Caseros: la batalla que cambió el rumbo de la Argentina
El 3 de febrero de 1852 no se enfrentaron solo dos ejércitos. Chocaron dos formas de ejercer el poder… y una de ellas llegó a su final.
03/02/2026 | 09:02Redacción Cadena 3
Un día como hoy, 3 de febrero, la historia argentina dio un giro decisivo con una batalla que quedó grabada en todos los manuales escolares. Seguramente la estudiaste alguna vez. Pero detrás de fechas, nombres y esquemas hay algo mucho más profundo: la Batalla de Caseros fue el final de una época y el inicio —difícil y conflictivo— de otra.
Era el 3 de febrero de 1852 y en los campos de Caseros no solo se preparaban dos ejércitos. Lo que estaba en juego era una manera de organizar el país. De un lado estaba Juan Manuel de Rosas, estanciero y terrateniente porteño que gobernaba la provincia de Buenos Aires, pero que en los hechos mandaba mucho más que eso. Controlaba el puerto, la aduana y los ingresos que de allí provenían, y además ejercía las relaciones exteriores en nombre de todas las provincias. Federal en los papeles; centralista y autoritario en la práctica.
Rosas fue odiado por muchos. Persiguió opositores, encarceló, exilió y utilizó el terror político como herramienta de control. Se negó sistemáticamente al dictado de una Constitución y gobernó durante años sin límites claros. La Mazorca, su fuerza parapolicial, se convirtió en el símbolo más crudo de ese poder concentrado.
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Pero la historia nunca es tan simple. Incluso uno de sus grandes opositores, Juan Bautista Alberdi, reconoció algo incómodo: que Rosas había representado para muchos el orden necesario después del caos de las décadas de 1820 y 1830, cuando la Argentina parecía ingobernable. Guerras civiles, provincias enfrentadas, gobiernos efímeros. Ese orden, sin embargo, tenía un precio cada vez más alto. Y llegó un punto en que ya no podía sostenerse.
Del otro lado estaba Justo José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos. También federal. Pero profundamente opuesto al centralismo porteño y al autoritarismo rosista. Urquiza entendía que sin una Constitución, sin reglas comunes, sin un Estado organizado y sin un puerto que repartiera de manera equitativa sus ganancias, la Argentina no tenía futuro. Por eso tomó una decisión impensada para la época: aliarse con federales antirrosistas, unitarios exiliados y el Imperio del Brasil. No para destruir la Confederación, sino para reorganizarla.
La batalla fue breve, intensa y decisiva. Las tropas de Urquiza derrotaron a Rosas en pocas horas. Ese mismo día, el viejo gobernador firmó su renuncia y partió al exilio en Inglaterra, el mismo país al que había enfrentado años antes desde el poder. Nunca volvería a gobernar la Argentina.
Caseros no fue el triunfo del bien sobre el mal. Fue algo más complejo —y más interesante—: el final de una forma de poder que se había vuelto insostenible y el comienzo de un camino nuevo, lleno de conflictos, debates y tensiones. Pero también el camino que llevaría, un año más tarde, a la Constitución de 1853 y al intento de construir un país con reglas comunes.
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