Para el profeta más fanático de Milei, estamos condenados al éxito; pero es mudo
El viceministro de Economía transmite una fe racional en el rumbo de Milei, pero el Gobierno parece hablarle sólo a los convencidos.
15/05/2026 | 13:24Redacción Cadena 3
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Ahora país
José Luis Daza pasó por Córdoba como quien lleva una revelación bajo el brazo. Invitado por la Bolsa de Comercio, el viceministro de Economía de Luis Caputo desplegó un diagnóstico tan optimista como infrecuente en la Argentina: para él, el país tiene por delante el mejor panorama en décadas para iniciar un ciclo de crecimiento sostenido.
No lo planteó como una expresión de deseo ni como un eslogan de campaña. Lo hizo con números, comparaciones internacionales y una convicción difícil de disimular. Daza, un economista de trayectoria en organismos internacionales, la banca de inversión y el mundo académico, parece sinceramente convencido de que "todo está calzado": el orden fiscal, la baja de la inflación, el superávit energético, la acumulación de reservas, la llegada de inversiones y una Argentina que, según su mirada, ya cambió para siempre.
El contraste con el humor social es inevitable. Mientras una parte del país todavía mide el ajuste en el changuito, en la factura de servicios o en el salario que no alcanza, Daza habla de una economía que se prepara para despegar. Donde otros ven fatiga, él ve disciplina. Donde muchos temen una nueva crisis de dólares, él observa un cambio de comportamiento: argentinos que compran divisas, pero las dejan dentro del sistema financiero. Donde otros desconfían de la inversión extranjera, él remarca que esta vez las inversiones llegan para exportar y generar sus propios dólares.
Su argumento tiene una lógica poderosa. No es lo mismo una inversión pensada para vender en el mercado interno y luego demandar dólares para girar utilidades que una petrolera, una minera o una empresa energética que exporta y genera divisas. En esa diferencia se apoya buena parte del optimismo oficial: la promesa de que el problema externo argentino, tantas veces terminal, esta vez podría empezar a resolverse por la vía productiva.
Pero allí aparece la paradoja política. Si Daza es uno de los voceros más brillantes y persuasivos de ese diagnóstico, ¿por qué el Gobierno no lo usa para intervenir con más fuerza en el debate público? ¿Por qué esa explicación queda encapsulada en ámbitos empresariales, presentaciones pautadas o conversaciones con públicos ya convencidos?
El problema de La Libertad Avanza no es sólo económico. También es comunicacional e institucional. El Gobierno tiene profetas, pero muchas veces parecen hablar en misa para el coro. Daza puede convencer a empresarios, inversores y dirigentes que ya están predispuestos a creer en el rumbo. Lo más difícil es convencer al ciudadano común, al que no mira planillas de Excel sino precios, tarifas y su propio cansancio.
Y, sobre todo, el Gobierno necesita convencer a los escépticos antes de que la política vuelva a organizar el miedo. Porque la Argentina es especialista en profecías autocumplidas. Si el crecimiento se demora, si aparece la fatiga social, si se acumulan casos incómodos como el de Manuel Adorni o si un opositor como Axel Kicillof promete patear deudas, desconocer compromisos o volver a emitir sin límites, el clima puede cambiar muy rápido.
Esa es la fragilidad del milagro argentino: no alcanza con que las variables estén alineadas si la confianza no está blindada. Y la confianza, en este país, no se defiende sólo con discursos optimistas. También se defiende con instituciones.
Por eso resulta llamativo que el oficialismo no avance con más decisión en reformas que puedan encorsetar a cualquier futuro gobierno que quiera volver al desorden. Un Banco Central normalizado, con autoridades designadas como corresponde y con verdadera autonomía política, podría ser una señal fuerte. Un freno institucional a la emisión descontrolada sería más potente que cualquier promesa de campaña. Si la Corte Suprema ya marcó límites sobre el financiamiento monetario, el Gobierno podría intentar convertir esa doctrina en una arquitectura duradera.
Javier Milei parece entender mejor que nadie el valor simbólico del orden fiscal. Según Daza, parte de la singularidad del Presidente está en su obsesión por no gastar un peso de más y por no permitir que el Banco Central deje dinero sobrante en la calle. Esa disciplina es, para el equipo económico, el corazón del cambio.
Pero una obsesión presidencial no equivale a una garantía institucional. Milei puede ordenar, exigir y controlar. El problema es qué queda si Milei no está, si pierde poder o si un próximo gobierno decide dinamitar ese sendero.
Allí la pregunta deja de ser económica y se vuelve política: ¿el Gobierno quiere administrar un cambio o fundar un régimen económico nuevo? Si quiere lo segundo, necesita algo más que buenos números y funcionarios brillantes. Necesita explicar, convencer, legislar y dejar candados institucionales.
Daza transmite una fe racional en el rumbo libertario. No parece un vendedor de humo, sino un creyente con argumentos. Pero también quedó la sensación de que esa fe circula demasiado puertas adentro, entre quienes ya aceptaron el credo.
El Gobierno necesita hablar menos sólo con los fieles y mucho más con los pecadores comunes. Porque en la Argentina casi nadie cree para siempre. La mayoría duda, va y viene, se entusiasma y se asusta. Y si la política no ocupa ese espacio con explicaciones, lo ocupará el miedo.





