La fama es puro cuento

Las puertas

La entrada del club le recordaba todas las demás que había atravesado en su vida. ¿Qué pasa cuando uno vuelve a los lugares de siempre, cuando los habitan nuevas personas? Leé o escuchá el relato.

02/08/2020 | 15:00

Mauricio Coccolo

Mauricio Coccolo

Antes de entrar se puso a pensar en la puerta, en la puerta que tenía delante, la del bar del club, pero también en las otras puertas. En todas las puertas por las que había pasado: la de la cancha, la de casa, la del banco, la de la iglesia, la de la escuela, la del hospital. Por algunas pasaba todos los días y otras habían sido circunstanciales. Sin contar las miles de puertas que nunca cruzaría por diferentes motivos.

Por esa puerta del club había pasado un montón de veces, hasta que un día dejó de usarla. Después de tanto entrar y salir, no había vuelto a cruzar por ahí. Dejar de pasar por una puerta puede significar muchas cosas. O nada en especial. ¿Cuánto hacía que no entraba al bar del club?, se preguntaba sin buscar una respuesta específica.

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Antes de empujar la puerta se miró las manos. Las palmas de las manos. Manos de futbolista, se reía con ironía. De un futbolista correcto. Ni descollante ni distinguido, pero tampoco malo ni mediocre. Correcto. Eso había sido: un jugador de fútbol correcto.

Cuando la puerta se cerró a sus espaldas sintió que las luces del bar se encendían en ese momento. Le pareció arrogante entrar con la pera apuntando al techo. No había sido un jugador más en la historia del club, pero tampoco llegaba a ídolo como para tener esas actitudes que suelen tener los ídolos. Entrar mirando al piso no le parecía, cualquiera que lo reconociera podía pensar que buscaba esconderse y no había nada más alejado de sus intenciones que eso.

Giró levemente la cabeza hacia las copas que estaban en la vitrina. Eran las mismas copas de siempre, en la misma vitrina de siempre y, casi seguro, cubiertas por la misma tierra de siempre. Las miró como si le importaran. Sintió una emoción que —supuso— debería notársele en el brillo de los ojos y dejó que el cuerpo hiciera el resto.

Exageró su renguera habitual, demostrando que el paréntesis que tenía en las piernas era una consecuencia de tantos años de jugar al fútbol. No esperaba que se levantaran para recibirlo, tampoco que lo aplaudieran a su paso. Pensó que con unos murmullos de reconocimiento estaría bien. Arrastró los pies, se frenó sin detenerse y no escuchó nada. Hizo una leve reverencia a la pasada y siguió. Eligió una mesa alejada, pero lo suficientemente cerca como para no perderse los comentarios de los hinchas.

Se sobresaltó cuando el mozo le preguntó qué quería tomar. Reaccionó con una fingida naturalidad y pidió lo de siempre. Cuando se dio cuenta, aclaró que una ginebra con Coca, mitad y mitad. Con dos hielos, por favor. La joven cara del mozo no le resultó familiar. Era lógico que no se conocieran.

Recostado en la silla, buscó señales en la mesa que tenía más cerca. Había diez o doce personas, de edades diversas, hablando de fútbol. Se detuvo en la cara de uno al que le decían Jorgito. Tenía una camiseta del club con las mangas cortadas, como una musculosa, y mostraba con orgullo sus brazos flácidos. Era un hombre con cara de nene y no parecía la fruta más madura del cajón. Lo único que hacía era reírse. Hablaban sobre el calor y Jorgito se reía. Comentaban de lo mal que jugaba el equipo y Jorgito se reía. No se reía a carcajadas. No, la de Jorgito era una sonrisa permanente, con los ojos achinados, moviendo la cabeza como esos muñecos que viajan en la luneta de los autos.

Jorgito lo descubrió escuchando las conversaciones a la distancia, arrugó la frente debajo del flequillo, lo señaló con el índice y se rió como diciendo: ¿y usted quién es? ¿No quiere sumarse a la charla? Los más grandes de la mesa habían empezado a hablar sobre los jugadores de su época. Entre tantos, supuso que alguno tendría que haberlo visto jugar y cuando mencionaran su nombre sería una buena oportunidad para saludar, presentarse, arrimar la silla y pedir otra ginebra.

Hablaron del gringo Copetti, una gloria del club. Un delantero corpulento, goleador, de esos que la hinchada idolatra rápido y fácil. Los goles son el camino más corto para entrar en la memoria de los hinchas. Lo había visto errar mil goles al gringo Copetti, pero los delanteros tienen esa ventaja porque la gente también se acuerda de los goles que erraron. Para los defensores es más difícil quedar en la historia. Además, lo correcto no vende. Con el tiempo, la gente se acuerda de los extremos: de lo bueno o de lo malo.

Fueron y vinieron por distintos años, mencionaron a muchos de los que habían sido sus compañeros. Hablaron de dirigentes y de técnicos, algunos le sonaban familiares y a otros no los había escuchado nunca. Cuando parecía que estaba por salir su nombre, alguien cambiaba la conversación y surgía un tema distinto.

Con un dedo de ginebra en el vaso, ya había perdido la prudencia y escuchaba como si fuera uno más de la mesa. Pensó en decirles: muchachos, ¿no saben quién soy? Pero le pareció una pedantería innecesaria. De todas formas, procuró que su presencia se notara. Que lo registraran.

Jorgito volvió a mirarlo y le mostró su sonrisa incompleta. Además de algunos caramelos en el frasco, a Jorgito también le faltaban dos premolares. Aprovechó y le devolvió el gesto, buscando que alguno de los viejos de la mesa se diera vuelta y por fin lo reconocieran. Pero nada.

Los ojos se le iluminaron cuando escuchó que uno de los pibes preguntaba por un tal García. Un defensor de la década del 60, dijo. ¿Osmar? ¿El uruguayo?, dedujeron los más grandes. No. No, era argentino. No me acuerdo el nombre. Mi abuelo siempre decía que fue uno de los mejores laterales que había visto. No, el uruguayo no puede ser; me parece que vino después, cerca del 80. No me doy cuenta, che. ¿Quién será?, cerró la conversación uno de los viejos sin hacer demasiado esfuerzo.

Habían dicho García. Sí, hablaban de un tal García. Pero no estaban hablando de él. O sí. En realidad sí hablaban de él, pero no lo sabían. Entonces, era como si no hablaran de él. Lo confundían con otro García, también lateral pero derecho.

Pensó en incorporarse y aclararles la confusión, pero no tenía sentido. El último trago de ginebra tampoco tenía sentido. Llamó al mozo. Dejó la plata sobre la mesa, arrastró la silla haciendo ruido en un último intento desesperado por llamar la atención. Jorgito se rió mientras los demás hablaban de la inflación y el precio del dólar.

Se apoyó en el respaldo de la silla, clavó la mirada en la salida, dejó que los ojos se le humedecieran y se fue rengueando, empujado por la intrascendencia del olvido. Cuando tiró de la manija, de una sola cosa estaba seguro: nunca más volvería a pasar por esa puerta.

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