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Entrevista a fondo

MARIANO NARODOWSKI

“Hoy tenemos una escuela pública solamente de pobres”

“Debemos procurar que vuelva la clase media”, dijo el experto a Cadena3.com. Llamó a cerrar la brecha regional. “Se invierte cinco veces menos en un chico de Formosa que en uno porteño”, graficó.

Entrevista de Carlos Sagristani a Mariano Narodowski (Foto: Gentileza La Nación)
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Por Carlos Sagristani

El especialista Mariano Narodowski sostuvo, en diálogo con Cadena3.com, que la educación en nuestro país padece un “importante atraso”.

Evaluó que “la primera urgencia educativa” en la Argentina es la inclusión. Consideró que “tenemos problemas muy severos de inclusión en algunas provincias”.

Señaló que la segunda prioridad es lograr mayor calidad en la enseñanza, a la que también ponderó como igualadora y valoró algunas experiencias de cambio que se vienen realizando en las provincias de Buenos Aires, Tierra del Fuego y Córdoba.

–¿Hay atraso educativo en la Argentina? ¿La educación  está en abierta decadencia, como diagnostican los más alarmistas?

–Creo que sí hay un atraso importante, si comparamos en primer lugar con lo que fue la Argentina de hace 70 u 80 años, cuando ocupábamos lugares destacados en el mundo en materia de escuelas. Y también hay un atraso significativo si comparamos con otros países latinoamericanos que están creciendo mucho en todas las variables educativas mientras nosotros estamos estancados.

Yo no hablo de decadencia porque supondría algún momento luminoso que hemos perdido. Creo que eso no es cierto. O sea que decadencia no, pero sí colapso, en el sentido de estancamiento.

–¿Cuáles son los mayores déficits educativos de la Argentina?

–Tenemos muy serios problemas de inclusión educativa en algunas provincias. En el nivel inicial, chicos que no tienen jardín de infantes. En primaria estamos bien. Y en secundaria casi todos los chicos empiezan pero la inmensa mayoría abandona después del segundo o tercer año.

Ese es un problema muy grave desde el punto de vista de la inclusión, porque de cada tres alumnos que abandonan la secundaria, dos son adolescentes varones pobres. Lo cual hace que sus expectativas de vida, de trabajo, de poder generar una unidad de progreso, son muy limitadas si ni siquiera alcanza un título secundario.

–O sea que la primera urgencia a resolver es la inclusión ¿Y qué pasa con la calidad educativa?

–Sí, claramente la primera urgencia es la inclusión. Y la segunda urgencia es la calidad, qué contenidos estamos transmitiendo y cómo lo estamos haciendo. Ahí se nota también una brecha muy importante.

Hay algunas escuelas que funcionan mejor que otras, hay algunas escuelas que enseñan mejor que otras. Y esto en general está vinculado a qué provincia se trata y al nivel socioeconómico de las familias. Lo cual es completamente injusto porque la verdad es que un chico formoseño, por ejemplo, no tiene ninguna responsabilidad en el hecho de que la Argentina invierta en él cinco veces menos que en un chico de la Capital Federal.

Eso es absolutamente injustificable. Todos tendrían que tener la misma inversión, que sea muy buena. Hoy lamentablemente no la tenemos. Y entonces eso repercute en la calidad de los aprendizajes.

–Un problema es la inclusión y otros la permanencia y el egreso. Hay índices de deserción y de repitencia muy altos…

–Sobre todo en la secundaria. De cada 100 chicos que ingresan, egresan unos 60.

El problema es que en la (enseñanza) privada egresan 78. El nivel de egreso en la escuela privada es razonable. Es parecido a los países desarrollados a los que peor les va, por ejemplo España. Ahora, en las escuelas públicas es dramático. Porque de cada 100 que ingresan, egresan 40. O sea hay un 60 por ciento de abandono. Eso es dramático.

–Las pruebas Pisa y Aprender muestran que necesitamos un importante salto de calidad educativa ¿Por dónde empezar a enfrentar el problema?

–Muchos de mis colegas creen que se debe empezar por la formación docente. En eso voy contra la corriente. Yo creo que los docentes argentinos están razonablemente bien formados y capacitados de acuerdo a lo que es el nivel general de las profesiones en nuestro país.

El problema es, sobre todo, con las escuelas públicas. Son organismos muy rígidos, muy burocráticos en los que no hay responsabilidad por los resultados. Hacer las cosas bien o hacerlas mal da exactamente lo mismo. Los docentes que enseñan maravillosamente bien  y que producen grandes resultados ganan lo mismo y tienen el mismo reconocimiento simbólico que aquellos de las escuelas que no trabajan tan bien.

Eso suele ser un incentivo inverso. Si da lo mismo si me esfuerzo o no, me esfuerzo menos. Entonces el incentivo iguala para abajo.

–¿Las evaluaciones periódicas, si van acompañadas de algún tipo de “premio”, llamémosle, pueden proporcionar un incentivo correcto?

–En mi opinión, no. Las evaluaciones sirven para saber dónde estamos en materia educativa y cómo podemos mejorar. Pero en sí mismas no significan nada. Incluso hay países que tienen distorsiones muy grandes con las evaluaciones. Tienen tanto peso que los alumnos terminan estudiando para la prueba. Y eso es negativo.

–¿Y evaluaciones a los docentes?

–En Argentina ya se evalúa a los docentes. Lo que pasa es que son evaluaciones totalmente burocratizadas en donde la mayoría de los docentes son evaluados con “excelente” o “sobresaliente”. Porque el sistema está mal diseñado. Hay que pasar a una evaluación basada en un proyecto y una responsabilidad por los resultados que se obtienen.

–¿Cómo reducir la brecha entre la escuela pública y la privada?

–Fortaleciendo a la escuela pública. Dándole más valor. Lamentablemente las clases medias han decidido en la Argentina, mayoritariamente, no mandar más a sus hijos a las escuelas públicas. Por supuesto que hay excepciones, pero estadísticamente esto se corrobora de manera mayoritaria.

Me parece que hay que tratar de lograr que la clase media vuelva a la escuela pública para tener una escuela integrada, no sólo de pobres. Una escuela pública como era antes en la Argentina. Que todas las clases sociales aprendamos a vivir juntas dentro de una escuela.

Que todos juntos estemos aprendiendo lo mismo y a convivir con nuestras diferencias.

Ese es el sentido que tiene en el siglo XXI la educación pública.

–¿La diferente condición socioeconómica de los alumnos es una traba para que la brecha se acorte en cuanto a la calidad del conocimiento? ¿Eso es lo que usted cree?

–Bueno, eso es lo que corrobora toda la investigación educativa en los últimos 40 años. Entonces no es cuestión de creer o no.

–Un ex ministro de educación, Juan Llach, opina todo lo contrario. Lo ha escrito hace poco en el diario La Nación…

–Sí, sí. Mi punto es que cuando se toman estas pruebas estandarizadas en todo el mundo la causa que mejor explica las diferencias es el nivel socioeconómico de los alumnos. Ahora bien, dicho esto, hay escuelas que frente a eso pueden producir mejores resultados. Hay sistemas educativos que producen mejores resultados y acortan la brecha. Pero los que producen mejores resultados son aquellos que saben que la brecha existe y actúan en consecuencia.

Es que los sectores sociales de menores recursos tienen que tener las mejores escuelas. Hay que redistribuirles la mayor cantidad de recursos y hacerlo eficientemente. Y tener un enorme foco de responsabilidad para aquellos argentinos que claramente necesitan un enfoque más propicio de la educación. Hoy el 50 por ciento de los chicos está por debajo de la línea de pobreza.

–¿Qué hacer para mejorar la inclusión de aquellos chicos que están fuera del sistema?

–Eso se da sobre todo en la escuela secundaria. Lo que yo propongo desde hace muchísimos años es hacer un seguimiento alumno por alumno. No hay otra forma de resolverlo. No podemos apelar a soluciones mágicas.

También se puede complementar con becas, con algún tipo de apoyo de recursos. Pero centralmente esos chicos tienen que entender, uno por uno, que ir a la escuela les va a solucionar algunos de sus problemas futuros. Hoy es muy difícil que lo entiendan porque su escuela funciona como una máquina burocrática que los va a tener en cuenta solamente si los docentes y los directivos se entusiasman con hacerlo. Pero no tienen obligación de hacerlo.

–¿Hay quienes dicen que Finlandia queda demasiado lejos para Argentina? ¿En qué otros espejos educativos más alcanzables podemos mirarnos?

–Bueno, empecemos por casa, ¿no? En las provincias de Buenos Aires y de Tierra del Fuego están las escuelas experimentales con docentes formados en el Instituto Speroni. Para que usted tenga una idea, son escuelas en las cuales los alumnos se sientan en ronda en el suelo, las aulas no tienen paredes, los chicos tienen una formación de excelencia. Y pertenecen a todos los sectores sociales. En el caso, por ejemplo del que está cerca de La Plata todos los alumnos terminan estudiando en la Universidad. Ahí tenemos un caso.

Otro caso es cordobés, el del experimento de las escuelas Proa. Digo experimento porque va muy de a poco. Creo que es un elemento muy valioso para tener en cuenta. Tenemos también el caso del cambio que hubo en la secundaria de Río Negro, que reformó hace poco.

–¿Cuál es el hilo conductor de estas experiencias?

–Más autonomía de las escuelas, más responsabilidad por los resultados, más poder a los docentes. Hay que empoderar a los docentes para que puedan decidir, y en todo caso después serán responsables de lo que allí ocurra, con incentivos muy claros para los que trabajan bien.

Esa es la fórmula. No solo en la Argentina. Ahora se está hablando mucho del caso portugués, que venimos estudiando desde hace algunos años, y es exactamente lo que estoy planteando ahora: básicamente, empoderar a las escuelas.

Es muy difícil que un burócrata, por más ilustrado y formado que sea, tenga la solución para todas as escuelas argentinas. Las escuelas son muy distintas entre sí. Tiene que haber una base común, por supuesto, que es la de la cohesión social. Pero después las escuelas tienen que tener margen de maniobra para poder tomar las mejores decisiones para sus alumnos. Y a veces las mejores decisiones en una escuela no son las mejores en otras.

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