El primer accidente aéreo de Córdoba y el inglés que salió caminando
Un gobernador que se animó a volar, un diputado herido y un aeroplano reducido a astillas: la historia olvidada.
21/02/2026 | 08:30Redacción Cadena 3
Córdoba, enero de 1920. El calor aplastaba la ciudad con esa insistencia particular del verano mediterráneo, y sin embargo algo en el aire tenía una cualidad distinta, casi eléctrica. No era solo el calor. Era la sensación, cada vez más concreta, de que el mundo había decidido cambiar de velocidad y que Argentina —esa Argentina de la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen, todavía granero del mundo, todavía sorprendida de sí misma— no iba a quedarse atrás.
Desde Mendoza llegaban informes sobre un riojano llamado Vicente Almandos Almonacid —héroe condecorado con la Legión de Honor por Francia en la Primera Guerra Mundial— que planeaba algo descabellado: cruzar los Andes de noche, solo, guiándose por el reflejo de los picos nevados. El mayor Shirley Kingsley había fundado en Buenos Aires la River Plate Aviation Company y desde allí vendía aeroplanos Airco (Aircraft Manufacturing Company Ltd.) a los entusiastas del interior. La aviación había dejado de ser una fantasía para convertirse en una promesa que aterrizaba con estrépito en el corazón mismo del país.
En ese clima llegó a Córdoba James Richardson.
El Aero Club de Córdoba tenía apenas cinco meses de vida. Había nacido el 3 de agosto de 1919 —una institución civil, sin fines de lucro, fundada con el entusiasmo de quienes creían que su ciudad no podía quedarse afuera de la nueva era— y su primera gran apuesta había sido adquirirle un Airco al mayor Kingsley. Era el orgullo colectivo de quien compra su primer auto y quiere que todo el barrio lo vea. Para pilotearlo habían traído a James Richardson, un inglés de veinticinco años que 'La Voz del Interior' describió con la simpatía apenas disimulada que los periodistas reservan para quienes les caen bien desde el primer apretón de manos: "un joven muy simpático, alegre, muy culto, y de agradable conversación", que cautivaba "inmediatamente por la sencillez de su trato y la humildad que lo caracteriza".
Había visitado la redacción del diario acompañado de un tal Anderson, agradeció las informaciones publicadas, y aprovechó para desmentir a otro diario que había atribuido sus vuelos al mayor Kingsley. No era un hombre que dejara correr las inexactitudes. Tenía, según declaró al medio, el propósito de radicarse definitivamente en el país.
El viaje inaugural no había sido sencillo. El aparato salió de Buenos Aires con destino a Córdoba, pero una tormenta lo obligó a hacer una parada en Villa María, desde donde un telegrama llegó al vicepresidente del Club, el señor Esteban G. Juárez, informando que el retraso se debía a "un pequeño inconveniente del motor". Viajaba como pasajero el diputado provincial Facundo Escalera.
El 19 de enero, la aeronave llegó finalmente a la ciudad. Salió de Villa María a las 8.30 y cincuenta minutos después sobrevoló Córdoba. El viento soplaba en contra. La pista del hipódromo de General Paz (sí, del hipódromo de barrio General Paz) tenía apenas cincuenta metros de ancho, insuficientes, de modo que Richardson buscó campo abierto y posó el aparato en el campo de un tal Bonetti, kilómetro 9 del camino a San Roque, a las 9.20. No era el aterrizaje triunfal que imaginaban los socios del flamante Club, pero estaba bien para comenzar. Para una institución que tenía menos de medio año de existencia, el solo hecho de tener un aeroplano propio ya era una epopeya.

Esa tarde llegó el momento que la ciudad había estado esperando sin saber muy bien que lo esperaba.
El gobernador de la provincia, el doctor Rafael Núñez, no era hombre de quedarse en tierra cuando la historia sobrevolaba su jurisdicción. Abogado nacido en Cruz del Eje, había impulsado la jornada laboral de ocho horas y construido hospitales y escuelas mientras el yrigoyenismo dominaba la nación. Dos años antes había salido herido de un duelo a sable con un ministro provincial. No era, en definitiva, un hombre que le huyera al riesgo.
A las cinco de la tarde, luego de que el mecánico revisara el motor y se reabasteciera de nafta, Richardson lo recibió como pasajero y juntos sobrevolaron los alrededores de la ciudad, avanzaron hasta la estación Argüello —donde Núñez tenía su quinta de veraneo— y regresaron sin contratiempos.
El doctor Núñez se convirtió así en el primer cordobés en surcar los aires a bordo del primer aeroplano del recién nacido Aero Club. Sus impresiones, recogidas por 'Los Principios', fueron las de un hombre que acababa de descubrir que el miedo era un malentendido: elogió la estabilidad del biplano y el hábil manejo del piloto con la generosidad de quien sabe que está siendo parte de algo que se va a recordar, y así lo estamos haciendo 106 años después.
Córdoba estaba encantada con Richardson. El Aero Club, con apenas cinco meses de vida, había logrado en una sola tarde lo que muchas instituciones no consiguen en años: poner al gobernador a bordo de su sueño.
Pero esa noche, algo se torció.
'La Voz del Interior' dejó caer, en su cobertura posterior al desastre, un detalle que ninguna crónica de urgencia había registrado: antes del vuelo del 20 de enero, Richardson había confesado en privado un presentimiento oscuro. Uno de sus acompañantes recordó que esa mañana el piloto miraba serio. Las condiciones climáticas no eran las ideales. El viento lo agarraba de costado. Todas las tentativas para tomar altura resultaban infructuosas.
Un hombre más prudente hubiera cancelado. Richardson no lo hizo.
Era el primer viaje que se realizaba con el aparato fuera del radio de la ciudad —"y por demás, mal aventurado", escribió el periodista de 'Los Principios' con la lucidez retrospectiva que solo da el desastre consumado. A bordo continuaba el diputado Escalera, esta vez con destino a Cosquín. El motor tardó en responder. El pique de ascenso no pasó de los treinta metros. La hélice giraba por debajo de las mil revoluciones por minuto, muy lejos de las 1.300 de su régimen normal. La causa era una obstrucción en el conducto de nafta que impedía pasar la cantidad precisa de combustible al motor. Richardson maniobró. En la segunda vuelta comprendió que la caída era inevitable. Inclinó el aparato sobre el ala para amortiguarla.
No pudo elegir dónde caer. La gravedad eligió por él.
Un terreno accidentado, lleno de arbustos y malezas, en inmediaciones de Yocsina, kilómetro 10 del camino a San Roque. Al tomar contacto con los arbustos, el aparato se enredó en ellos por la hélice y quedó tumbado. Así, sin más ceremonia, el Aero Club de Córdoba perdía su único aeroplano a los cinco meses de haber abierto sus puertas.
Cuando los cronistas llegaron al lugar, encontraron el Airco inclinado sobre el ala derecha destrozada, reducido en su parte delantera a lo que el redactor de 'Los Principios' llamó sin rodeos "un montón de astillas". El motor estaba torcido hacia la izquierda. Los parabrisas de mica, hecho añicos. El maderamen del costado, astillas. La hélice y las ruedas, rotas o dobladas. "Un aparato inutilizado casi por completo en su estructura, pero del que acaso pudiera salvarse el motor." En 1920, en Córdoba, el motor valía más que el resto.
Escalera tenía un rasguño en el labio y un golpe en la cabeza. Richardson no tenía nada. Ambos fueron auxiliados por el doctor Carlos Ernesto Deheza y el ingeniero Eduardo Deheza.
"Ha sido una desgracia... con suerte", le dijo Richardson a los enviados del diario.
'La Voz del Interior', que había retratado a Richardson con tanta admiración apenas días antes, explicó su integridad con una frase que decía más sobre el hombre que sobre el accidente: "Su entrenamiento en la guerra le ha educado un admirable dominio de su voluntad, y es por eso que pudo hacer gala de una sangre fría asombrosa aún en los momentos de mayor ansiedad".
Richardson tenía veinticinco años. Había sobrevivido a la Primera Guerra Mundial. Había sobrevivido a Yocsina.
Mientras tanto, los diarios que cubrían el accidente de Yocsina también seguían de cerca los preparativos de Vicente Almandos Almonacid, el riojano condecorado por Francia en la guerra, que desde Mendoza anunciaba su intención de cruzar los Andes de noche. Dos meses después lo haría, y la prensa lo llamaría el Cóndor Riojano. En los cielos argentinos de 1920, todo parecía estar ocurriendo al mismo tiempo.
El Aero Club de Córdoba, por su parte, sobrevivió a aquel accidente inaugural como sobreviven las instituciones fundadas sobre algo verdadero: con paciencia, con terquedad, y con la certeza de que un primer fracaso es solo el comienzo. Hoy, más de cien años después, sigue funcionando. Pocos clubes de aviación civil en el país pueden decir lo mismo.
Y James Richardson, el inglés simpático, no se perdió del todo en el olvido. Una calle en el barrio Residencial San Roque lleva su nombre —figura en los mapas como "Aviador Richardson"—, sin nombre de pila. Es poco. Pero es algo.
Por Marcos Calligaris
Lectura rápida
¿Qué ocurrió en Córdoba en enero de 1920? James Richardson realizó un vuelo inaugural con el primer aeroplano del Aero Club de Córdoba, pero sufrió un accidente durante un segundo vuelo.
¿Quién era James Richardson? Un piloto inglés de veinticinco años que había llegado a Córdoba para pilotear el aeroplano del Aero Club.
¿Cuándo ocurrió el accidente? El accidente tuvo lugar el 20 de enero de 1920, durante un vuelo desde Córdoba hacia Cosquín.
¿Dónde se produjo el accidente? El accidente ocurrió en un terreno accidentado cerca de Yocsina, a diez kilómetros de Córdoba.
¿Por qué falló el vuelo? El vuelo falló debido a una obstrucción en el conducto de nafta que impidió que el motor funcionara correctamente.





