El terremoto del populismo extremo
La tragedia en Venezuela no sólo expuso el drama de un país golpeado por la naturaleza. También dejó al desnudo las ruinas de un Estado que durante décadas prometió proteger a los pobres y terminó desarmando todo lo que debía cuidarlos.
26/06/2026 | 11:31Redacción Cadena 3
Las imágenes de Venezuela estremecen. Son apabullantes, tristes, insoportables. La cifra de muertos ya supera los 500 y todavía puede seguir creciendo. Hay familias buscando entre los escombros, hospitales desbordados, barrios destruidos. ¿Cómo puede un país que recibió una fortuna petrolera semejante llegar tan indefenso a una catástrofe de esta magnitud?
El terremoto fue natural. La desprotección, no.
Ahí empieza la verdadera parábola del chavismo. Cuando Hugo Chávez llegó al poder, en febrero de 1999, el petróleo estaba en valores bajísimos. Ese derrumbe del crudo había sido una de las razones económicas que explicaron la crisis previa y el surgimiento de aquel liderazgo populista, carismático y mesiánico. Pero poco después, el precio empezó a subir. Y subió como pocas veces en la historia: en 2008 llegó a rozar los 147 dólares por barril.
Venezuela recibió una fortuna. No una ayuda ocasional, no un viento de cola menor: una catarata de recursos que pudo haber transformado al país. Pudo haber financiado infraestructura, rutas, hospitales, escuelas, redes de agua, sistemas de alerta temprana, organismos de emergencia, viviendas seguras y una petrolera moderna al servicio del desarrollo.
Pero el chavismo hizo otra cosa. Usó esa fortuna para construir poder.
Primero cambió la Constitución. Después avanzó sobre PDVSA, la gran caja petrolera. Luego financió una maquinaria política colosal, multiplicó el gasto público, estatizó, persiguió, controló medios, subordinó instituciones y convirtió la renta petrolera en combustible para la fanfarronería ideológica. Chávez levantó una épica de cartón pintado: discursos eternos, enemigos imaginarios, promesas redentoras y un aparato de propaganda que vendía revolución mientras el país se vaciaba por dentro.
El problema del populismo extremo no es sólo que gasta mal. Es peor: destruye capacidades. No se limita a desaprovechar la riqueza; la invierte en demoler los anticuerpos de la sociedad. Donde había empresas, pone obediencia. Donde había instituciones, pone partido. Donde había técnicos, pone comisarios políticos. Donde debía haber previsión, pone relato.
Así se llega a esta escena brutal: un país con petróleo, pero sin respuesta; con propaganda social, pero sin servicios básicos; con promesas de viviendas populares, pero con edificios vulnerables; con discursos sobre el pueblo, pero con el pueblo cavando entre los escombros casi con las manos.
La llamada Misión Vivienda fue uno de los grandes emblemas de esa lógica. El chavismo prometió casas para los pobres, casi como una redención habitacional. Pero muchas de esas construcciones quedaron atravesadas por denuncias de corrupción, improvisación y mala calidad. Hoy, en medio del desastre, esa promesa vuelve como una imagen despiadada: lo que se ofrecía como protección terminó siendo parte del riesgo.
No se trata de usar una tragedia para hacer una consigna. Se trata de entender que los muertos no son un argumento ideológico, pero la falta de Estado sí tiene responsables políticos. Un terremoto puede golpear a cualquier país. Lo que cambia es qué encuentra cuando llega: encuentra instituciones o encuentra ruinas; encuentra protocolos o encuentra improvisación; encuentra maquinaria, rescatistas y hospitales preparados, o encuentra escenografía.
Venezuela tuvo más de dos décadas de chavismo y madurismo para prepararse. Tuvo recursos. Tuvo tiempo. Tuvo petróleo. Lo que no tuvo fue un proyecto serio de país. Tuvo un seleccionado de charlatanes administrando una riqueza extraordinaria como si fuera patrimonio propio y no futuro colectivo.
Chile también sufrió terremotos devastadores. El de 2010 fue brutal, con tsunami incluido. Pero Chile, con todos sus problemas y con gobiernos de distinto signo político, construyó algo que Venezuela perdió: continuidad institucional, normas, controles, códigos de construcción, organismos técnicos y capacidad de respuesta. La diferencia no está en que la naturaleza sea más benévola con unos que con otros. La diferencia está en el Estado que espera de pie o en el Estado que ya estaba caído antes del temblor.
Eso es lo que el terremoto venezolano deja a la vista. No sólo se cayeron edificios. Se cayó, una vez más, el decorado de una revolución que prometió dignidad y terminó repartiendo dependencia, pobreza y miedo. Se cayó la fantasía de que la épica reemplaza a la administración. Se cayó la mentira de que basta con hablar en nombre del pueblo para cuidar al pueblo.
El chavismo convirtió una de las mayores bonanzas petroleras de la región en un país sin agua, sin hospitales suficientes, sin infraestructura confiable y sin capacidad plena para auxiliar a sus propios ciudadanos en la hora más desesperante.
Esa es la tragedia política que acompaña a la tragedia humana.
Porque el terremoto sacudió a Venezuela durante segundos. Pero el populismo extremo la viene demoliendo desde hace más de veinte años.






