Nahuel Gallo, prisionero de la grieta
06/03/2026 | 11:54Redacción Cadena 3
Hay historias que deberían unir. Pero en la Argentina casi todo termina dividiendo. Incluso el regreso de un hombre que pasó 448 días detenido ilegalmente en Venezuela.
El gendarme argentino Nahuel Gallo volvió al país después de más de un año de cautiverio. Volvió a su familia, volvió a su institución y volvió a un país que, en teoría, debería haberlo recibido con una sola voz de alivio. Sin embargo, rápidamente quedó atrapado en otro terreno: la disputa política.
Esta mañana participó del izamiento de la bandera en el edificio Centinela, sede central de la Gendarmería Nacional. Fue condecorado por su institución. Un gesto lógico, institucional, casi natural para un hombre que atravesó una experiencia extrema. Pero afuera de ese acto comenzó otra historia: la pelea por apropiarse de su liberación.
Ayer el gendarme estuvo junto a la ministra de Seguridad durante gran parte del proceso y actual presidenta del Senado, Patricia Bullrich. Desde allí surgió una frase que encendió el conflicto: sostuvo que la Asociación del Fútbol Argentino (AFA) "se quiso apropiar del rescate" de Gallo.
La afirmación abrió una discusión que ya venía latente: quién tuvo realmente el mérito de su regreso.
Lo cierto es que el traslado desde Venezuela se realizó en un avión particular contratado por la AFA, en el que viajaban dos dirigentes de la entidad. El vuelo tenía como excusa una actividad institucional vinculada a la inauguración de un centro de alto rendimiento del fútbol venezolano. En ese mismo avión fue traído el gendarme.
Pero la trama es más compleja.
En el medio aparece también la diputada Marcela Pagano, quien sostiene que impulsó gestiones de lo que denomina "diplomacia parlamentaria". Según su versión, un entramado de contactos que incluyó al exembajador argentino en Venezuela, Oscar Laborde, permitió destrabar un obstáculo clave: el gobierno venezolano no quería entregar al detenido directamente a la administración de Javier Milei.
Había además otro problema práctico: las aeronaves venezolanas tienen prohibido aterrizar en Argentina, lo que complicaba cualquier traslado oficial.
En ese contexto, la intervención de actores no tradicionales —políticos, diplomáticos informales y la propia AFA— terminó armando un puente que permitió sacar a Gallo del país caribeño.
En paralelo, desde la Cancillería sostienen que muchas de las gestiones diplomáticas no quedan registradas públicamente por su carácter reservado. Reconocerlas implicaría, además, que el gobierno venezolano admita que tenía detenido a un preso político.
La discusión, sin embargo, ya se volvió otra cosa.
Lo que debería ser un episodio de alivio nacional terminó transformado en una batalla de relatos. Un trofeo simbólico que distintos sectores intentan adjudicarse.
En ese clima aparecen también reacciones extremas. El periodista Diego Brancatelli llegó a ironizar en televisión con que, después de ver cómo está la Argentina, quizás Gallo preferiría volver a la cárcel venezolana donde estuvo detenido. La frase generó una fuerte reacción política y pública.
Mientras estuvo preso en Venezuela, el caso de Gallo no generó una movilización política homogénea. Pero una vez liberado, su historia se convirtió en objeto de disputa.
En la Argentina de la grieta, incluso una liberación humanitaria puede convertirse en campo de batalla.
Así, Nahuel Gallo dejó atrás una prisión real —la cárcel venezolana donde pasó más de un año sin saber qué sería de su destino— para entrar en otra más simbólica: la de un país que, aun frente a una historia de sufrimiento y regreso, sigue midiendo todo en términos de victoria o derrota política.
Y en esa disputa, el protagonista de la historia corre el riesgo de quedar otra vez en el medio. No ya como detenido ilegal, sino como rehén de la grieta.





