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25 de Mayo: la exclusión del otro como política de Estado

La ausencia de Victoria Villarruel en el Tedeum expone una costumbre argentina: convertir las fechas patrias en ceremonias de facción.

25/05/2026 | 10:57Redacción Cadena 3

Perspectiva Nacional

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Otros tiempos. Milei y Villarruel en el tedeum del 25 de Mayo. (Foto: archivo/NA)

FOTO: Otros tiempos. Milei y Villarruel en el tedeum del 25 de Mayo. (Foto: archivo/NA)

  1. Audio. 25 de Mayo: la exclusión del otro como política de Estado | Por Sergio Suppo

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Terminó el Tedeum en la Catedral Metropolitana y la escena política volvió a ofrecer una postal pequeña para una fecha grande. Durante el fin de semana fue noticia la no invitación a la vicepresidenta de la Nación, Victoria Villarruel, a la principal ceremonia oficial por el 25 de Mayo.

La ausencia resulta innecesaria. Y, sobre todo, institucionalmente mezquina. No se trata de negar la pelea política entre Villarruel y el presidente Javier Milei, ni el enfrentamiento cada vez más evidente dentro del propio Gobierno. Se trata de algo más elemental: la vicepresidenta es la segunda autoridad de la Nación. Excluirla de una celebración patria no debilita a una dirigente; degrada el sentido de la ceremonia.

La invitación formal depende de la Secretaría General de la Presidencia, a cargo de Karina Milei, y la señal política es inocultable. Es una señal de desprecio. No hacia una persona únicamente, sino hacia el cargo que esa persona ocupa por mandato constitucional.

Pero el problema no empieza ni termina en este Gobierno. La Argentina parece haber convertido en política de Estado la celebración mezquina de sus fechas patrias. Lo hicieron otros antes y lo hacen ahora los libertarios, aunque con otro estilo y a otra escala.

El 25 de Mayo y el 9 de Julio son los dos cumpleaños de la Argentina. No hace falta romantizar las fechas ni creer que una ceremonia oficial resuelve las divisiones profundas del país. Pero esos días deberían recordar, al menos por unas horas, que existe algo anterior y superior a las peleas de coyuntura: la idea de una patria común.

Por eso la gente se saluda con un “feliz Día de la Patria”. Porque la patria contiene a todos: a los amigos y a los adversarios, a los que nos caen bien y a los que no, a quienes votan igual que nosotros y a quienes piensan exactamente lo contrario. Nadie es más argentino que otro por estar más cerca del poder de turno.

En muchos pueblos, el 25 de Mayo y el 9 de Julio se celebran sin necesidad de protocolo: con un locro, un chocolate caliente, una reunión familiar, una fiesta popular o un acto escolar. Allí suele sobrevivir, con más naturalidad que en la política, la conciencia de pertenecer a algo compartido.

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Justamente por eso, si el Tedeum es la ceremonia central de la celebración en la ciudad de Buenos Aires, lo razonable habría sido que el Presidente, en su condición de jefe de Estado, invitara a toda la representación institucional del país. No sólo a sus funcionarios y a sus amigos políticos. También a la vicepresidenta, a los jefes de bloque del Congreso, a la Corte Suprema, a los gobernadores, a los representantes de sectores económicos, sociales, culturales y deportivos.

La Catedral no debería ser una foto de facción. Debería ser, en una fecha patria, una imagen posible de la Nación.

Durante los años del kirchnerismo, especialmente bajo Cristina Kirchner, el 25 de Mayo también fue apropiado políticamente. La fecha dejó de ser sólo la evocación de la Revolución de Mayo y pasó a confundirse con la llegada de Néstor Kirchner al poder, el 25 de mayo de 2003. Como antes había ocurrido con Héctor Cámpora, que asumió otro 25 de mayo, la fecha fue usada para construir liturgia partidaria.

Aquellos actos masivos en la Plaza de Mayo, financiados con recursos públicos, terminaron muchas veces convertidos en una autocelebración del oficialismo. La patria quedaba reducida a los propios. Los demás, los que no pensaban igual, quedaban afuera.

Los libertarios hacen ahora algo parecido, aunque en escala más chica. No convocan a grandes actos populares, pero sí reducen la ceremonia oficial a un círculo propio. Cambia la estética, cambia el volumen, cambia la música política. La lógica de fondo es la misma: celebrar con los nuestros y excluir al resto.

Hubiese sido saludable ver en la Catedral a toda la representación política: a Villarruel, al peronismo, al radicalismo, al PRO, a la izquierda, a los gobernadores, a la Justicia, a las instituciones. Al menos deberían haber sido invitados. Después cada uno decidiría si asistía o no.

Porque el 25 de Mayo no pertenece al Gobierno. Tampoco a la oposición. No pertenece a un partido, a una familia política ni a una tribu ideológica. Pertenece a la Nación.

Entre tantos derechos que cada gobierno se atribuye cuando llega al poder, la dirigencia argentina parece haberse arrogado también el derecho al desprecio. El desprecio al adversario, el desprecio a las formas, el desprecio a la institucionalidad, el desprecio a la idea de que hay momentos en los que el país debería estar por encima de la pelea chica.

De eso habló el arzobispo de Buenos Aires en el Tedeum: del riesgo de vivir encerrados en el rechazo al otro. Tal vez ésa sea la escena más elocuente de este 25 de Mayo. Una Catedral que no estuvo llena, una ceremonia de pocos, una vicepresidenta ausente y una fecha que, en vez de unir, volvió a mostrar la incapacidad argentina de celebrar algo común.

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