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Kirchnerismo: el partido de una geografía que está dejando de existir

 

24/02/2026 | 10:57Redacción Cadena 3

Perspectiva Nacional

Guillermo Andrada, Sandra Mendoza y Carolina Moisés salen del interbloque Popular.

FOTO: Guillermo Andrada, Sandra Mendoza y Carolina Moisés salen del interbloque Popular.

  1. Audio. Kirchnerismo: el partido de una geografía que está dejando de existir

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La política argentina suele ofrecer noticias que, a primera vista, parecen menores. Tres senadores que abandonan un bloque. Una reconfiguración interna en el Senado. Un movimiento más en el ajedrez cotidiano del toma y daca parlamentario. Sin embargo, a veces esos gestos en apariencia técnicos anticipan cambios más profundos.

La salida de tres senadores referenciados en los gobernadores Osvaldo Jaldo (Tucumán), Raúl Jalil (Catamarca) y Gustavo Sáenz (Salta) del bloque kirchnerista en el Senado no es solo una anécdota legislativa. Es, posiblemente, el síntoma de una mutación más amplia: el desplazamiento de una geografía política que durante décadas sostuvo el poder del peronismo en la Cámara alta.

Históricamente, el kirchnerismo —y antes el peronismo en sus distintas variantes— construyó una alianza sólida entre el conurbano bonaerense y las provincias del norte argentino, tradicionalmente más dependientes del gasto público y la coparticipación. Esa sociedad garantizó control del Senado, influencia sobre la designación de jueces y un poder de veto decisivo. Hoy, ese esquema muestra fisuras.

El dato es elocuente: el bloque peronista-kirchnerista quedó con 25 senadores, su número más bajo desde el retorno democrático. Está a un legislador de perder el tercio que le permite bloquear designaciones clave, como las de la Corte Suprema. Más que una derrota coyuntural, es una señal de debilitamiento estructural.

La explicación más rápida habla de negociación: fondos a cambio de votos, obras a cambio de acompañamiento legislativo. Y, sin duda, algo de eso hay. Pero reducir el fenómeno a un simple intercambio sería simplificarlo en exceso.

Tomemos el caso de Catamarca. La provincia tiene un interés estratégico en la modificación de la ley de glaciares, una norma que limita la expansión minera. Para una economía que apuesta al litio y a otros desarrollos extractivos, el marco regulatorio no es un detalle: es una condición de posibilidad. Del mismo modo, proyectos de infraestructura como acueductos con financiamiento internacional requieren aval nacional. No es solo pragmatismo político; es una definición de modelo.

Lo mismo ocurre con Salta, que combina minería y agroindustria en expansión, o con Tucumán, cuya matriz productiva azucarera y citrícola exige competitividad y obras. Son provincias que parecen mirar menos al empleo público como refugio y más a la dinamización del sector privado como horizonte.

Los números acompañan esa percepción. Catamarca incrementó en los últimos años el peso del empleo privado formal en su estructura laboral, mientras otras provincias del norte, como La Rioja, permanecen prácticamente estancadas en ese indicador y sostienen una fuerte dependencia del empleo estatal. No es una diferencia ideológica abstracta: es una divergencia concreta en la forma de organizar la economía.

En ese contraste se juegan dos modelos. Uno, el tradicional, apoyado en coparticipación, inflación y expansión del Estado como empleador. Otro, todavía incipiente y con muchas incógnitas, que apuesta a sectores productivos específicos y a mayor autonomía fiscal.

La fractura en el bloque kirchnerista puede ser leída como un pequeño detalle del juego parlamentario. Pero acumulada con otros movimientos —votaciones cruzadas, alianzas tácticas, discursos más pragmáticos— empieza a dibujar una tendencia. El viejo mapa que unía al norte "pobre" con el conurbano bajo una lógica de poder compartido ya no parece tan compacto.

No está claro cuál de los modelos terminará imponiéndose ni si este reordenamiento será duradero. Pero algo parece evidente: el kirchnerismo ya no puede dar por sentada la fidelidad territorial que durante años fue la base de su fuerza en el Senado. Y cuando una fuerza política pierde la geografía que la sostenía, lo que está en juego no es solo un bloque parlamentario, sino su lugar en el nuevo ciclo que comienza a configurarse en la Argentina.

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