La fama es puro cuento

Ser feliz

Desde una cancha de barrio, mientras se prepara para jugar un partido con amigos por algunos pesos, Carlitos describe aquel sentimiento. Leé o escuchá el relato.

09/08/2020 | 15:31

Mauricio Coccolo

Mauricio Coccolo

El techo de chapa, bajo y herrumbrado en los rincones, generaba un clima espeso: siempre hacía calor en ese vestuario. Sentado contra la pared descascarada, Carlitos miraba cómo se cambiaban los demás y no podía dejar de preguntarse por la felicidad: ¿qué sería la felicidad?

Todos los sábados se juntaban en la única canchita del barrio a jugar al fútbol por plata. Casi siempre iban los mismos, algunos eran amigos, otros se conocían de vista, no tenían un equipo estable, pero jugaban como si lo fueran. Carlitos trataba de no faltar porque le gustaba jugar y podía ganarse unos pesos, pero también porque si faltaba para volver tenía que esperar hasta que se bajara otro.

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Carlitos disfrutaba el momento de cambiarse, enfundado en unas calzas grises que alguna vez habían sido negras, se dejaba llevar por las canciones que salían desde el rincón donde el musiquero parecía una chanchita descansando en su corral.

Siempre empezaba con las vendas: del fondo del bolso sacaba una maraña de telas, apoyaba el pie descalzo sobre la tabla que usaban para sentarse, estiraba las vendas sobre el muslo y las enrollaba hasta formar dos cilindros perfectos. Después se ponía las medias y se vendaba los tobillos. Alguien le había dicho que no era conveniente vendarse así, pero Carlitos se sentía más protegido con las vendas arriba de las medias.

Tenía tres o cuatro pantalones para jugar al fútbol, pero casi siempre usaba uno blanco, con tres tiras azules en los costados, el número 8 en la pierna derecha y el logo de la marca en la izquierda. Carlitos trataba de alternar para no ponerse siempre el mismo pantalón, pero el blanco era su preferido porque se parecía al de Caniggia en el Mundial de Italia.

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Después de los botines, lo último que se ponía Carlitos era la camiseta, le gustaba alisarla con la mano sobre el pecho y dejarla bien prolija, adentro del pantalón. Cada semana alguien se llevaba las camisetas para lavarlas y después se encargaba de repartirlas: parado con la bolsa en el medio del vestuario, sacaba y tiraba remeras al azar. Algunos cabuleros, y otros coquetos, elegían sus números pero como todas eran del mismo talle cualquiera daba lo mismo.

Cuando Carlitos descubrió que le había tocado en suerte la número 8, presintió que las cosas se estaban acomodando después de una semana complicada. Decía complicada para no decir del demonio. Había trabajado como un burro y apenas le alcanzaba la plata para llegar a fin de mes, por eso no le venía nada mal ganarse unos pesos esa tarde.

Mientras se ataba los cordones, pasándolos por debajo de la suela de los botines, Carlitos no podía dejar de pensar en la felicidad, en qué era la felicidad. Jugar al fútbol lo hacía feliz, sin dudas. Todos en ese vestuario eran felices jugando, pero no estaban pensando en disfrutar un picado con amigos, sino en salir a jugar por plata. Entonces, Carlitos sintió algo parecido a la presión porque un acierto o en un error significaban ganar o perder la plata de la semana.

Cuando se juega al fútbol por plata, y sin árbitros, las reglas son las mismas de siempre, pero hay un código fundamental: nadie hace nada que no le gustaría que le hagan. Cada uno cobra las infracciones que le comenten —solo las que son—, no se finge y todos juegan, dentro de lo posible, en silencio: sin boquear ni llorar.

En la canchita del barrio, en lugar de los famosos torneos relámpago, habían inventado el “fútbol ruleta”. Antes de empezar, se dejaba claro con un grito: “¡Jugamos a la ruleta, muchachos!”. Entonces, cada uno pasaba por la caja de zapatos que estaba en una mesita al lado de la puerta y dejaba los billetes de su apuesta. No había montos mínimos ni máximos, cada cual ponía lo que podía, o lo que quería.

Se jugaba un solo partido durante todo el día, pero era como si fueran muchos partidos, uno detrás del otro, porque después de cada gol los ganadores se repartían el pozo y volvían a apostar. Y así sucesivamente hasta que se hacía de noche. Si alguno de los jugadores se quedaba sin plata, no podía seguir y dejaba a su equipo con uno menos. La mayoría apostaba poco al principio y se jugaba todo a la nochecita, antes del último gol.

En ese “fútbol ruleta”, de apuestas continuadas, cada pelota podía ser al mismo tiempo la única y la última. El miedo al error se olía en el aire. Todos sabían que una mala decisión terminaba casi siempre con un gol del rival y eso significaba perder. Y perder era perder plata: la propia, pero también la de los otros.

Después de dar vueltas por la canchita a contramano del partido casi toda la tarde, cuando lo vio venir, Carlitos supo muy bien que ese centro cruzado era su momento. El único que tendría. La parábola perfecta de la pelota, desafiando la penumbra, era la respuesta que había estado buscando desde que estaba sentado en el vestuario: ¿qué es la felicidad?

Carlitos sabía que solo podía hacer una cosa. Y la hizo. Apoyó la pierna izquierda hundiendo los tapones en la tierra. No giró porque los ligamentos de la rodilla se lo impidieron. Sacó la potencia desde la cadera. Casi que le pegó con la cadera. Se acostó en el aire sin despegarse del piso y con el empeine envolvió la pelota para soltarla redonda, redondita, como no había estado desde que era nueva.

El balón besó a la pasada la cara interna del despintado caño derecho y se perdió en la inmensidad de la nochecita, dejándose atrapar por las redes del aire. Los gritos y los abrazos de sus compañeros devolvieron a Carlitos al mundo real. No estaba del todo seguro, pero si ese gol no era la felicidad se le parecía bastante.

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