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LILIANA DE RIZ, SOCIÓLOGA

Estallidos: "Hay desigualdad y desencanto con la democracia"

Dice que no se los puede comprender fuera del “contexto local”. Y que tienen en común que “las redes sociales logran unificar descontentos sin articulación alguna con ningún partido político”.

25/11/2019 | 09:50

La socióloga Liliana de Riz define a los estallidos que sacuden a distintos países del mundo, desde Hong Kong a París o Santiago de Chile, como emergentes de “un cambio de época”.

En la Entrevista a Fondo de Cadena 3, recalca que cada conflicto tiene su singularidad. Pero distingue algunos denominadores comunes en el contenido y en la formas.

Identifica como elementos compartidos de las protestas a la “desigualdad” y el “desencanto con la democracia”. También, a la coordinación espontánea de estos movimientos por medio de las redes sociales. Por esa vía logran unificar el inconformismo o el malestar –sostiene– sin “ninguna articulación con los partidos políticos”.

Subraya que estos fenómenos son expresiones de “crisis de representatividad de la democracia”. Advierte que“el modo en que se organiza hoy el mundo político ha cambiado radicalmente” y que incluso se percibe una desestructuración de los representados. “No es un mundo de obreros y patrones, de capitalismo con sindicatos”, refiere.

“Es un mundo en busca de identidades y muy volátil –reflexiona–. No sabemos qué viene. Sí, en cambio, que la libertad no puede ser negociada a cambio de ningún otro bien –reafirma–, como tampoco puede ser postergada la demanda por la desigualdad”.

Liliana de Riz es doctora en Sociología graduada en la Universidad de París con mención especial y licenciada en Sociología por la UBA con diploma de honor. Es docente, investigadora y ensayista. Se desempeña como profesora consulta en la Facultad de Ciencias Sociales en la UBA, investigadora superior del CONICET y del Instituto Gino Germani, consejera académica de CADAL (Centro para la Apertura y el Desarrollo de América Latina).

Ha desarrollado actividades académicas en universidad extrajeras y es autora de numerosas publicaciones. Ha recibido distinciones de organismos de Naciones Unidas y el Premio Konex en dos oportunidades por sus contribuciones a la ciencia política.

Su especialidad es la sociología política. Es además experta en política latinoamericana, estudió los sistemas electorales, los partidos, las políticas públicas y el desarrollo humano.

–¿Hay algún hilo conductor en estas movilizaciones masivas, espontáneas, con reclamos muy diversos, que se producen en distintos lugares del mundo?

–Hay ciertos elementos compartidos, la desigualdad, el desencanto con la democracia. Pero cada parte del mundo y cada estallido tienen su singularidad. 

Sin dudas hay factores comunes. Porque hay problemas estructurales, económicos, políticos, sociales, en los estados que hoy tienen estallidos. O en el caso del mundo árabe, revoluciones, que ya las tuvieron con la Primavera Árabe fallida.

Pero si uno mira los estudiantes de Hong Kong o los chalecos amarillos franceses, es difícil entender esto fuera de los contextos mundiales y locales en que se desarrollan.

Lo que se llama hoy Primavera Latinoamericana tiene sin dudas elementos comunes de universalización del desencanto, de comunicación vía redes sociales. Todas son crisis de representatividad de la democracia. No cabe duda. 

Chile. “Las redes sociales unieron desencantos sin articulación política”.

–¿Las redes sociales se han convertido de alguna manera en una alternativa al liderazgo político de los partidos y al liderazgo comunicacional de los medios? ¿Cómo opera ese mecanismo?

–No cabe duda de la influencia de la tecnología de la comunicación en este mundo globalizado. Gracias a esta tecnología de la comunicación se estructura esto que hoy se conoce como la sociedad de redes.

Así como la prensa cambió el rumbo de la revuelta obrera, vía la imprenta, hoy la comunicación diaria viraliza mensajes y logra unificar desencantos que no tienen ninguna articulación con ningún partido político.

Es como si fuera un mundo de ligas virtuales, en donde los que están en contra de algo o a favor de algo toman partido sin pertenecer a ningún partido. Y esta volatilidad enorme en la construcción y deconstrucción de ligas hace que no haya ninguna estabilidad en una clientela, electorado o base social de partidos políticos más o menos tradicionales.

–¿Cómo puede la democracia liberal tradicional dar respuesta a protestas de este tipo, inorgánicas, sin una conducción política visible, sin interlocutores válidos por lo general?

–Esta es la pregunta del millón. Porque las democracias surgieron en el marco de estados nacionales. Allí el Estado tenía realmente la política exterior y el territorio bajo control y con el uso legítimo de la fuerza. Hoy los actores extraestatales son más poderosos incluso que actores estatales.

En este nuevo contexto mundial es muy difícil imaginar cómo sobreviven las democracias. Uno podría preguntarse por ejemplo si acaso la democracia boliviana de estos últimos 15 años y la anterior, medio complicada, democracia pactada no pueden evitar la guerra civil o una dictadura atroz. Porque no sabemos lo que va a pasar en Bolivia.

El modo en que se organiza hoy el mundo político ha cambiado radicalmente. Porque incluso los propios representados están desestructurados. No es un mundo de obreros y patrones, de capitalismo con sindicatos. Verdaderamente es un mundo en busca de identidades y muy volátil.

Todo esto es una incógnita de una especie de fin de época. No sabemos lo que viene. Sí, en cambio, que la libertad no puede ser negociada a cambio de ningún otro bien, como tampoco puede ser postergada la demanda por la desigualdad que aquí se vive, incluso en la América latina que integran los países más desiguales.

–¿Esta rebeldía y la incapacidad de responder a sus demandas inorgánicas explican la aparición súbita de liderazgos “antisistema” en países democráticos? ¿Serían los casos de Trump en Estados Unidos, Boris Johnson en Inglaterra, Bolsonaro en Brasil, para mencionar algunos ejemplos?

–Sí, claro. Y si nos vamos a Europa también tenemos casos aberrantes. Todo este surgimiento de personalidades unificadoras del descontento sin que pase por los canales de los partidos es algo nuevo.

Es algo que ha vuelto a poner de moda una palabra, que es una especie de saco en el que cabe todo, de una enorme vaguedad,como es el populismo. Lo popular encarnado en un líder que traspasa los límites institucionales del propio sistema, con más o menos poder de contrapeso. Contrapeso en el caso del sistema político norteamericano o el inglés y menos contrapeso por ejemplo en casos como el boliviano, para no hablar de Venezuela.

Este cuestionamiento de la democracia representativa liberal, esta crisis del racionalismo, del iluminismo, esta política que se llama política de emociones, encarnan en personajes que no vacilan en considerarse con una misión por encima de cualquier regla.

–¿Qué riesgos encierra que la noción de estabilidad aparezca hoy más asociada a regímenes no democráticos, o francamente autoritarios, como Rusia o China, frente a esta efervescencia en las democracias occidentales?

–Yo diría que muchos riesgos. Porque, sintomáticamente por ejemplo en América latina, el Latinobarómetro registra el acuerdo más bajo con el régimen democrático, sólo del 48 por ciento, a pesar de la historia de golpes militares. Y a la vez es la región que menos crece entre los países emergentes.

En todo este contexto, el riesgo es muy alto. Y lo estamos viendo en la correlación de fuerzas en el mundo en que vivimos. China es un capitalismo cada vez más exitoso con un régimen terriblemente autoritario.

Este es un desafío mayor para todos los que pensamos que la libertad es un valor que de ninguna manera puede declinarse frente a la fantasía de promesas de un mundo feliz, que finalmente termina siendo siempre feliz para unos pocos. Como fueron los ejecutivos rojos o como son los ejecutivos chinos.

El cuento de que esas sociedades autoritarias son sociedades igualitarias es un cuento que ya nadie más o menos lúcido cree. Se reparte muy poquito entre muchos, y siempre quedan los que trafican vía corrupción, con fondos oscuros.  

Nadie allí ha traído sociedades igualitarias.Nuestros populismos han dejado una tanda de pobres.

Paris en llamas. “La violencia está circunscripta a grupos muy pequeños”.

–En casi todas estas manifestaciones de masas hay grupos antisistema extremadamente violentos ¿Qué dimensión real tienen y qué relevancia como actores políticos?

–Yo no tengo información precisa sobre quiénes y cuántos integran estos grupos. Que los hay, los hay.

Pero tengo la impresión de que éstas no son rebeliones a la antigua, con la esperanza en una guerrilla iluminadora que nos conduzca. Estos son fenómenos inorgánicos que movilizan por lo tanto a mucha gente diferente. Y que tienen poco que ver con esta violencia más circunscripta a los propios grupos que los manifestantes dicen “estos no son nuestros”.

No veo que esto tenga que ver con revoluciones a la francesa, con barricadas y grupos armados. Son más bien estallidos de resistencia civil, si se quiere, que tienen algo de pacífico, aunque siempre corren el riesgo de incendiarse más.

Este desencanto universalizado vía redes sale a la calle, protesta, demanda y espera. Sin duda puede ser canalizado, pero por aquellos que representen una opción política, por más temible que sea.

La clase media europea está enojada, sean los chalecos amarillos o no, ahí hubo realmente una caída del estándar de vida, en el comparativo, con una concentración enorme de riqueza.

Desde el libro de Thomas Piketty(economista francés especializado en desigualdad social que en 2014 editó “El capital del siglo XXI”, en otros títulos), Europa es consciente de esta flagrante dificultad.Y cuando las clases medias están mal, se fascistizan. Antes solo ocurría en Europa pero no en Estados Unidos porque allí son más liberales. Ahora también en Estados Unidos hay un enorme enojo.

El mundo de hoy tiene características similares a las del mundo de entreguerras mundiales, los 20 y los 30. Es como si a todos se les hubiese saltado la cadena. Trump puede decir lo que quiere. Johnson, ni hablar. Y efectivamente nos encontramos con sorpresas que antes estaban contenidas en otras formas, sea la diplomacia, sea la canalización vía los partidos políticos.

–¿El Estado de derecho está inerme para responder con la ley en la mano la violencia de grupos antisistema que participan de estas movilizaciones? ¿No se puede encontrar un punto intermedio entre la falta de autoridad y los excesos represivos que violentan los derechos humanos y las nociones básicas de legalidad?

–Justamente depende de cuán intensa sea la crisis y cuán habilidosos sean los dirigentes que las tienen que enfrentar.

Ahora tenemos un test en Colombia, después de la huelga general. Es una sociedad militarizada, con un trasfondo de violencia muy brutal que puede ser el que calme posibles estallidos. Ese es un nuevo test.

¿Porque los militares reprimen?, no. ¿Violan los derechos humanos y reprimen?, sí. ¿Qué hacían los militares bolivianos en la situación creada con el fraude de las elecciones de Evo Morales?

Es una coyuntura muy difícil. No son golpes como en el pasado o de los nuestros, que tuvimos siete a lo largo del siglo XX, sino que son militares mucho más politizados.

Los militares bolivarianos son una especie de gendarmes del régimen Chávez-Maduro y forman parte de la boliburguesía. ¿Qué es esto? Un fenómeno novedoso respecto de los que yo mencioné antes.

¿Cuán poderoso será el estallido? En Colombia veremos cuánto crecerán las FARC en violar el pacto de paz y seguir con la guerrilla.

¿Cómo se encuentra ese punto medio? Yo no tengo respuesta para eso. Pero no caben dudas que la habilidad de las dirigencias es el punto clave que estamos lejos de encontrar los personajes capaces de manejar con inteligencia situaciones tan críticas.

Por supuesto que si uno lo toma desde el punto de vista del gobierno, es difícil gobernar con estrechez de recursos en medio de una situación mundial tan difícil como esta.

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