítima defensa según el artículo 51 de la Carta de la ONU, precedida por "ocho largos años" en que Rusia intentó una solución diplomática al conflicto del Donbás. Habla de una Ucrania militarizada por Occidente, de la "desnazificación" como objetivo vigente. "Se alcanzarán todos los objetivos", afirma. Es el lenguaje de quien ganó, o necesita creer que ganó. Pero hace cuatro años, en Berlín, hablé por teléfono con Kolya, un amigo ruso de Moscú. Me dijo que su hermano acababa de irse a Turquía "por miedo de que este loquito lo mande a la guerra". Esa conversación me explicó la otra Rusia mejor que cualquier comunicado oficial.

Y esa otra Rusia existe. Un análisis de RAND Corporation publicado esta semana documenta lo que los medios estatales intentan suprimir: hay unos 250.000 veteranos desempleados de vuelta en el país —la noticia apareció en enero y desapareció casi de inmediato. Novaya Gazeta relevó que más de 8.000 participantes de la "operación especial" fueron condenados por delitos civiles desde 2022 y que al menos 423 personas murieron a manos de veteranos. El fantasma del regreso afgano de los años ochenta —droga, crimen organizado, desintegración social— vuelve a sobrevolar Moscú. El gasto militar absorbe el 8 por ciento del PBI. Los ingresos energéticos cayeron un quinto en 2025. El déficit fiscal fue cinco veces mayor al previsto. Una economía de guerra que empieza a cobrarse lo suyo. Y la tasa de natalidad ronda 1,5 hijos por mujer, lejos de los 2,1 necesarios para sostener una población. Proyecciones de la ONU estiman que Rusia podría pasar de 146 millones de habitantes a entre 74 y 112 millones para el año 2100. Putin está ganando territorios que, a este ritmo, no tendrá gente para poblar.

Hay mesas de negociación activas por primera vez en años, pero nadie que siga de cerca el proceso las confunde con el principio del fin. El 5 de febrero, en Abu Dhabi, una ronda trilateral entre Ucrania, Rusia y Estados Unidos produjo lo más concreto en meses: 314 prisioneros de guerra canjeados —157 de cada lado—, confirmado por el enviado especial Steve Witkoff y por el propio Zelensky. El 17 y 18 de febrero hubo una nueva ronda en Ginebra, calificada de "difícil" por ambas partes. Las posiciones siguen siendo un abismo: Moscú exige garantías sobre el tamaño del ejército ucraniano y la presencia de tropas occidentales; Kiev exige un alto el fuego sobre las líneas actuales. El secretario de Estado Marco Rubio admitió en Múnich, sin rodeos, que Washington no sabe si Rusia realmente quiere la paz.

En octubre del año pasado, en la Casa Blanca, le pregunté a Donald Trump si estaba dispuesto a entregar misiles Tomahawk a Ucrania para atacar territorio ruso. "Zelensky quiere armas, quiere Tomahawks, todos quieren Tomahawks", me respondió, antes de hacer una broma sobre si Argentina necesitaba algunos para la oposición. No confirmó ni descartó. Es la postura típica de quien entiende que vale más la amenaza que la entrega. Trump quiere la medalla de pacificador, pero la paz requiere que alguien ceda, y por ahora nadie quiere ser ese alguien. Su propio secretario de Estado acaba de admitirlo.

Lo más probable es justamente lo que Putin buscaba desde el principio: el pantano. Un alto el fuego frágil que congele el conflicto sin resolverlo, que le dé a Rusia tiempo para rearmarse —como ya hizo entre 2015 y 2022, cuando nadie prestó atención— y que deje a Ucrania atrapada en una paz que no es paz. Europa está prometiendo aumentar su gasto en defensa, pero lo está prometiendo para dentro de nueve años, cuando casi ninguno de los líderes que firman esos compromisos seguirá en el poder. 

El segundo escenario posible es el colapso ruso —económico, social, militar—, que Occidente espera desde 2022 y que tiene indicios reales pero no ha llegado todavía a la superficie. 

El tercero es un acuerdo territorial donde Ucrania cede de facto lo que Rusia ya ocupa. En Kiev esa conversación tiene un costo político que ningún líder quiere pagar: significaría reconocer que la sangre de decenas de miles de soldados fue el precio de una derrota.

En marzo de 2022, en Košice, me topé con un hombre parado en la calle principal con un cartel que tenía los colores de la bandera ucraniana. Se llamaba Viktor, y lo curioso es que era ruso. Había nacido en Moscú, llevaba años viviendo en Eslovaquia con su esposa, y salía a la calle a protestar contra los crímenes de "Vladímir Vladímirovich Putin". Me dijo que había miles de detenidos en Rusia por hacer lo mismo que él hacía en libertad en la tranquila Europa central. Cuatro años después, la lista de "agentes extranjeros" del Kremlin pasó de 300 a más de 1.100 personas. La Duma aprobó en enero una ley que le da al FSB el derecho de cortar servicios móviles, de datos y telefonía fija. La profesora Nina Khrushcheva escribió este año en Foreign Affairs que Rusia cultivó un clima de miedo que lleva a los ciudadanos a silenciarse entre sí. El ciclo, concluye, no parece tener quiebre posible mientras Putin gobierne.

Kostia tenía 13 años cuando lo conocí en Przemysl. Llevaba una mochila con una notebook y auriculares, y me contó con toda naturalidad que su papá Dima se había quedado en Cherkasy a defender la ciudad con un AK-47. Hoy tiene 17. No sé qué fue de él ni de su padre. No sé qué pasó con Vladislav, el estudiante ucraniano de Košice que me aseguró convencido que volvería a ejercer en su país "cuando los rusos se vayan derrotados". Ni con Sasha, la chica de Járkov que me corrigió cuando dije que las ruinas de su barrio —que me mostraba en un celular— parecían las de Dresde: "Parece Járkov en la Segunda Guerra Mundial, pero atacada por los que entonces nos defendían".

Cuatro años. Ucrania sigue en pie. Y el mundo sigue mirando.

Lectura rápida

¿Qué evento marcó el inicio del relato? El vuelo 1471 de LOT Polish Airlines llegó a Varsovia el día que Vladímir Putin decidió invadir Ucrania.

¿Quiénes son las partes involucradas en el conflicto? Las partes involucradas son Rusia y Ucrania, con el apoyo de Occidente hacia Kiev.

¿Cuándo se llevaron a cabo negociaciones recientes? Las negociaciones recientes incluyeron una ronda trilateral el 5 de febrero en Abu Dhabi y otra en Ginebra el 17 y 18 de febrero.

¿Dónde se reportan las bajas más significativas? Las bajas más significativas se reportan en el conflicto entre Rusia y Ucrania, con cifras que indican más de un millón de bajas rusas y cerca de 600.000 ucranianas.

¿Por qué es relevante el contexto de la guerra en Rusia? El contexto es relevante debido al impacto social y económico en Rusia, incluyendo el desempleo de veteranos y el gasto militar que afecta su economía.

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