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La economía que viene: ¿un poco de magia y "good show"?

  

07/11/2019 | 11:17

Carlos Sagristani

Carlos Sagristani

Un político genuino está hecho de vocación de servicio, ambiciones, audacia y pulsión de poder. Es la base. Después viene el arte de la persuasión y, en los estadistas, la sabiduría para resolver problemas.

“Gobernar es persuadir”, enseñaba el general que, desde el poder y el exilio, gobernó la política argentina por cuarenta años. La habilidad discursiva, o el menos académico biri-biri, es condición indispensable.

El liderazgo requiere además capacidad histriónica. O aunque sea algo de fotogenia, la posibilidad de “dar bien” en cámara.

Si la naturaleza no fue generosa en esos atributos, alguien con vocación o “aspiraciones” puede comprarlos hechos y ponerse en la fila del casting. Un buen “coucheo” mediático, algunas clases de oratoria, una dentadura blanca de las que encandilan, pueden poner en carrera a quien se anime.

Invocación a Mandrake

Pero nadie alcanza su momento de gloria en la política argentina si no incorpora al menos una pizca de prestidigitación. Sobre todo cuando escasea la sabiduría para resolver problemas, como suele ser la regla.

José Mujica fue jefe tupamaro y presidente de Uruguay, aunque dicen de él que su personaje de Viejo Vizcacha se comió al revolucionario. Experiencia y picardía.

El “Pepe” cree que con una pizca no alcanza. Prescribió sobredosis: "La Argentina tendría que elegir no a Fernández; a Mandrake, tendría que elegir. Se precisa un mago, no un político", diagnosticó.

Metáfora de veterano. Para los más jóvenes: Mandrake era un personaje engominado, con bigote camino de hormigas, capa, galera y una varita mágica capaz de cualquier prodigio. Un raro superhéroe que prolongó su estrellato en la historieta durante varios decenios.

Una pena que Mandrake jamás se haya subido al escenario de la política argentina. Si el Viejo Vizcacha uruguayo tuviera razón, ¡las hiperinflaciones, recesiones y estanflaciones que nos habríamos ahorrado!

Unos cuantos émulos lo intentaron. Sus éxitos fueron pocos y breves.

El mago del general

En los años ‘40 irrumpió en la escena pública Miguel Miranda, un selfmademan que ganó su primer millón reciclando hojalata. Compraba rezagos y con ellos fabricaba envases que le sacaban de las manos. Por la guerra, no venían latas desde Europa. Se ganó el mote de “Rey de la hojalata”.

De ahí saltó a la Presidencia del Banco Central. En la primera infancia de la institución, que había nacido en 1935 por inspiración del economista Raúl Prebisch y decisión del presidente militar Agustín Pedro Justo.

Miranda asumió como autoridad monetaria por decreto de otro presidente militar, el general Edelmiro Farrel. En 1946 Perón lo confirmó. Las reservas en lingotes de oro –uso de la época–eran tantas que “no se podía caminar” por los pasillos del Central, se ufanaba el fundador del justicialismo.

De esa sociedad surgió la idea de “movilizar” tanta riqueza acumulada durante la Segunda Guerra por las exportaciones agropecuarias y la sustitución de importaciones industriales. Con ese respaldo comenzó la impresión intensiva de billetes, para solventar la independencia económica y el Estado de bienestar. La emisión continuó después sin respaldo, para financiar un bache fiscal creciente.

Perón premiaría a Miranda con otro título, muy apropiado para este relato: “El mago de las Finanzas”.

El problema fue que al cabo de un tiempo se le vieron los hilos al titiritero y la gente empezó a huir del peso. Al Presidente lo fastidiaba un naciente hábito argentino, el de buscar refugio para sus ahorros en una moneda más fuerte. “¿Alguien vio alguna vez un dólar?”, llegó a preguntarse en un recordado acto de negacionismo.

Pronto debió volver sobre sus pasos, arriar unas cuantas banderas y encarar el primer plan de ajuste exitoso, que comenzó con el ministro “liberal” Alfredo Gómez Morales. Las grietas del sistema político que derivaron en el golpe de 1955 le impidieron capitalizar resultados.

Nota al pie: los otros ajustes exitosos, aunque siempre provisorios, también fueron encarados por presidentes peronistas: Carlos Menem –en su primera Presidencia– y Eduardo Duhalde. ¿Alberto Fernández se mirará en ese espejo o antes ensayará algún otro encantamiento?

El nuevo Miranda

La economía, como ninguna otra área de la esfera pública, es fecunda en prestidigitadores.

En 1973 un presidente efímero, el “Tío”Cámpora, corrió el telón para que apareciera José Ber Gelbard. De joven militó en el Partido Comunista y luego devino en empresario pyme con inclinaciones dirigenciales. Presidió la Confederación General Económica (CGE) y desde allí buscó abrigo en el poder del viejo general exiliado y proscripto.

Gelbard sacó de su galera el tantas veces mentado Pacto Social. Mentado como ejemplo por Cristina Kirchner y, sin nombrarlo, por Alberto Fernández. Aunque sus asesores dicen que esta vez no repetirán los errores de entonces.

Un congelamiento de precios y salarios por dos años nos llevaría en un clic a la “inflación cero”.El acuerdo duró bastante menos. A los diez meses hubo que revisarlo.

La inflación estaba reprimida a medias. Un poco, porque la crisis internacional del petróleo presionaba sobre el dólar y sobre los costos de las empresas. Y mucho más, por una emisión monetaria desenfrenada para sostener la metástasis del gasto público. El déficit fiscal pasó del 4,6% del producto al 7,6%. También se necesitaban billetes para los créditos baratos que se repartieron a mansalva, mediante redescuentos a los bancos minoristas. ¡Eso sí que era ponerle plata en el bolsillo a la gente!

Algo salió mal y la maldita inflación volvió.

Avanzó el desabastecimiento de productos a valores congelados y creció un próspero mercado negro. Se responsabilizó a la perversión de empresarios “especuladores y agiotistas” que se negaban a recibir la misma cantidad de billetes que antes por los productos de precio fijo.

Las presiones inflacionarias se volvieron insostenibles. Los sindicatos se sublevaron en reclamo de una actualización en los salarios. Gelbard, que retuvo su silla durante la tercera Presidencia de Perón, fue eyectado por María Estela Martínez, quien convocó al viejo Gómez Morales para que repitiera la receta salvadora de 1951. Esta vez no funcionó.

Lo reemplazó Celestino Rodrigo, el sepulturero del Pacto Social. Para entonces el déficit fiscal superaba el 14% del PBI. Aplicó un ajuste salvaje. En tres meses el dólar subió 150%, la inflación anual se disparó al 335%. El “Rodrigazo” inauguró un ciclo de 15 años continuados de recesión.

Magos con bayonetas

Otros magos vendrían después. Están más frescos en la memoria colectiva y por eso no vale la pena detenerse en pormenores. Sólo un breve recordatorio de nombres emblemáticos.

José Alfredo Martínez de Hoz, el genio económico de la dictadura de Jorge Videla, se hundió (y nosotros con él) a bordo de una tablita cambiaria que no flotó.

Otro ministro de los militares, Lorenzo Sigaut, voló por la estampida del tipo de cambio, justo después de su histórico presagio incumplido: “el que apuesta al dólar pierde”.Los argentinos terminamos entonces de grabarnos a fuego que el billete verde es el mejor cobijo en una crisis.

Ilusionistas con votos

Raúl Alfonsín, venerado con justicia por su aporte a la restauración de la democracia, un día pidió algo de magia para reanimar la economía estancada: “Un poquito de inflación es bueno”, justificó.

Su gobierno palmó antes de tiempo por sobredosis de inflación, fogoneada también por el sucesor ya electo, Carlos Menem. No quiso esperar el turno constitucional y precipitó el recambio. Desde su equipo anunciaron que irían a un “dólar recontra alto” y sugirieron a los prestamistas que desconectaran el respirador.

Menem tendría su propia híper, que detonó las promesas de “salariazo” y “revolución productiva”. Hasta que, previa “punción” de la deuda interna (léase despojo a los ahorristas) con el plan Bonex de Erman González, entregó el Palacio de Hacienda a Domingo Cavallo y su truco de la convertibilidad, imbatible por algunos años.

Como suele ocurrir con el amor, no era para siempre. Menem mantuvo la regla monetaria y, ya con otro ministro, siguió agrandando el agujero fiscal. Como no podía emitir moneda, lo costeó emitiendo deuda. La maquinita ya no imprimía billetes, pero sí bonos. A lo pavote.

De la Rúa creyó que la función podía continuar con José Luis Machinea. Falló y entonces llamó al mago de la convertibilidad para que lo sacara de la ciénaga. Pero ya no había conejos en la galera de Cavallo. El superministro debió partir y poco después lo haría De la Rúa en el helicóptero blanco de triste recuerdo. Como Alfonsín, antes de tiempo y empujado por opositores que ya se probaban el traje de jurar.

“No fue magia”

La Presidencia tropical de Adolfo Rodríguez Saá movería la primera pieza con la declaración solemne del default. Duhalde hizo el resto. Jorge Remes Lenicov fue su Celestino Rodrigo. Ejecutó en pocas semanas un descomunal ajuste “sin anestesia”. A costo político cero. Se lo cargaron todo a la cuenta de Fernando De la Rúa.

Los Kirchner recibieron el carro con todos los melones primorosamente acomodados. Encima encontraron un billete con premio: el boom de la soja, que los tapó de dólares.

La lluvia verde se utilizó para casi duplicar el gasto público. Cuando dejaron de caer dólares, necesitaron casi duplicar también la presión impositiva. Yaun así dejaron un déficit fiscal de al menos 6 puntos del PBI, que cubrieron emitiendo moneda y deuda interna.

En algo tuvo razón Cristina. “No fue magia”.

Igual, las engañifas de Guillermo Moreno para “cuidar la mesa de los argentinos” son inolvidables. En su maletín de ilusionista había una 45, un par de guantes de boxeo y conejos de peluche.Una patota en el Indec cuidaba que no se descubriera la tramoya.

Del Gato a la mecha corta

Macri llegaría prometiendo bajar la inflación y reducir la pobreza a la nada, por arte de magia. Es obvio que sus ministros tampoco tuvieron la destreza de Mandrake. Ni el agite electoral del “Mago sin dientes” lo ayudó.

Y acá estamos, esperando que otra vez se corra el telón.

En campaña, Alberto Fernández prometió mayores sueldos y jubilaciones. Y “encender la economía” como quien acciona una llave de luz. Ahora previene que el 10 de diciembre no será una “fecha mágica”.

El piquetero del Papa y de Cristina, Juan Grabois, advirtió que sus bases “tienen mecha corta” y reclamó algún artilugio de efecto rápido. “Siempre tenemos una cuotita de pensamiento mágico porque así es Latinoamérica; tiene que ver con nuestra cultura”, filosofó.

El dirigente de la CGT Roberto Fernández pidió sin vueltas “poner a caminar” la vieja impresora de billetes del mago Miranda. La llamó “la máquina de la esperanza”.

Se ve que ignora que la clave del ilusionismo es que nadie se avive del artificio y explicó el truco: la idea es “meter plata para que la gente tenga; después devaluamos”.

Hasta el próximo pase de magia.

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