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Córdoba: la crisis del transporte no está en las calles

   

11/03/2026 | 11:54Redacción Cadena 3

Perspectiva Nacional

Grupo FAM, SiBus y Coniferal en Córdoba.

FOTO: Grupo FAM, SiBus y Coniferal en Córdoba.

  1. Audio. Córdoba: la crisis del transporte no está en las calles

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La escena es conocida para cualquier cordobés: colectivos que no pasan, paradas llenas, usuarios que llegan tarde al trabajo o directamente no pueden cumplir con sus actividades. En las calles de la ciudad de Córdoba lo que se ve es el caos. Pero el problema real del transporte urbano no está en la calle. Lo que está en la calle son apenas sus consecuencias.

La crisis verdadera ocurre en otro lado: en los despachos, en las mesas de negociación, en los acuerdos silenciosos entre empresas, sindicatos y política. Allí donde se toman —o se dejan de tomar— las decisiones que explican por qué el sistema funciona como funciona.

La Municipalidad, que en los papeles es la máxima responsable del servicio, no logra o no quiere explicar con claridad cómo se llegó a esta situación. Tampoco se discute públicamente qué sistema de transporte quiere la ciudad, cuál es el que puede sostener o qué modelo proyecta para el futuro.

Paradójicamente, muchos actores conocen perfectamente las causas del problema. Concejales, dirigentes sindicales, empresarios del sector y exfuncionarios han estado durante años dentro del sistema. Ellos saben cómo funciona. Pero nadie parece dispuesto a hablar con total franqueza. Quizás porque hacerlo implicaría reconocer errores, decisiones equivocadas o responsabilidades compartidas.

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La consecuencia es un sistema opaco. No hay estadísticas claras, no hay información pública suficiente y ni siquiera está del todo claro quién manda realmente en el transporte de Córdoba. ¿Las empresas? ¿El municipio? ¿Los sindicatos?

En la coyuntura actual, además, aparecen nuevas tensiones. Por un lado, la eventual llegada de grandes operadores nacionales —como el grupo Grupo DOTA— y, por otro, las compañías que hoy operan el sistema junto con las entidades empresarias del sector como Fetap. En paralelo, también se cruzan disputas sindicales entre la histórica Unión Tranviarios Automotor y otras organizaciones del sector.

En medio de ese entramado corporativo, el usuario queda relegado a un lugar secundario. El servicio parece responder más a los equilibrios entre empresas, sindicatos y política que a las necesidades de quienes dependen del colectivo para moverse por la ciudad.

La precariedad institucional del sistema también es evidente. Los contratos de concesión vencieron en 2024. Desde entonces, el transporte funciona bajo esquemas provisorios. Primero una prórroga, luego otra, ahora un nuevo contrato transitorio por un año más, en plena antesala electoral.

Entre esas transiciones aparece incluso un nivel adicional de improvisación: soluciones de emergencia que se extienden apenas por semanas, como si el sistema pudiera sobrevivir eternamente a base de parches.

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Es difícil imaginar inversiones de largo plazo en un contexto así. ¿Quién invertiría en flota, infraestructura o tecnología cuando ni siquiera está claro qué empresas operarán el sistema dentro de algunos meses? Ni siquiera cuestiones básicas —como mejorar paradas o instalar garitas— pueden planificarse en medio de semejante incertidumbre.

La escena llega a situaciones casi absurdas: choferes de una empresa que deben enseñar a otros los recorridos de emergencia, discusiones por horas extras para cubrir servicios improvisados y usuarios que quedan atrapados en un sistema que parece funcionar siempre al borde del colapso.

Pero quizás el problema sea aún más profundo. Tal vez la crisis del transporte sea también el reflejo de algo más amplio: una dificultad creciente de la sociedad cordobesa —y de su dirigencia— para discutir los problemas de frente.

Se instala una narrativa simple de buenos y malos. Pero la realidad, como suele ocurrir en estos casos, es bastante más compleja. Y mientras nadie se anime a poner todas las cartas sobre la mesa, el transporte de Córdoba seguirá en esa especie de limbo permanente: ni reforma estructural ni solución definitiva.

Solo crisis. Y sus consecuencias circulando todos los días por las calles.

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