La ley encarnada: cuando los límites se asumen por convicción
El desafío de transformar las normas impuestas en valores asumidos: un análisis sobre la importancia de explicar los límites para fortalecer la libertad y reconstruir la confianza social.
30/04/2026 | 20:30Redacción Cadena 3
La armonía social depende de límites racionales y emocionales que ordenen nuestras interrelaciones. Para superar el actual desencanto institucional, es vital que la educación y la política logren la vigencia de la "ley encarnada". Solo mediante la empatía y el ejemplo se logra que las normas sean asumidas por convicción y no por imposición, fusionando el bienestar individual con la responsabilidad colectiva.
Las comunidades humanas se ordenan acordando límites en la interrelación de los individuos. Tales límites se expresan racionalmente en lo que llamamos derechos, y su contracara: las obligaciones. Ambas caras se materializan en normas explícitas de distinto rango. Cada individuo tiene derechos que los demás están obligados a respetar, y cada individuo tiene la obligación de respetar los derechos de los demás.
En una dimensión emocional, dominada por los afectos, surgen otros límites derivados de obligaciones autoimpuestas. Son los límites que impone el velar por el bienestar de los otros para encontrar en tal acción el propio bienestar.
Asumimos que el plano racional de derechos y obligaciones aplica a todas las relaciones interpersonales, cualquiera sea la calidad de los vínculos y cercanías. Para el plano emocional tendemos a requerir vínculos y cercanías especiales, tales como los que generan la común historia, la común cultura, la común creencia, el común espacio, los comunes ancestros y toda la gama de las relaciones marcadas por los afectos personales.
Los límites del plano racional se nos imponen y tendemos a ser reacios a los mismos. Los del plano emocional afectivo habitualmente son libremente asumidos por cada uno.
No podemos vivir sin libertad. Nuestra naturaleza individual nos empuja a ser soberanos de nuestras vidas. No podemos vivir sin límites. Nuestra naturaleza gregaria, dependiente e individualmente no autosuficiente, nos obliga a observar límites para la convivencia en sociedad.
Todo límite en las conductas personales implica asumir negaciones. No debo, no puedo, no corresponde, no conviene.
Es importante tener en claro estos conceptos en el ámbito de la educación en todos sus niveles, desde la familia hasta las instituciones educativas. Igual de importante lo es en el ámbito de la relación entre la dirigencia política y la ciudadanía.
Los padres inician la educación del niño poniendo límites. ¡La advertencia del “NO!”, quizá sea una de las primeras sentencias que generan reflejos de conducta en los pequeños que inician su relación con las cosas de su entorno.
Los padres, los primeros dominantes del plano afectivo y responsables de inculcar los primeros límites, apelan naturalmente a la persuasión básica: “¡No te acerques a ese lugar, puedes caerte!”, “¡esto te hace mal o le harás daño a tu hermano, no lo hagas!”. Y de esta simple manera se inicia el entrenamiento del discernimiento y de la voluntad del niño.
Aprende a distinguir lo bueno de lo malo, para sí y para los demás, y aprende a actuar en consecuencia. De tal manera aprende a vivir en armonía en el interior de su familia.
La buena educación implica que los límites sean lo suficiente y adecuadamente explicados para que el niño entienda el “porqué” de cada NO. En la medida que lo entienda, lo incorpore a su conciencia sin dudas y entrene su voluntad, no tendrá necesidad de que le adviertan la presencia de los límites, los percibirá por sí mismo. Los asumirá.
Las normas que establecen los límites en el plano racional derivan habitualmente de la tradición o de los poderes del estado. Obviamente se incorporan en las currículas de todos los niveles y de los más variados aprendizajes. No siempre se ensamblan con las pautas que emanan del plano emocional afectivo. Asistimos incluso, muchas veces, a casos en que los límites impuestos por los poderes del estado contradicen a los emanados del plano emocional. Se desata así un proceso que algunos denominan como “la ley no encarnada”, esto es: normas que existen pero que los individuos no asumen como propias, sino que las toleran por su imposición, y las burlan toda vez que pueden.
Analistas sociopolíticos opinan que el mundo hoy vive un proceso de "desencanto" con las instituciones democráticas, fenómeno que es atribuido a numerosas causas, entre las que se destacan la falta de respuesta a las necesidades colectivas, la corrupción en las dirigencias y la falta de empatía entre estas y los ciudadanos.
El analista catalán Oriol Bartomeus sostiene que en Occidente asistimos a una mutación en la relación de los individuos y las instituciones de la política. De una relación de "confianza a cambio de bienestar" hemos pasado a una relación de "vasallaje a cambio de seguridad", quizás a causa del aludido "desencanto". Una relación que intercambia el vasallaje por la seguridad no requiere de empatía alguna.
Si bien nos encaminamos a un nuevo orden social universal todavía no configurado, no podemos renunciar a la pretensión de aportar a la construcción de un mundo mejor, aunque resulten muy complejos los desafíos que debamos enfrentar.
Un mundo mejor será el que les permita a todos y cada uno de los individuos, cualquiera sea la comunidad en la que se encuentren integrados, a ser seres libres, autosostenibles y satisfechos en toda la vastedad de sus necesidades. La convivencia armoniosa es el principal presupuesto de esta utopía. Tal convivencia supone la vigencia de límites fijados con sabiduría, transmitidos con afecto testimonial y asumidos en consciente libertad.
La reforma en los métodos de educación debe perseguir que los límites resulten asumidos y no impuestos, para que ello redunde en "ley encarnada" y no anide, en todos, la tendencia a traspasarlos.
Padres, maestros y dirigentes políticos y sociales deben demostrar con buenas explicaciones, buenos modales y mejores ejemplos de vida, que los límites que se imponen persiguen el bienestar de todos y cada uno.
Debemos ser capaces de fusionar el plano racional con el plano emocional afectivo de los límites que permitan nuestra convivencia. Es una tarea que podemos iniciar todos y cada uno desde nuestro lugar, en relación con hijos, alumnos, dependientes y vinculados de todo tipo: consiste en explicar "el por qué" y los beneficios de establecer los límites, de tal manera que estos resulten asumidos y no impuestos. Asumir la obligación en vez de aceptar la imposición, no altera nuestra libertad.
Por ese camino aprenderemos a reconocer los límites, sin necesidad de que nadie nos grite "¡¡NO!!". Todos y cada uno sabrá cuando decir NO, a otros y a sí mismo. El respeto al otro que ello implica nos permitirá dialogar, escuchar. Será un mundo mejor en el que podremos reconstruir instituciones que nos interpreten, y vencer el desencanto.
La tarea nos demanda en los dos planos. En el plano emocional y afectivo, padres, maestros y comunicadores, debemos hacernos cargo. En el plano racional, la responsabilidad cae principalmente en la dirigencia política. Todos podrán cumplir sus objetivos si apelan para ello al afecto, la empatía y los buenos ejemplos, aventando la relación de intercambio de vasallaje por seguridad e intentando fortificar una relación de intercambio de confianza por bienestar.





