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La dinámica necesaria entre oficialismo y oposición

La salud institucional demanda que la política no sea una permanente confrontación paralizante de obstrucción mutua, sino un dinámico ejercicio de responsabilidad pedagógica realizado por oficialismo y oposición.

06/03/2026 | 09:43Redacción Cadena 3

Perspectiva Córdoba

Editorial. La dinámica necesaria entre oficialismo y oposición

FOTO: Editorial. La dinámica necesaria entre oficialismo y oposición

La cultura no es un accesorio ornamental de las naciones, sino la infraestructura invisible y el cimiento sobre el cual se erige la estabilidad económica y la paz social.

La política no surge de un vacío teórico: es un fenómeno orgánico, arraigado en la cultura, la geografía y la historia de un pueblo.

Los valores asumidos colectivamente conforman la cultura y determinan si la interacción política será una colaboración competitiva orientada al bienestar o un proceso de saqueo mutuo y destructivo.

Es la cultura la que define si la gestión del poder se basa en facilitar la generación de valor y bienestar o en la pulsión por la usurpación. En este marco, la salud de una república se juega en la interdependencia crítica del triángulo "Educación-Alimentación-Ley".

La cultura se transmite por la educación y solo puede echar raíces en hombres plenos, satisfechos; cuando crece la insatisfacción de necesidades básicas, el tejido social se degrada.

Sin alimentación suficiente, la posibilidad de educar se desvanece; sin educación, la cultura se disipa; y sin evolución cultural, la ley se vuelve una cáscara vacía.

Existe un riesgo estratégico devastador cuando la política se reduce a un oficialismo en la acción y la oposición en la obstrucción y formulación de fáciles promesas. Ambos solo coinciden en priorizar por separado y en competencia la satisfacción dadivosa e insuficiente de necesidades básicas.

Todo se reduce a un "asistencialismo de subsistencia" que desprecia y evita la educación en valores de los ciudadanos y los reduce a dependientes de un sistema que requiere del empobrecimiento como factor de sometimiento.

Este enfoque no solo perpetúa la dependencia, sino que engendra un "monstruo de voracidad infinita" que, en su ciego crecimiento, termina devorando al propio proveedor y a las instituciones que lo sostienen.

La transición de una "cultura de la usurpación" a una "cultura del trabajo y la ley", a través de la educación, es el requisito para que cualquier convención o pacto social resulte en basamento sólido del progreso y el bienestar.

La ley es la convención suprema de la civilización: el instrumento que transforma la incertidumbre de la fuerza bruta en un escenario de justicia y previsibilidad.

En la república, el Estado debe funcionar como un árbitro insobornable que asegure que los conflictos se resuelvan mediante acuerdos enmarcados en la ley y no mediante la sedición.

El respeto a las leyes y las normas requiere de la convicción de que fueron dictadas en libertad y con el acuerdo de la ciudadanía expresado por el voto libre y consciente.

No hay aceptación posible si antes no se adquiere la comprensión de que ese sistema que organiza el comportamiento de los países es el reflejo de la voluntad del conjunto de sus habitantes.

Sin un marco jurídico confiable, la labor del empresario —entendido como el generador de riqueza que transforma energía y materia en bienestar— se vuelve estéril.

Sin ley, el emprendedor es innecesario; su lugar es ocupado por el saqueador.

La arbitrariedad de un Estado que, mediante la inestabilidad jurídica y la inflación, altera las reglas de juego a mitad del partido, destruye la confianza y motoriza la fuga de recursos y el resentimiento social.

La legitimidad política no reside en el marketing de imagen ni en el encanto atroz de los escenarios virtuales, sino en la fidelidad de roles. Un representante es legítimo únicamente cuando existe coherencia entre la palabra empeñada y el testimonio de su vida pública, manifestado en la mayor de las transparencias.

La tolerancia a los desvíos morales, al enriquecimiento ilícito y a toda forma de trampa en el ejercicio de la función pública son síntomas inequívocos de una sociedad condenada a la decadencia y a la extensión de la degradación de sus representantes en todos sus ámbitos.

La salud institucional demanda que la política no sea una permanente confrontación paralizante de obstrucción mutua, sino un dinámico ejercicio de responsabilidad pedagógica realizado por oficialismo y oposición, motorizados ambos por la búsqueda del bien común, la vocación de servicio de sus dirigencias y la aceptación de reglas políticas, económicas y sociales que sean perdurables (¡estabilidad y previsibilidad!) y formen parte del patrimonio cultural de la sociedad.

En ese plano, la corrupción debe tener tolerancia cero por parte de todos los miembros de la comunidad, con una justicia independiente y eficiente que exprese con diligencia y oportunidad que los delitos serán claramente castigados.

Los países que han evolucionado mantienen reglas claras y permanentes y nunca violan las buenas prácticas que la escasez impone a la administración y a la política económica.

Los liderazgos populistas soslayan y violentan el sentido común frente a la escasez, acentúan y celebran las divisiones y los enfrentamientos innecesarios y reducen la condición de los ciudadanos a meros fanáticos o enemigos, según el apoyo o el rechazo que provoquen.

El futuro de los pueblos exige que la política deje de ser un espacio de confrontaciones en búsqueda de alcanzar el poder como un refugio para la supervivencia y enriquecimiento personal de las dirigencias, y se transforme en un escenario de acuerdos construidos con diálogo entre dirigentes movilizados por vocación de servicio e inspirados en la búsqueda del progreso y bienestar colectivos.

Nuestra cultura debe madurar para que ello sea posible y es una tarea que nos convoca a todos.

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