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Trump, Groenlandia y el arte de agrandar el mapa

La intención manifiesta del presidente de Estados Unidos reactiva una lógica vieja que nunca terminó de irse.

19/01/2026 | 11:29Redacción Cadena 3

Perspectiva Córdoba

Republicanos y demócratas intentan frenar la agresión de Trump hacia Groenlandia. ¿Será suficiente?

FOTO: Republicanos y demócratas intentan frenar la agresión de Trump hacia Groenlandia. ¿Será suficiente?

Hay una idea que vuelve cada tanto, como esos olores de la infancia: la idea de que los países —las potencias, mejor dicho— pueden sumar territorio. Agarrar un pedazo de mundo y decir: esto ahora es mío. En 2026 suena a cosa de museo: a atlas amarillentos, a uniformes con hombreras, a discursos con bigotes estalinianos. Y sin embargo, ahí está: Trump mirando a Groenlandia como quien mira un terreno baldío y piensa "qué lindo lote".

Lo interesante no es si lo va a lograr —eso es otra discusión— sino que se atreva a decirlo en voz alta, en tiempos donde se supone que la soberanía es sagrada, las fronteras son intocables y el derecho internacional funciona como un policía serio que evita que los grandotes se queden con los juguetes. El problema, claro, es que ese policía muchas veces no llega. O llega tarde. O llega con una multa que el grandote paga sin despeinarse.

Porque el mundo moderno —ese mundo que se autopercibe como civilizado— tiene una hipocresía muy práctica: condena la conquista… salvo cuando la conquista ya pasó y quedó incorporada al relato nacional como "gesta", "campaña", "destino", "civilización", "progreso". Lo que ayer fue una conquista hoy puede ser un feriado. Y lo que fue escándalo, con el tiempo suele volverse identidad.

Entonces aparece Groenlandia. Ese pedazo de hielo del tamaño de un país grande, con menos gente que Alta Gracia y muchas promesas: rutas futuras, minerales críticos, bases militares, prestigio ártico. ¿De verdad sorprende que una potencia la quiera? Más bien sorprende que todavía nos sorprenda.

La sorpresa no es la ambición: es el anacronismo

La ambición territorial es vieja. Lo "nuevo" es que alguien la ponga en circulación como si estuviera proponiendo una licitación de obra pública: ¿y si la compramos? Estados Unidos, además, tiene una tradición doméstica que lo habilita mentalmente: su mapa no creció solo por la épica de los pioneros; creció por transacciones. 

Ahí está Alaska, por ejemplo: una compra vista en su momento como delirio —un freezer carísimo— que después se volvió visionaria porque el freezer tenía oro, petróleo, posición, futuro. Hoy nadie en Estados Unidos discute Alaska. Es identidad, recurso, paisaje, proyección. La crítica quedó en el archivo; el territorio, en el orgullo. 

Si la historia fuera un álbum, a Trump le gustaría entrar en la página de "los que agrandaron el país". Make America Great Again suena distinto si la tomamos prácticamente literal: hacer grande a Estados Unidos puede significar, también, hacerlo más grande en el mapa.

Y el punto es ese: la historia a veces premia a los que ensanchan mapas. No siempre, claro. Pero a generalmente sí. Napoleón se convirtió en mito pese al desastre final. El Imperio Británico sigue siendo, para muchos británicos, una mezcla de nostalgia y orgullo, aunque haya sido una máquina global de extracción y dominio. En Argentina, la Campaña del Desierto fue durante décadas una estampita del Estado en formación: "aseguró el territorio", "extendió la frontera", "consolidó la nación". Con el tiempo, el método pasa; el mapa queda.

No son excepciones: son variaciones de una misma lógica que ordenó el mundo.

Cuando el mapa se agrandó acá

En la Argentina del siglo XIX, la Patagonia era —para el poder de Buenos Aires— un espacio con un problema: no estaba suficientemente "dentro". Había pueblos originarios, había autonomías, distancia, incertidumbre. Y había, sobre todo, miedo geopolítico: que otro se la quede, que Chile avance, que una potencia europea meta un pie. La Campaña del Desierto fue, en esa lógica, una operación de Estado: militar, territorial, económica. Conquistás, ocupás, trazás la línea, repartís tierras, afirmás soberanía. Después le ponés nombre al proceso: "pacificación", "civilización", "campaña".

Si uno mira el mecanismo sin romanticismo, es brutalmente simple: la frontera se fabrica. No es un dato natural, es un resultado. Y ese resultado, una vez fijado, tiende a volverse incuestionable. 

La Patagonia —con todas las discusiones que suscita la imagen de Julio Argentino Roca— es hoy orgullo territorial: paisaje total, frontera imaginaria de lo propio, un "nuestro" enorme… y ni hablar de los recursos, Vaca Muerta y la mar en coche... El matiz político existe —críticas desde sectores progresistas y debates sobre violencia estatal y pueblos originarios—, pero el territorio incorporado quedó como parte indiscutible del "nosotros". La historia, en estos casos, hace una jugarreta: discute el método, no el resultado.

Putin: la anexión como plebiscito bajo uniforme

Rusia en Crimea fue otra forma del mismo guión, actualizado al siglo XXI: primero aparece el control de hecho (militar, político, informativo), después el relato ("protección", "historia", "pueblo"), luego el procedimiento (un referéndum cuestionado) y finalmente el acto solemne: anexión (llamada reunificación, según la literatura rusa). El efecto interno fue inmediato: la popularidad de Putin subió. La bandera ordenó el tablero doméstico. En 2022, con la invasión de Ucrania, el patrón volvió a activarse —con más ruido, más costo, más sangre— y, aun así, el reflejo fue similar: frente al conflicto externo, cierre de filas interno. El derecho internacional condena; la geografía, cuando se sostiene, persiste.

Esa es otra enseñanza contemporánea: el mapa lo termina fijando quien puede mantenerlo. Y cuando logra sostenerlo el tiempo suficiente, ese mapa termina siendo aprendido, enseñado y defendido como propio.

China y Taiwán: la anexión como promesa (y como advertencia)

China ofrece la variante diferida: el reclamo permanente, la paciencia estratégica, la presión militar creciente, el argumento histórico y nacional (otra vez "reunificación") y una frase que funciona como alarma: "no descartamos la fuerza". Acá el punto no es predecir si va a ocurrir, sino entender el patrón: cuando un Estado define un territorio como central para su seguridad y su identidad, el conflicto no desaparece porque haya tratados. Se congela. O se administra. O se prepara. Y Taiwán, además, tiene ese ingrediente moderno que reemplaza al carbón del siglo XIX: tecnología, cadenas de suministro, control de un nodo vital. Otra vez: recursos, seguridad, poder.

La pregunta que queda es la de siempre —¿imperialismo?, ¿seguridad?, ¿recursos?— y la respuesta rara vez es prolija. Suele ser una mezcla: la convicción de que el propio país tiene derecho a ordenar el entorno; la necesidad —real o construida— de asegurar bases, rutas y profundidad estratégica; el atractivo de lo que se extrae, se controla o se le niega al rival; y una narrativa que lo envuelve todo y cambia con la época. Ayer se hablaba de civilizar, luego de ideologías; hoy se habla de "seguridad", "autonomía", "intereses vitales". Cambian los relatos; la lógica sigue siendo la misma.

Trump y el mundo que vuelve a ser negociable

Entonces Trump mira Groenlandia y, sin querer, hace algo interesante: nos recuerda que el mundo de fronteras intocables es, en parte, un acuerdo frágil sostenido por equilibrios. Cuando esos equilibrios se mueven, reaparece el gesto antiguo: sumar territorio. A veces con la billetera, a veces con un ejército, a veces con amenazas, a veces con una mezcla de todo.

¿Puede quedar Trump en la historia como el presidente que agrandó Estados Unidos, literalmente? La historia es caprichosa: a veces premia la audacia, a veces castiga la desmesura. Pero que la pregunta vuelva a tener sentido ya dice algo del siglo XXI: ese que se vendía como era del derecho y de la interdependencia todavía convive con un animal viejo, persistente y eficaz. La potencia que cree que el mundo, al final, es negociable. O conquistable.

Groenlandia es, en definitiva, un espejo helado donde se refleja una lógica persistente: el mundo sigue siendo negociable para quien tiene poder.

Lectura rápida

1. ¿Cuál es la idea central del artículo?

La idea central es que las potencias pueden tratar de sumar territorio, como lo ejemplifica Trump con su interés en Groenlandia.

2. ¿Quién es el protagonista mencionado en relación a Groenlandia?

El protagonista es Trump, quien mira a Groenlandia con interés territorial.

3. ¿Qué relación se establece entre la historia y la ambición territorial?

Se establece que la historia a veces premia a quienes agrandan mapas, como en el caso de Napoleón y el Imperio Británico.

4. ¿Qué ejemplo se da sobre la anexión en el contexto contemporáneo?

Se menciona el caso de Rusia en Crimea, donde se realizó un referéndum cuestionado seguido de una anexión.

5. ¿Cuál es la conclusión sobre el mundo de fronteras intocables?

La conclusión es que el mundo de fronteras intocables es un acuerdo frágil, y que, cuando los equilibrios cambian, surge el interés por sumar territorio.

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