Después de Maduro: lo que terminó y lo que empieza
03/01/2026 | 18:24Redacción Cadena 3
La detención de Nicolás Maduro cierra una etapa, pero no resuelve el problema. Terminó Maduro; no necesariamente terminó el régimen. Esa distinción —clave— ordena mejor lo que está ocurriendo y, sobre todo, lo que puede venir.
Estados Unidos ejecutó una operación quirúrgica: capturó al presidente, no desmanteló el poder (por ahora). El chavismo, como estructura, sigue ahí. Los mandos militares, los aparatos de inteligencia, los gobernadores, los colectivos armados y la red de intereses que sostuvo al régimen durante años permanecen intactos por estas horas. La incógnita inmediata no es quién gobierna Venezuela hoy, sino qué decidirán quienes aún controlan el Estado.
La amenaza formulada por Donald Trump es explícita: o transición, o segunda ola. Y esta vez —según su propio mensaje— no sería quirúrgica, sino devastadora. Eso es lo que dicen. Y no es poco. Pero tampoco es todo. El planteo deja a la élite chavista frente a una elección binaria: negociar una salida que preserve algo de poder y garantías personales, o resistir y asumir el riesgo de una escalada militar que ya no tendría como objetivo a un individuo, sino a la estructura misma del régimen.
Hasta aquí, Venezuela. Pero hay otro problema, quizás más central, y que vuelve a estar afuera.
Porque, otra vez, el dato relevante no es el juicio moral sobre Maduro —bastante unánime—, sino el método elegido para producir el quiebre. Estados Unidos actuó sin aval multilateral y sin autorización legislativa clara. No hubo consenso internacional; hubo alineamientos. Y cuando eso ocurre, las normas dejan de ordenar el sistema y pasan a ser argumentos de ocasión.
El editorial de The New York Times de hoy lo planteó con crudeza: la operación fue “ilegal e imprudente”, no porque Maduro mereciera seguir gobernando, sino porque la experiencia histórica demuestra que el cambio de régimen por la fuerza tiende a producir más inestabilidad que orden. Afganistán, Irak, Libia y varios episodios latinoamericanos lo confirman. Derrocar es más sencillo que gobernar; capturar es más fácil que reconstruir.
Este episodio reaviva una hipótesis mayor: el retorno práctico de las esferas de influencia. No como doctrina formal, sino como conducta observable. Estados Unidos reafirma el control del hemisferio occidental —una actualización explícita de la Doctrina Monroe—; Rusia hace lo propio en su frontera con Ucrania, que lo es también con Europa; China observa y aprende, con Taiwán en la mira. El multilateralismo no desaparece, pero pierde centralidad frente al poder.
Aquí surge la pregunta incómoda, la que empieza a circular en voz baja en cancillerías y centros de análisis: ¿y si este fuera el tipo de orden que el mundo está empezando a preferir?
La historia ofrece antecedentes. Durante la Guerra Fría, las esferas de influencia no estaban escritas, pero eran entendidas. Cuando la Unión Soviética aplastó la revuelta húngara en 1956 o puso fin a la Primavera de Praga en 1968, dejó en claro que Europa del Este no era negociable. Del mismo modo, para Washington, Cuba se convirtió tras la crisis de los misiles en una frontera absoluta. Era un mundo duro, poco moral, pero relativamente previsible: cada potencia sabía hasta dónde podía llegar la otra.
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Opinión. El final de Maduro y la sombra que deja la intervención de Estados Unidos
En menos de diez horas comenzó a desdibujarse un ciclo de casi 26 años de la historia venezolana. Un período que empezó en 1999, cuando Hugo Chávez llegó al poder por el voto popular.
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También sabemos cómo terminan esos equilibrios cuando alguien calcula mal. En Suez, en 1956, Francia y el Reino Unido creyeron que aún podían actuar como imperios y aceleraron su propio declive. En Irak, en 2003, Estados Unidos subestimó los costos de imponer un nuevo orden y terminó debilitando el que decía defender. Ambos episodios recuerdan que la claridad estratégica no garantiza estabilidad duradera.
Ese mundo —más realista y menos hipócrita— también es más riesgoso. Reduce la incertidumbre para las potencias y la multiplica para los países medianos o chicos. Convierte a los organismos internacionales en foros de discusión, no en límites efectivos. Y eleva la probabilidad de errores de cálculo.
La comparación con Ucrania no busca equiparar causas ni consecuencias, sino señalar una simetría incómoda: cuando una potencia decide que las reglas no alcanzan, o que su lectura de la historia justifica la acción, actúa. La diferencia es quién lo hace y cómo se lo explica. El efecto sistémico, sin embargo, es similar: las normas se relativizan.
Maduro ya no es el problema. Probablemente pase el resto de sus días en una cárcel de Nueva York.
El problema es qué hará la vicepresidenta —ahora presidenta en funciones— Delcy Rodríguez, o quienes queden a cargo del poder real.
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Intervención de EE.UU. Cuántos años podría enfrentar Maduro en prisión por narcotráfico en EE.UU.
Tras su captura en Caracas y traslado a Nueva York, el presidente venezolano será juzgado por narcoterrorismo. Los antecedentes de otros líderes latinoamericanos procesados en tribunales estadounidenses marcan el posible horizonte penal.
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Y, en un plano más amplio, qué mundo se consolida si la política internacional empieza a organizarse explícitamente alrededor de la amenaza creíble, más que del acuerdo imperfecto.
Quienes peinan canas ofrecen una advertencia simple: los órdenes impuestos por la fuerza suelen ser más claros, pero rara vez más estables.
La transición venezolana está en suspenso. El orden internacional, también. Y no está claro cuál de los dos se resolverá primero.
Lectura rápida
¿Qué ocurrió con Nicolás Maduro?
Fue detenido por Estados Unidos, cerrando una etapa, pero no se desmanteló el régimen chavista.
¿Qué amenaza lanzó Donald Trump?
Propuso una elección binaria a la élite chavista: negociar o enfrentar una escalada militar.
¿Qué critica el editorial de The New York Times?
Califica la operación como “ilegal e imprudente”, advirtiendo que el cambio de régimen por la fuerza puede generar más inestabilidad.
¿Qué se reaviva como hipótesis tras la operación?
El retorno de las esferas de influencia, donde Estados Unidos reafirma su control en el hemisferio occidental.
¿Cuál es el dilema actual?
El futuro de Venezuela y el orden internacional están en suspenso, sin claridad sobre cuál se resolverá primero.





