Adorni, ministro de Escupidas de Asados del Gobierno nacional
En medio de señales económicas favorables, el jefe de Gabinete volvió a poner al Gobierno a la defensiva y abrió un problema político, ético e interno para Milei.
12/06/2026 | 11:05Redacción Cadena 3
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Audio. Adorni, ministro de Escupidas de Asados del Gobierno nacional | Por Adrián Simioni
Siempre Juntos
El Gobierno de Javier Milei está en una etapa en la que, por primera vez en mucho tiempo, podría intentar ordenar una narrativa de estabilidad. La inflación volvió a mostrar señales de desaceleración, el riesgo país cayó a niveles que no se veían desde hacía años, mejoraron las calificaciones financieras, hubo avances parciales en el vínculo con las universidades, las provincias empiezan a recuperar ingresos y hasta UNICEF marcó una baja en la pobreza infantil.
En cualquier administración, semejante acumulación de datos favorables sería la base de una ofensiva política. Sería el momento de salir a decir que el rumbo empieza a mostrar resultados, que el sacrificio tiene sentido y que la Argentina puede entrar en una etapa distinta.
Pero ahí aparece Manuel Adorni.
El jefe de Gabinete se convirtió, en los hechos, en el ministro que le escupe los asados al Gobierno. Cada vez que la Casa Rosada encuentra una noticia para celebrar, aparece el caso Adorni para devolverla a la defensiva. Y no se trata de un funcionario menor: es el jefe de los ministros, el responsable de la administración nacional y una de las figuras con mayor jerarquía institucional dentro del Poder Ejecutivo.
Por eso el problema no es solamente personal. Es político. Y también moral.
La explicación que dio Adorni sobre su situación patrimonial no convenció. Por el contrario, agravó las dudas. En un gobierno que construyó buena parte de su legitimidad sobre la promesa de terminar con los privilegios, la casta y la opacidad del poder, las inconsistencias patrimoniales de un funcionario de semejante rango son un golpe directo al corazón del relato oficial.
Milei no llegó a la Presidencia sólo con un programa económico. Llegó también con una bandera moral. Prometió hacer algo distinto. Prometió cortar con las prácticas que durante años alimentaron la desconfianza social hacia la política. Por eso el caso Adorni no puede ser tratado como una simple incomodidad administrativa.
La contradicción es alevosa.
Mientras el Gobierno intenta mostrar que baja la inflación, que mejora el crédito, que cae el riesgo país y que se abre una ventana para estabilizar la economía, su jefe de Gabinete queda atrapado en explicaciones que no alcanzan. Y ese ruido no sólo le da argumentos a la oposición. También abre una interna dentro del propio oficialismo.
El dato político de las últimas horas es contundente: ningún ministro salió con fuerza a poner la cara por Adorni. No hubo un cierre de filas convincente. Incluso aliados del Gobierno, como Luis Juez, dejaron en claro el costo que implica tener que defender una situación difícil de explicar.
Patricia Bullrich, una de las dirigentes con mejor imagen dentro del oficialismo, también eligió palabras que no son casuales: ética y moral. No habló sólo de papeles ni de errores formales. Habló del fundamento político del Gobierno. Y cuando una figura central del espacio empieza a marcar esa diferencia, el problema deja de ser defensivo y pasa a ser interno.
Porque detrás de la permanencia de Adorni aparece una pregunta cada vez más incómoda: ¿Por qué Milei lo sostiene?
A otros funcionarios los desplazaron por mucho menos. En cambio, el jefe de Gabinete sigue en su cargo pese al desgaste creciente. Y cuanto más tiempo pasa, más caro se vuelve para el Presidente tomar una decisión. Si lo hubiera apartado al comienzo, Milei podía presentar el gesto como una muestra de autoridad. Ahora, cualquier salida quedaría asociada al peso de las evidencias y al daño acumulado.
Esa demora habilita especulaciones. Y cuando la política no encuentra explicaciones racionales, empiezan los malos pensamientos. ¿Qué sabe Adorni? ¿Qué representa? ¿Por qué se volvió tan difícil removerlo? Tal vez no haya nada detrás. Tal vez sólo sea un error de cálculo del Presidente. Pero la falta de respuesta clara alimenta sospechas que el Gobierno no puede darse el lujo de sostener.
El daño, además, no se limita a Buenos Aires. En Córdoba, el mapa político también empieza a moverse. El nombramiento de Ercole Felippa y Hernán Lacunza en el Banco de Córdoba fue leído por muchos como una señal de acercamiento entre el llaryorismo y sectores vinculados al macrismo. Si a eso se suma la buena relación de Bullrich con el Gobierno provincial y con el ministro de Seguridad Juan Pablo Quinteros, aparece una hipótesis inquietante para La Libertad Avanza: que el frente que acompañó el cambio pueda empezar a dividirse.
En una etapa de fragilidad económica y de reordenamiento político, el Gobierno necesita cohesión, disciplina y autoridad moral. Adorni hoy produce lo contrario: ruido, sospecha y desgaste.
Por eso el caso ya no se mide sólo en términos judiciales o patrimoniales. Se mide en términos de poder. Cada día que pasa, el jefe de Gabinete le cuesta más al Presidente. Le cuesta agenda, le cuesta credibilidad, le cuesta autoridad y le cuesta coherencia.
Milei gobierna una transformación delicada, con costos sociales enormes y con una promesa central: que esta vez la política no iba a ser la misma. Pero si el Gobierno tolera aquello que decía venir a combatir, empieza a perder lo más valioso que tenía: la diferencia moral frente al sistema que denunció.
Adorni no es apenas un problema de explicación patrimonial. Es una prueba política para Milei. Y, hasta ahora, el Presidente está dejando que su propio jefe de Gabinete le arruine los mejores momentos del Gobierno.





