La fama es puro cuento

El llanto del relator

"Sin buscarlo, un día el Bocha descubrió que le gustaba ser relator, de casualidad, jugando al 25". Leé y escuchá el cuento.

13/02/2021 | 13:30

Mauricio Coccolo

Mauricio Coccolo

El 25 es como jugar al fútbol, pero no es jugar al fútbol porque no se juega un partido. Como pasa con el truco, el 25 tiene muchas y variadas reglas pero las más importantes son iguales en todos lados. El objetivo principal es meter goles sumando la mayor cantidad de puntos, con diferentes lujos, entre todos los jugadores. La particularidad del juego es que se trata de evitar permanecer en el arco. O mejor dicho: estar en el arco cuando la cuenta se arrima al final.

Justo es decirlo: nadie se junta a jugar al 25. Por eso generalmente se dice: “Che, hagamos un 25”, mientras se espera hasta que llegue más gente para armar el picadito. También hay que decir que lo más atractivo que tiene el 25 es la prenda para el que termina en el arco: la más común suele ser el “fusilamiento”. El perdedor se tiene que aguantar los pelotazos, paradito sin moverse en el medio del arco, de cada uno de los participantes que tratan de acertarle con fuerza pero sin violencia. Incluso, en los campitos más benévolos los remates se hacen sin tomar carrera para que el arquerito caído en desgracia no sufra tanto y los verdugos-pateadores se vean obligados a demostrar verdadera puntería.

Atento a las circunstancias bastante aburridas del 25, el Bocha buscó una forma de ponerle un poco más de emoción y empezó a relatar las acciones del juego. Casi sin quererlo, descubrió que su garganta sonaba mucho mejor que hacía unos años cuando había recitado unos versos del Martín Fierro en un acto de la escuela. Los amigos lo alentaban para que siguiera porque era divertido y además zafaban de ir al arco porque el Bocha, entusiasmado con el tema de relatar, prefería atajar para tener mejor perspectiva.

Lo increíble fue que el asunto tomó un impensado ribete de seriedad cuando el dueño de la FM del pueblo le ofreció al Bocha relatar los partidos que Unión jugaba de local. La idea surgió, como casi todas las improvisaciones, un poco por azar y otro poco por necesidad. El dueño de la radio hacía rato que venía pensando lo de las transmisiones y terminó de convencerse cuando de paso por el campito lo escuchó al Bocha: empujado por sus gritos predictivos no pudo evitar el cabezazo al aire para acompañar el relato de un gol que ni siquiera tenía intenciones de ver.

El Bocha pensó que lo tenía que pensar, y mientras se lo consumía la ansiedad el domingo se le vino encima. Tuvo que levantarse bien temprano porque, aunque no pareciera, tenía mucho trabajo por hacer. Primero grabó los avisos publicitarios en un casete de 90, uno atrás del otro separados por una breve pausa; trató de hacerlos con una voz distinta para que no se notara tanto que era él mismo. Después se fue hasta la única casa con teléfono atrás de uno de los arcos, convenció a la dueña de que no tenía nada de malo quedarse incomunicada por unas horas y empezó a tirar el cable hasta el techo del bufé de la cancha. Por si algún inoportuno camionero tenía la infeliz idea de pasar con su camión justo por esa calle, el Bocha llevó la línea lo más alto que pudo hasta llegar a la improvisada cabina de transmisión usando los eucaliptus como torres temporarias.

El Bocha nunca imaginó que ser relator sería tan difícil. Pensó que alcanzaba con tener anotados en una hoja los nombres, apellidos y números de los jugadores, pero no tuvo en cuenta que además tenía que buscarlos en la cancha, identificarlos, seguirlos, descifrar qué estaban haciendo, qué podían hacer, cómo se desarrollaban las acciones y, por si todo eso fuera poco, decirlo por la radio. Sin contar el trabajo extra de hacer las pausas para apretar el botón de play del grabador, donde tenía las publicidades con su propia voz. “Tiene que salir toda la tanda, nene”, fue la única orden que le había dado el dueño de la radio antes de empezar.

Como todas las cosas nuevas, y más en los pueblos, nadie se las quiere perder por eso todos los que iban habitualmente a los partidos llevaron su aparatito para escuchar, otros tantos volvieron después de mucho tiempo a la cancha solo para ver de qué se trataba toda esa locura y hasta los que no tenían ni idea de fútbol se prendieron a la transmisión desde sus casas.

El trámite anodino del primer tiempo le ayudó a zafar al Bocha, que al principio parecía un niño cantor de la lotería porque sólo atinaba a decir el número de quien llevaba la pelota: “Domina el 9, se la pasa al 3. Toca al medio para el 10. Centro al área… llega el 11, cabezazooo… ¡Afuera!”. Ya con el ritmo en la piel y las cuerdas vocales, durante la segunda parte se soltó un poco más y hasta se animó a meter algunas frases que había escuchado de otros relatores: “Goool… pe de aire”, dijo tras un remate del gringo Seia que pasó cerca.

El gringo Seia era el jugador que el Bocha más nombraba, no porque todas las pelotas pasaran por él sino porque lo tenía bien identificado ya que era el único rubio en la cancha.

Justamente, el gringo Seia en el último minuto del partido (vaya uno a saber por qué el último minuto siempre tiene esa costumbre de robarse el protagonismo de los 89 previos) armó una jugada antológica. Arrancó por la derecha, lo vio bien el Bocha y fue relatando: “Seia se escapa de la marca, toca al medio para Guzmán. Éste de primera devuelve el pase para Seia. Otro defensor queda en el camino”.

En un pestañeo de laucha, el gringo frenó su alocada carrera y eso le permitió al Bocha tomar aire y asegurarse de que era el gringo, y no otro, el que estaba por pegarle al arco. De nuevo lo vio bien el Bocha: “Seia en las inmediaciones del área. Le va a pegar, le pegooó…”.

El vuelo de la pelota fue casi perfecto… si no fuera por el casi. Rozó el palo y rebotó en el tapial, que por una inexplicable tradición en todas las canchas de los pueblos está bien pegado detrás de los arcos. Por culpa del efecto, la pelota hizo una comba para adentro y después del rebote quedó atrapada en la red, pero del lado de afuera. Tipo ansioso, el Bocha no se detuvo a pensar en todo eso, cerró los ojos, se metió en sí mismo a buscar su alma y la sacó para que gritara un interminable: “¡¡¡Goool… Goool… Gooolll!!!”.

Por suerte, aun sin buscarlo, siempre hay un segundo de lucidez que se las ingenia para aparecer incluso en el medio de la más alocada locura. Eso le pasó al Bocha, que se dio cuenta de que ningún grito ajeno lo había acompañado. Agudizó el odio y percibió algunas risas burlonas mezcladas con un runrún extraño. Abrió los ojos con más miedo que vergüenza y vio varias manos con los dedos juntos que se agitaban por encima de las cabezas como preguntándole: “¡¿Qué viste?! ¡¿Qué gritás?!”. Terminó de desplomarse sobre la silla cuando advirtió que la pelota mansamente esperaba en el vértice del área chica para que el central le metiera un puntinazo.

El Bocha pensó que lo mejor sería desenchufar los equipos, bajarse del techo, irse a su casa mirando al piso y tratar de hacer como que nada había pasado hasta que todos en el pueblo se olvidaran. Si es que eso era posible.

Aturdido por semejante barullo, de una sola cosa estaba bien seguro el Bocha: no había sido gol. Pero el relato, que sí había sido, era su primer llanto. El llanto de un relator que acababa de nacer. Por eso no desenchufó y siguió. 

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