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Política esquina economía

Fórmula para llegar a enero: aguantar y hablar de otra cosa

El test del Banco Central dura hasta diciembre. La inflación, eje de todo. El Gobierno apela a la agenda no económica: como con el aborto, pero esta vez a la derecha.

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La estrategia del macrismo posgradualista: aguantar hasta fin de año.

Hagan sus apuestas. De aquí a fin de año se verá si el macrismo posgradualista le encontró o no el agujero al mate: si la inflación afloja; si el Banco Central podrá bajar las tasas de interés a un nivel compatible con la vida; si la economía respira y el empleo resiste unos meses más y si el poder de compra de los hogares deja de caer.

Por ahora, el módico triunfo del Gobierno ha sido detener la estampida del tipo de cambio. Hay quienes hablan de estabilidad. Pero, aunque se haya reducido, que el dólar se haya achicado 13% en apenas un mes no es estabilidad sino una inestabilidad inversa.

El dólar mayorista a 35,65 quiere decir que el Banco Central está a sólo 45 centavos de poder salir a comprar dólares (la banda inferior del dólar se va ajustando diariamente al 3% mensual y ya no es de 34 pesos sino de 35,20). Eso le permitiría al jefe del Central, Guido Sandleris, reconstituir reservas y largar oxigenantes pesos al mercado. En los términos del acuerdo con el FMI, hasta diciembre no puede agrandar la base monetaria por ninguna otra vía. Por eso las tasas de referencia tan altas. Si pudieron bajar en la última semana del 75% al 68% es sólo porque el Central se había pasado de rosca aspirando dinero y ahora tiene algún margen para no tener que renovar todas las Leliq que van venciendo diariamente.

No va a haber milagros

Todo el resto está mirame y no me toques. El dólar por los cielos sirve para que los turistas argentinos gasten menos y para frenar un poco las importaciones, pero no para una reactivación vigorosa y rápida gracias a exportadores favorecidos y a importadores protegidos por un repentino tipo de cambio favorable. Esa primitiva tesis viejoindustrialista defendida en los últimos años por José Ignacio de Mendiguren ya no se verifica por múltiples motivos.

La producción está tan integrada en el planeta que las mismas devaluaciones que hunden el costo de la mano de obra local en dólares disparan el precio de los insumos que sí o sí hay que importar. La industria automotriz local es el mejor ejemplo.

Por otro lado, la Argentina tiene sectores que fueron protegidos durante tantos años y a los que se les ayudó a esquivar tantas reconversiones, que hoy no pueden funcionar siquiera con el dólar a 36. El caso de Alpargatas, la textil que está cerrando plantas en Chaco, Catamarca, La Pampa y Tucumán es demostrativo. La mano de obra barata textil nunca estuvo en Argentina. De hecho, ya ni siquiera está en China: Etiopía es uno de los países adonde van ahora las textiles chinas, porque es barato y está a tiro de piedra de Europa. En la Argentina confiscatoria, inflacionaria y sin crédito tampoco estuvo nunca la masiva cantidad de capital barato que hace falta para una industria textil de escala.

La mejora de la balanza comercial va a venir más que nada por Brasil -si se mantienen las expectativas de que el cambio de gobierno va a terminar con cuatro años de recesión- y por una megacosecha del campo que esta vez no frustre la sequía. O sea que hasta abril los agrodólares aún no se verán en todo su esplendor. Los brasildólares tampoco se verán de inmediato. Lo saben las automotrices de Córdoba, empantanadas en unos programas de suspensiones que en el mejor de los casos se mantienen y a  los que se agregan despidos hormiga, retiros voluntarios y planes de vacaciones anticipadas.

Las tres velas de Macri

La receta, entonces, es aguantar. Esperar a que la realidad compruebe las teorías. Desde el punto de vista del gobierno, descollan tres aspectos.

Uno, pasar el mal trago de la inflación de octubre, que arrojaría entre el 5% y el 6% según los aprontes de las consultoras. Recién el 15 de noviembre hablará el Indec. Hay algunos datos auspiciosos, teniendo en cuenta la paliza de la que venimos. Según la consultora OJF la inflación núcleo en octubre (la que mejor refleja lo que pasa en el mercado porque no incluye precios regulados) será 4,6%. Consultoras que miden con indicadores de alta frecuencia dicen que en la primera semana de noviembre notaron huellas de deflación. Para el mes 11, la mayoría de las estimaciones privadas dan abajo de 3%. En este altar Macri debe estar rezando todos los días.

El otro punto, es el presupuesto que ya tiene media sanción en Diputados. El gobierno espera lograr mañana el dictamen de las comisiones del Senado para que la cámara alta lo sancione el miércoles de la próxima semana. Cambiemos le ha prendido todas las velas a San Miguel Ángel Pichetto para que el rionegrino pueda aportar la mitad de votos de su bloque, junto a senadores santiagueños, misioneros y neuquinos. El déficit cero del presupuesto 2019 está pegado con baba.

El tercer aspecto clave para el gobierno son las paritarias, que comenzarán a reabrirse justo cuando, si todo sale bien, afloje la inflación. Una reapertura demasiado temprana hará que se negocie con el imaginario de una inflación del 50% anual. Y eso sólo reanudaría el círculo vicioso de aumentos de costos trasladado a los precios. Acá se le pidió otro milagro a Dante Sica, ministro de Industria, que trate de patear para adelante lo más posible esas negociaciones. Por eso la versión de un bono de fin de año que Sica buscaría negociar con empresas y sindicatos. Un bono multipropósito: serviría para descomprimir el siempre caliente diciembre argentino, ayudar a demorar los acuerdos salariales y permitir que el ingreso de los hogares reciba un aliciente que frene la caída del consumo. Que ayude a ver una luz en el túnel.

De eso no se hablaba

¿Y qué más? Bueno, lo demás es política, en lo que el gobierno -y la oposición- descubrió ser mucho mejor de lo que esperaba y mucho mejor que en la economía. En diciembre del año pasado, tras la sanción de la reforma laboral, el gobierno descubrió que se le había licuado el capital político ganado en las elecciones menos de dos meses antes. Salió de allí con la sorpresiva convocatoria a debatir una despenalización del aborto que Cambiemos terminó apoyando menos que nadie a la hora de los votos.

Ahora hará lo mismo pero con la mano cambiada, Bolsonaro mediante. En lugar de un tema del progresismo de izquierda al que el kirchnerismo no podía decirle “no”, todo indica que ahora Cambiemos tomará temas del populismo de derecha, que el peronismo no K encontrará difícil rechazar. Allí están sobre la mesa las insinuaciones de la ministro del Interior, Patricia Bullrich, sobre el derecho de los ciudadanos a protegerse mediante el uso legal de armas de fuego. Y la reforma del Código Penal, que promete ser amplia pero cuyas naves insignias pasan por mayor rigurosidad con los inmigrantes que violenten las leyes y por comenzar a quitar a las organizaciones piqueteras el control de las calles para devolvérselo al Estado. Dos temas que, se sabe, tienen hoy clara mayoría de un lado. Hasta no hace mucho, la hegemonía discursiva del populismo de izquierda impedía que estuvieran en el centro del debate. Hoy se corrió la frontera de la corrección política y ya se puede hablar de esos temas.

19 noviembre 2018

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