Por qué cae la industria: mucho más que un problema de consumo
Si la gente compra menos, las fábricas producen menos. Pero en la Argentina de hoy esa explicación alcanza sólo para una parte del problema.
10/06/2026 | 14:03Redacción Cadena 3
La caída de la industria en abril volvió a encender una pregunta que atraviesa al Gobierno, a la oposición, a los empresarios y a los trabajadores: ¿Cuándo arranca la economía? La respuesta más simple suele apuntar al consumo. Si la gente compra menos, las fábricas producen menos. Pero en la Argentina de hoy esa explicación alcanza sólo para una parte del problema.
El país no está atravesando una recesión convencional, de esas que se leen con la lógica habitual de cualquier economía: cae la actividad, se espera una recuperación, vuelve el consumo y la rueda empieza otra vez. Lo que ocurre es más profundo. La industria no cae únicamente porque falte demanda. También cae porque una parte del viejo esquema productivo argentino está siendo puesta a prueba como no lo había sido durante décadas.
El economista Pablo Gerchunoff lo planteó con una expresión precisa: la Argentina está metida en un proceso de "destrucción creativa". El concepto fue popularizado por Joseph Schumpeter y describe una dinámica propia del capitalismo: actividades, empresas, tecnologías y empleos desaparecen, mientras otras nuevas surgen y reemplazan a las anteriores.
Eso ocurre todo el tiempo en el mundo. Pasó con los teléfonos, con la música, con el comercio, con el transporte, con la tecnología y con los servicios. Uber, por ejemplo, modificó el negocio del taxi: bajó costos, amplió la oferta, incorporó seguridad en los pagos y en la identificación de usuarios y choferes. Lo nuevo desplazó a lo viejo.
La diferencia es que en la Argentina ese proceso fue contenido durante décadas por decisiones políticas, regulaciones, protecciones, subsidios, cierres de importaciones y acuerdos corporativos. Durante años se levantó un dique para impedir que muchos sectores enfrentaran de lleno la competencia, la modernización o la necesidad de reconvertirse. Ahora ese dique se abrió de golpe.
Por eso la discusión industrial no puede reducirse a si los salarios alcanzan o no alcanzan para comprar más. Claro que el consumo importa. Claro que una familia con ingresos deprimidos compra menos. Pero aun si mañana todos tuvieran más plata en el bolsillo, no necesariamente volverían a comprar lo mismo que antes producía la industria protegida. En muchos casos elegirían productos importados, más baratos o más competitivos.
El caso de Fate funciona como símbolo. Si hubiera más ingresos y más gente pudiera comprar neumáticos, eso no garantiza que creciera la producción local que ya no está. Probablemente muchos consumidores irían hacia cubiertas importadas. Es decir: puede haber más consumo y, al mismo tiempo, menos industria nacional en ciertos rubros.
Ahí está el punto incómodo. La Argentina no sólo discute una recuperación económica. Discute una reconversión productiva. Y esa reconversión tiene ganadores y perdedores. Tiene sectores que miran hacia Vaca Muerta, la minería, la energía, el agro más tecnificado y la economía del conocimiento. Pero también tiene trabajadores industriales del Gran Buenos Aires, del conurbano, de Córdoba, de Santa Fe o de cualquier polo fabril que no pueden esperar 20 o 30 años a que el futuro les llegue.
Gerchunoff puso el dedo en la llaga cuando advirtió que no se les puede decir a esos trabajadores que esperen a que sus hijos aprovechen las oportunidades del futuro o que se muden a Añelo para trabajar en el petróleo. Esa no es una transición. Eso es pedirle a una parte de la sociedad que desaparezca del mapa económico sin ofrecerle una salida.
El Gobierno de Javier Milei tiene razón cuando señala que muchos sectores fueron sostenidos artificialmente durante años. Pero se equivoca si cree que alcanza con liberar fuerzas del mercado y esperar que el reacomodamiento ocurra solo. La destrucción creativa puede ser necesaria desde el punto de vista económico, pero si no se administra políticamente puede convertirse en destrucción a secas.
La oposición, por su parte, denuncia con dramatismo las víctimas de este proceso. Y esas víctimas existen. Son reales. Son trabajadores, pymes, familias, barrios enteros. Pero buena parte de esa oposición también fue protagonista del sistema que postergó durante décadas la adaptación de la economía argentina. Frenó los cambios, protegió ineficiencias y sostuvo actividades que algún día iban a enfrentar el mundo real. Ese día llegó.
La paradoja es cruel: lo que otros países procesaron de manera gradual, la Argentina lo vive todo junto. Por eso la caída industrial no es apenas un dato mensual del Indec. Es la fotografía de un cambio mucho más grande. Un país que durante años quiso evitar la competencia ahora se encuentra con la competencia de golpe. Un país que protegió empleos sin preparar nuevos empleos ahora descubre que la protección no era eterna. Un país que demoró las reformas ahora las enfrenta con prisa.
La pregunta es cómo Argentina cambia sin romperse. Porque una transformación productiva sin transición social puede generar más rechazo que futuro. Y una economía que sólo ofrece promesas para los hijos, pero no respuestas para los padres, difícilmente construya estabilidad política.
La industria cae por consumo, sí. Pero también cae porque la Argentina está dejando atrás un modelo que durante décadas funcionó con protección, precios altos, baja competencia y poca productividad. El problema es que lo viejo se está destruyendo más rápido de lo que lo nuevo puede absorber.
Ese es el verdadero desafío del Gobierno: no sólo ordenar la macroeconomía, no sólo bajar la inflación, no sólo abrir la economía, sino administrar humanamente el costo de la transición. Porque la destrucción creativa puede ser una oportunidad histórica. Pero sin política, sin contención y sin salida para los perdedores, también puede convertirse en una bomba social.





