Lujos argentos, nuestro mar de ignorancia
Argentina discute Vaca Muerta, la minería y el agro, pero sigue sin mirar una de sus mayores riquezas: el Mar Argentino.
18/06/2026 | 14:09Redacción Cadena 3
La Argentina tiene una extraña capacidad para ignorar sus propias riquezas. A veces las descubre tarde, a veces las discute mal y muchas veces las deja dormir durante décadas bajo una montaña de prejuicios, regulaciones, consignas y romanticismos económicos.
Nos pasó con la minería. Durante años miramos la Cordillera como un paisaje, no como una fuente de desarrollo. Nos pasa ahora, todavía, con la energía: recién cuando Vaca Muerta empezó a mostrar números imposibles de esconder, el país comenzó a hablar en serio de gas, petróleo, oleoductos, gasoductos, exportaciones y divisas. Y nos pasa, de manera todavía más llamativa, con el mar.
Porque en estos días volvimos a hablar del Mar Argentino, pero otra vez por la energía. Adani Ports, una compañía del grupo del magnate indio Gautam Adani, desembarcó en el negocio logístico del GNL argentino. El contrato está vinculado al proyecto de Southern Energy, la empresa integrada por compañías como Pan American Energy, YPF, Pampa Energía, Golar y Harbour Energy, que busca exportar gas natural licuado desde Río Negro, alimentado por Vaca Muerta.
Es una noticia enorme. Significa inversión, logística, barcos, infraestructura, una salida exportadora para el gas argentino y un nuevo capítulo de esa Argentina que empieza a mirar sus recursos con algo más de ambición. Pero también deja en evidencia una paradoja: cada vez que hablamos del mar, hablamos de petróleo, gas o soberanía. Casi nunca hablamos de peces.
La Argentina vive de espaldas al mar.
No es una frase hecha. Es una definición económica, cultural y política. Salvo por Malvinas, que naturalmente nos interpela desde la soberanía, el Mar Argentino aparece muy poco en la conversación pública. No forma parte de nuestra imaginación productiva. No está en el mismo lugar simbólico que la soja, la carne, la pampa húmeda, la vaca, el trigo o, más recientemente, Vaca Muerta y el litio.
Y sin embargo, está ahí. Inmenso. Rico. Subutilizado.
La Argentina tiene una de las mayores superficies marítimas bajo jurisdicción del mundo y una plataforma continental de enorme valor estratégico. Además, esa extensión coincide con una zona de gran riqueza biológica. No se trata solo de tener mucho mar, porque hay países con más costa o más superficie marítima que no necesariamente tienen semejante potencial ictícola. En nuestro caso, la abundancia existe. Lo que falta es una mirada.
El último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura vuelve a mostrar la dimensión del fenómeno global. La producción mundial pesquera y acuícola alcanzó un récord histórico. El mundo produce cientos de millones de toneladas de alimentos del mar entre captura, acuicultura y algas. La acuicultura, además, ya dejó de ser una actividad marginal: es uno de los grandes caminos de la alimentación del futuro.
¿Y la Argentina? Apenas aparece. Produce alrededor de un millón de toneladas. Para un país con semejante mar, semejante plataforma y semejante necesidad de exportar, es muy poco. Casi nada.
La comparación con Chile debería incomodarnos. Chile exporta en salmón una cifra comparable a todo lo que la Argentina vende al mundo en varios complejos tradicionales asociados a la ganadería y sus derivados. Un solo producto, desarrollado con estrategia, capital, tecnología, logística y continuidad, puede competir con una parte central de nuestra identidad productiva.
Nosotros, mientras tanto, seguimos discutiendo como si el mar fuera apenas una postal, una frontera o un problema de patrullaje.
Por supuesto que la pesca existe. Hay empresas, trabajadores, puertos, exportaciones, conflictos, cupos, controles y una larga historia en Mar del Plata, Puerto Madryn, Rawson, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado y Ushuaia. Pero el punto es otro: no existe una política nacional de escala para convertir al Mar Argentino en una de las grandes plataformas de desarrollo del país.
Y cuando la política económica se metió, muchas veces lo hizo con el libreto equivocado. Durante décadas se repitió la idea de que había que tener flota propia, barcos nacionales, astilleros nacionales, operadores nacionales y capital nacional. Todo muy patriótico en el discurso, pero poco eficaz en los resultados. Algo parecido ocurrió con la minería: como queríamos que todo fuera "nuestro", terminamos sin capital suficiente para sacar lo que estaba bajo la montaña.
Con el mar pasó algo parecido. Nos abrazamos a la épica de la soberanía, pero descuidamos la economía de la soberanía. Porque ejercer soberanía no es solo declamarla. También es investigar, invertir, producir, controlar, exportar, agregar valor, cuidar el recurso y generar empleo.
La Argentina necesita dejar de mirar el mar únicamente cuando aparece un conflicto con flotas extranjeras, cuando se habla de Malvinas o cuando surge una exploración petrolera frente a la costa bonaerense. Todo eso importa, claro. Pero falta la otra pregunta: ¿qué proyecto productivo tenemos para esa inmensidad azul?
Así como se habla de un régimen de incentivo para grandes inversiones, de Vaca Muerta, del litio y de la minería, alguna vez habrá que pensar si el país no necesita también un verdadero programa de desarrollo marítimo. No una consigna. No otro organismo. No una nueva mesa de expertos para archivar documentos. Un plan en serio: pesca sustentable, acuicultura, puertos, frío, logística, biotecnología marina, investigación científica, control satelital, trazabilidad, agregado de valor y apertura de mercados.
La Argentina tiene vaca muerta, vaca viva, vaca andina y, aunque casi no lo diga, también tiene una vaca marina. La diferencia es que esta última sigue sumergida bajo nuestro mar de ignorancia.
Y eso, en un país que necesita exportar, generar empleo, sumar dólares y ampliar su matriz productiva, ya no es solo una omisión. Es un lujo argentino más. Uno de esos lujos que no podemos seguir pagando.






