Tamberos del rock: el legado de Iorio en dos productores que no paran de crecer
Javier y Diego Camisasso transformaron la zona rural de Laspiur con un tambo calesita y galpones que privilegian el bienestar animal. La pasión como combustible para ir siempre hacia adelante.
05/05/2026 | 16:29Redacción Cadena 3
En primera instancia, uno podría imaginarse que el tambo y el rock pesado tienen pocas cosas en común. Eso creía yo hasta que llegué a Saturnino María Laspiur, localidad del departamento San Justo en Córdoba, en donde Javier y Diego Camisasso me demostraron que estaba equivocado.
No sólo que tienen mucho en común, sino que hay un denominador que los define: la pasión. La misma que llevó a estos hermanos a remontar un tambo familiar con un solo objetivo: crecer.
Una señal de identidad
Hay lugares donde el campo suena distinto. No es sólo el viento golpeando los galpones ni el ritmo constante de las pezoneras en ordeñe. A veces, también suena a convicción, a identidad. La que imprimen en el liderazgo de una empresa con más de 120 personas trabajando frenéticamente, en un tambo calesita de 80 bajadas, con tres turnos de ordeñe, un feed lot, 24 tractores que no paran de confeccionar y abastecer de alimento a un rodeo de más de 3.600 vacunos Holando.
Y en ese vértigo productivo que contrasta con la quietud de Laspiur, se explica buena parte del espíritu que sostiene a La Querencia, uno de los tambos más grandes y dinámicos de Córdoba.

Porque si algo define a este establecimiento no es solamente su escala —que impresiona—, sino la pasión con la que fue construido. "Conocí a Ricardo Iorio hace 30 años; era mi ídolo, y pasó a ser un gran amigo", reconoce Javier. “Ricardo vino de visita cuando estábamos armando el tambo calesita, y me dijo: 'vos no vas por el oro, vos vas por el bronce', y eso me marcó", recita casi como un mantra Javier, evocando a su amigo y referente
De 3.000 litros a un océano blanco
La historia empieza en 2004. Un tambo modesto, 12 bajadas, dos tractores viejos y 3.000 litros diarios. Ese fue el punto de partida que heredaron Javier y Diego Camisasso de su padre. Pero nunca pensaron en quedarse ahí.
“Siempre quisimos crecer”, admite Javier. Y no es una frase hecha. Es casi una declaración de principios.
Con una combinación de audacia financiera —aprovechando créditos con tasas reales negativas en su momento— y una fuerte apuesta productiva, La Querencia inició un camino de expansión sostenida que hoy la ubica en otra dimensión: 3.600 vacas en ordeñe y una producción diaria que ronda los 105.000 litros, con la mira puesta en alcanzar los 140.000 en el corto plazo. Además, la compra de un campo lindero permite proyectar un espejo productivo de todo lo logrado hasta aquí para los próximos años.
Pero el crecimiento no fue lineal. Hubo sequías, plagas como la chicharrita, inundaciones. “Acá convivimos con extremos. Son pocos los años estables”, reconoce Diego. Sin embargo, lejos de frenar, cada crisis fue una excusa para ajustar, reinventarse y seguir.
El tambo como una máquina en movimiento
La imagen que propone Javier —“cabeza de tractor, rodando firme, pasando todo por arriba”— no es sólo poesía metalera. Es una forma de entender el trabajo, le cuenta a El Campo Hoy, mientras escalamos con la camioneta una montaña de cuatro metros de altura de un silo de maíz picado de primera calidad .

Ese impulso se tradujo en decisiones estratégicas: el desarrollo de un master plan en 2020, la adopción de un sistema de ordeñe tipo “calesita” para maximizar eficiencia, y la construcción progresiva de galpones de compost que transformaron el bienestar animal.
Hoy, el tambo opera con una lógica industrial sin perder su raíz rural. Más de 3.000 vacas son ordeñadas tres veces al día, lo que permite mejorar hasta un 30% la producción por animal. Los costos, explica Diego, se diluyen en esa misma dinámica: más producción con la misma estructura humana.
“Es una zona marginal para agricultura. El tambo nos da estabilidad. Podemos ajustar la dieta, manejar insumos, pero no dependemos tanto del clima como en los cultivos”, señala.
Innovar desde el suelo
El salto no fue sólo en infraestructura. También ocurrió desde abajo, literalmente.
En alianza con la empresa Apix, los Camisasso comenzaron a analizar 3.000 hectáreas de maíz con herramientas de agricultura de precisión. La incorporación de una sembradora con sistema precision planting permitió ajustar la dosificación de semillas y fertilizantes según cada ambiente. “El cambio fue enorme. Empezamos a leer cada lote de otra manera”, explica Javier.
El cuidado como motor
En La Querencia, la escala no diluye el detalle. Un ejemplo es la guachera, donde más de 1.000 terneros son atendidos por un equipo de nueve personas bajo la coordinación de José Espíndola.

El manejo es preciso: alimentación diferenciada, control nutricional y una organización milimétrica que arranca a las seis de la mañana. La mortandad es mínima, y los resultados se ven en el desarrollo de los animales. Ordenamos los sólidos en la dieta y eso mejoró todo”, resume Javier.
Lo que viene
El crecimiento no se detiene. Cuatro galpones ya están en funcionamiento y hay planes para dos más, sujetos a financiamiento. El objetivo es claro: más confort, más producción y un promedio que apunte a los 40 litros por vaca.
Mientras tanto, La Querencia se prepara para abrir sus tranqueras al sector. Será protagonista en Todo Láctea y punto de partida de un tour lechero que mostrará de cerca este modelo productivo.
Pasión, como en el rock
Al final del recorrido, lo que queda no son sólo números —que impactan— ni estructuras —que impresionan—. Lo que queda es una energía.

El bronce. En La Querencia, el ordeñe tiene ritmo. Y el crecimiento suena fuerte. Y como en toda buena canción, hay algo que se repite, que insiste, que empuja: la pasión.
Federico Aguer





