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Detrás de las remeras, los empleos de la industria textil

   

05/02/2026 | 11:19Redacción Cadena 3

Perspectiva Nacional

Luis Caputo, ministro de Economía. (Foto: NA)

FOTO: Luis Caputo, ministro de Economía. (Foto: NA)

  1. Audio. Detrás de las remeras, los empleos de la industria textil

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La polémica no cesa. Continúa y se profundiza el debate en torno a la industria textil, los empleos y el proteccionismo, a partir de los dichos del ministro de Economía, Luis Caputo, quien afirmó que nunca compró ropa en la Argentina y que, como muchos de los que viajan, siempre adquirió prendas en el exterior. El tema volvió a encenderse cuando se conoció un detalle que funcionó casi como disparador simbólico: Caputo mostró en una entrevista un saco de la marca Massimo Dutti —firma del grupo Inditex, dueño de Zara— que, según dijo, compró hace unos 15 años. El precio estimado de esa prenda ronda hoy los 600 dólares o euros.

Pero detrás del saco, de la marca y de la anécdota, aparece el dilema de fondo. El eterno dilema argentino entre consumidores y productores. Durante años, los consumidores estuvieron condenados a pagar cinco, seis, siete u ocho veces más caro un producto textil, fruto de una industria fuertemente protegida. Hoy, esa misma industria atraviesa una crisis profunda frente a la apertura económica, la reducción de barreras para importar y la posibilidad de comprar indumentaria a través de plataformas del exterior. Conviene aclararlo: los aranceles, estrictamente hablando, siguen vigentes. Son impuestos para importar y no han cambiado. Y aun así, el impacto ya se siente.

Según datos de la Federación de la Industria Textil Argentina, en el último año se perdieron unos 18.000 empleos registrados, sobre un total de aproximadamente 100.000 en blanco. Si se suman los puestos informales, el sector emplea a cerca de 200.000 personas. Además, en los últimos dos años habrían cerrado 558 empresas. En 2025, la producción cayó un 7% respecto de 2024. Los números son contundentes.

Y ahí aparece el corazón del debate público: el empleo. En la Argentina parece existir una idea casi sagrada de que un puesto de trabajo, una vez creado, no puede perderse jamás. Pero eso no funciona así en ningún lugar del mundo. Los empleos no están garantizados. Cambian las condiciones, cambia la economía, cambian los mercados. Es duro decirlo, pero es real.

/Inicio Código Embebido/

/Fin Código Embebido/

La alternativa que suele plantearse es conocida: sostener la protección. Altos aranceles, barreras a las importaciones, tolerancia al empleo en negro, bajos salarios y evasión impositiva, todo en nombre de "cuidar los puestos de trabajo". 

¿Y qué pasa con los otros empleos? Porque si una persona paga diez veces más una remera, ese dinero deja de destinarse a otra actividad. Y ese consumo que no se realiza también destruye empleo en otros sectores.

El argumento suena frío. Incluso cruel. Detrás de cada puesto de trabajo hay historias, familias, estructuras que sostener. Nadie lo desconoce. Pero negar la realidad no la cambia. Decir que los empleos se pueden garantizar para siempre puede dejarnos momentáneamente tranquilos, pero no es verdad. Y además, posterga el problema y lo agranda.

Un ejemplo ayuda a entenderlo. Pensemos en el periodismo. ¿Sería lógico que los periodistas reclamaran prohibir el acceso gratuito a información en redes sociales o a medios internacionales para "proteger los empleos"? ¿Prohibir leer El País o CNN para cuidar puestos de trabajo locales? Suena absurdo. Nunca ocurrió. Pero si hubiera ocurrido, el problema no se habría resuelto: se habría multiplicado.

Eso es lo que pasó con la industria textil. Durante 70 años se la protegió sin asumir que Argentina no tiene un mercado interno gigantesco ni mano de obra barata como los países asiáticos o africanos. Nunca pudo competir en determinados segmentos textiles. Pero al no asumirlo, al protegerla una y otra vez, el problema creció. Hoy hay entre 150.000 y 200.000 familias que dependen de esa actividad. Si el proceso de reconversión hubiera sido gradual, esas personas podrían haberse volcado a sectores donde el país sí tiene ventajas.

Ahora aparece el argumento de siempre: primero hay que hacer una política para que sobrevivan. El problema es que durante 70 años esa política no existió. Y se suma otro temor: la falta de dólares. "Si importamos toda la ropa, ¿con qué dólares la vamos a pagar?". La respuesta también es incómoda: si no hay dólares, los textiles importados se volverán caros. Y para tener dólares habrá que generar otras actividades que los aporten. Ese es el verdadero desafío.

¿Se sigue protegiendo indefinidamente una industria que hace décadas depende de esas condiciones, o se cruza el río y se enfrenta el proceso de reconversión? No es una decisión sencilla. Es, probablemente, uno de los dilemas más duros de la economía argentina. Y no admite respuestas cómodas.

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