El otro Mundial: jugar bajo la presión de las redes sociales
La exposición digital abrió un debate sobre la salud mental de los futbolistas, entre la crítica legítima, la agresión y la necesidad de protegerse.
06/07/2026 | 09:54Redacción Cadena 3
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Audio. El otro Mundial: jugar bajo la presión de las redes | Por Adrián Simioni
Siempre Juntos
En un Mundial, no todo se juega dentro de la cancha. También hay otro partido, silencioso y muchas veces más cruel, que se disputa en los teléfonos. El llanto de Neymar tras la eliminación de Brasil volvió a mostrar hasta qué punto una derrota puede quebrar emocionalmente incluso a futbolistas de enorme trayectoria, acostumbrados a la alta competencia y a convivir con la presión.
El contraste es fuerte: mientras algunos se despiden con frustración, otros siguen en carrera bajo una exigencia constante. Los jugadores argentinos, por ejemplo, cargan con la expectativa de un país entero. Sus rivales, como Egipto, también enfrentan una tensión enorme: la de medirse ante una selección candidata y quedar expuestos al juicio inmediato de millones.
En ese escenario, las redes sociales funcionan como amplificadoras. Cada error, cada gol errado, cada decisión y cada gesto pueden convertirse en tendencia en cuestión de segundos. ¿Deben los futbolistas mirar lo que se dice de ellos?
Marcelo Gallardo planteó una posición clara: para él, lo mejor es no exponerse. El exentrenador de River aseguró que no usa redes sociales y que prefiere no perder tiempo en aplicaciones que, según su mirada, pueden volver esclavo al usuario del teléfono. Pero su preocupación va más allá del uso del tiempo: apunta directamente a la salud mental de los futbolistas.
Gallardo advirtió que los jugadores no siempre están preparados para recibir elogios y críticas. Según su mirada, buscar validación externa puede ser agresivo, quitar energía y afectar emocionalmente. La idea central es potente: un deportista puede estar preparado física y técnicamente para competir, pero no necesariamente para soportar una ola de cuestionamientos, burlas o ataques personales.
El problema es que la prohibición no parece una salida realista. Ningún cuerpo técnico puede aislar completamente a un jugador de su entorno digital. Y, aun si el futbolista decide no mirar, también puede sufrir por lo que imagina que se está diciendo. Después de un error grave, muchas veces el propio jugador ya conoce la magnitud de lo ocurrido antes de que alguien se lo recuerde.
Ahí aparece una tensión difícil de resolver. Por un lado, quien se expone en redes acepta que otros opinen. Una crítica respetuosa —"no me gustó cómo jugaste", "te equivocaste en esa jugada"— forma parte del intercambio público. Pero otra cosa muy distinta es la agresión por la agresión misma: el insulto, el odio, el hostigamiento y, peor aún, los ataques dirigidos a familiares, parejas o hijos de los jugadores.
Ese límite debería ser innegociable. La exposición pública no habilita la violencia. Que un futbolista tenga millones de seguidores no significa que deba naturalizar comentarios crueles ni amenazas. Tampoco que su familia tenga que convertirse en blanco de la frustración ajena.
El debate que abrió Gallardo excede al fútbol. Las redes suelen mostrar una versión editada de la vida: logros, alegrías, momentos felices. Cuando aparece el error, la derrota o la crítica descarnada, muchas personas descubren que no estaban preparadas para esa otra parte de la exposición. En los jugadores de élite, esa tensión se multiplica por millones.
Tal vez no haya una solución definitiva. Algunos preferirán no mirar nada. Otros elegirán afrontar los comentarios, filtrar lo útil y desestimar lo dañino. Pero el punto de fondo sigue siendo el mismo: en tiempos de Mundial, también hay que hablar de la salud emocional de quienes compiten.
Porque detrás de la camiseta, del error, del penal errado o de la eliminación, hay una persona. Y ninguna red social debería hacernos olvidar eso.






