Guerra comercial

El tuit de Trump y la ilusión de recrear el 2001

Casi 20 años después, la tentación de exportar con devaluación, retenciones, proteccionismo forzado y sin insumos importados no parece muy segura.

03/12/2019 | 14:23

El tuit de Donald Trump anunciando que su país castigará al acero y al aluminio que Argentina y Brasil exportan a ese país con un sobrearancel debería ser un balde de agua fría más los sectores de la política y la economía argentina que sueña con reeditar el rebote del 2001.

El primer llamado de atención es global. El mundo no es el que era entonces. Y no sólo porque entonces no existía Twitter ni su usuario más famoso, Trump, era presidente de Estados Unidos. El mundo es muy distinto por razones mucho más importantes.

Por ejemplo, en el mismo mes de diciembre de 2001 en que Argentina estalló, China acababa de ingresar a la Organización Mundial de Comercio.

Todavía no desafiaba de lleno la primacía tecnológica y comercial de Estados Unidos y Europa. Occidente confiaba en que su ingreso la enriquecería aún más (lo que se cumplió) y que China sería a estas alturas más democrática, que comenzaría a respetar la propiedad intelectual y, sobre todo, que dejaría de basar su competitividad en la devaluación de su moneda.

Dieciocho años después, la existencia misma de Trump se explica en gran medida por todas esas frustraciones. El eje de la política trumpista es que Estados Unidos no puede seguir siendo el único tonto que pierde empleos industriales a mano de países y bloques económicos que abaratan salarios a fuerza de devaluaciones y tasas de interés negativas.

En 2001 a nadie le importó

Eso vale sobre todo para asiáticos y europeos. Pero también para sudamericanos, como ya se vio con México y ahora con Brasil y Argentina. En 2001 a nadie le importó megadevaluación argentina, que era una rareza en un mundo que dejaba de hacerlo.

O sea: la guerra comercial en la que está inmerso el mundo pone límites al clásico plan de la industria menos competitiva de la Argentina consistente en devaluar para impedir importaciones y facilitar exportaciones.

“Necesitamos generar dólares”, ha dicho varias veces Alberto Fernández. A quién no le gustaría: aquella megadevaluación y el default permitieron en 2001 generar los superávits gemelos (comercial y fiscal) que heredó Néstor Kirchner y destruyó Cristina Fernández.

Pero hoy, como se ve, la devaluación podría no ser una herramienta permitida.

El jueguito de las retenciones

Trump agregó otra frase preocupante ayer. Dijo que las devaluaciones de Brasil y Argentina perjudicaban a a los industriales de su país “pero aún más a los agricultores”.

Ojo con eso. Estados Unidos no es mercado, obviamente, para la soja y el maíz argentinos. Pero sí lo es para otros productos del agro.

Vale el ejemplo del biodiésel, cuya producción y exportación era irrelevante en 2001. En los últimos ocho años Argentina llegó a exportar unos 1.300 millones de dólares al año. Europa y Estados Unidos se alternaron en la aplicación de medidas proteccionistas: cuando no compraba uno, compraba el otro. Ahora es Europa la que está comprando.

Vale atender a los argumentos que habían aplicado hasta ahora Europa y Estados Unidos para trabar el biodiésel. Acusaban a la Argentina de dumping y de subsidiar el biocombustible porque, al poner retenciones a la soja y los aceites vegetales, abarataba deslealmente el principal insumo del biodiésel.

Ese tipo de cuestionamientos tampoco existía en el 2001. Y, si los demás países los comienzan a usar, la cosa se va a poner difícil.

La idea misma de aplicar retenciones a la producción primaria para abaratar los insumos de productos industriales más elaborados (lo que ya es un problema porque en algún momento los productores primarios se hartan de trabajar para otros) podría no ser admitida.

El caso del biodiésel es claro. Pero imaginen eso aplicado a la ganadería. La restitución de retenciones al maíz también abaratará la alimentación de vacunos, pollos y cerdos. Pero, ¿lo admitirán los demás países?

Guerra pura y dura

Pero además el mundo está en una fase en la que la retaliación comercial está plenamente admitida. Del entusiasmo globalizador de 2001 no queda nada. Y eso pone en duda el otro as en la manga de los “dosmilunistas” que propagandizan un nuevo “vivir con lo nuestro”.

Una cosa era en 2001 prohibir las camisetas chinas o los calzados brasileños, como les prometió la semana pasada Alberto Fernández a los proteccionistas argentinos que predominan en la Unión Industrial. Pero otra cosa será hacerlo en el mundo de hoy. ¿Qué pasaría con los vinos argentinos que hoy se venden en muchos países del mundo y que en 2001 no existían? ¿O con los limones tucumanos, por dar otro ejemplo?

¿O con la carne que inunda el mercado chino? ¿Están seguros de que no habrá represalias?

Integración

Hay al menos una cuarta dificultad para la tentación de salir de la crisis cerrando la economía (combinando maxidevaluación, cepos y prohibiciones lisas y llana de importación). Y es que hoy es más difícil que hace 20 años intentar producir cualquier cosa en forma individual. Y no hablamos de los ejemplos más obvios, como tratar de producir un auto sin los autopartistas brasileños y de varios otros países del mundo.

Hasta la soja y el maíz, los granos de los que todos creemos que podemos vivir, son producciones integradas internacionalmente. Sin el glifosato técnico y los precursores, que mayormente se producen en China, no hay ni soja ni maíz.

Devaluar para ganar competitividad, subir retenciones para subsidiar la industria, prohibir importaciones y creer que se puede producir cualquier cosa sin la cooperación de otras economías son estrategias que parecen haber tenido mejores chances de funcionar en el 2001 que hoy. El tuit de Trump es una advertencia.

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