El insólito tiro en los pies del Gobierno por la muerte del Indio Solari
La reacción oficial ante la despedida popular del músico dejó al descubierto un problema político más profundo: el Gobierno parece cada vez más lejos de entender la calle.
09/06/2026 | 14:01Redacción Cadena 3
Cada gobierno tiene sus figuras preferidas. Sus artistas, sus intelectuales, sus comunicadores, sus símbolos. Y también tiene, claro, aquellos nombres que le resultan ajenos, incómodos o directamente insoportables.
Puede ser por sus letras, por sus declaraciones públicas, por su estética, por sus seguidores o porque, simplemente, los siente de la vereda de enfrente. Algo de eso le pasó a este Gobierno con el Indio Solari.
No era una figura amable para el oficialismo. En mayo de 2024, en una entrevista con Horacio Verbitsky, el Indio había sido durísimo con Javier Milei. Dijo que había “un loco de presidente”, se preguntó si era “mascarón de proa de algún interés” y advirtió que no veía posibilidad de que aquello terminara bien. No eran apenas diferencias de matiz. Era una crítica frontal, de esas que el Gobierno suele archivar en la carpeta de los enemigos.
Pero una cosa son los chisporroteos de ida y vuelta cuando alguien está vivo, cuando puede responder, polemizar o defenderse. Otra muy distinta es la reacción ante la muerte. Primero, por respeto elemental a una persona que ya no está. Y después, por algo todavía más evidente desde el punto de vista político: cuando una muerte provoca una conmoción popular masiva, ya no se discute sólo con el muerto. Se discute con millones de personas que lo lloran.
Ahí estuvo el tiro en los pies del Gobierno.
El silencio oficial fue marcado. No hubo duelo nacional. No hubo un gesto institucional contundente. Hubo frialdad. Y esa frialdad, que quizás buscó evitar una escena incómoda para el oficialismo, terminó siendo funcional a sus adversarios.
El kirchnerismo y Axel Kicillof se sintieron herederos naturales de esa devoción popular. Y el Gobierno, con su distancia, no hizo más que subrayarlo. Como si dijera, sin decirlo, que ese dolor no le pertenecía. Como si creyera que toda esa multitud tenía una sola coloratura política.
Ese es el gran error. Creer que la despedida al Indio fue apenas una movilización kirchnerista. No lo fue. Había kirchneristas, sin dudas. Pero también había peronistas no kirchneristas, desencantados, apolíticos, rockeros de toda la vida, familias enteras, trabajadores, pibes que heredaron canciones, adultos que crecieron con Los Redondos y gente que tal vez jamás votaría al peronismo, pero que no tenía al Indio como enemigo.
El Gobierno confundió una multitud popular con una unidad básica. Y ahí empezó a perder una batalla que no necesitaba dar.
Peor todavía fueron algunas barbaridades que se escucharon en estos días. Nicolás Márquez, uno de los libertarios más notorios del ecosistema mileísta, habló de "lumpenaje embrutecido". También trató al Indio de hipócrita, dijo que vivió como un magnate y lo acusó de defender ideas que empobrecieron a quienes lo iban a ovacionar.
Es una pelea perdida antes de empezar. Una batalla al divino botón. Un elitismo estéticamente enojado que sólo disciplina a los propios y llena de ira a los fanáticos, pero también a muchos que ni siquiera lo eran. Porque hay gente que quizá no compartía las ideas políticas del Indio, ni su mística ricotera, ni su mundo, pero que entiende que ante el dolor ajeno el silencio suele ser un buen compañero.
No hace falta fingir emoción. No hace falta sobreactuar condolencias. Pero tampoco hace falta denostar a quienes aman algo que uno no entiende.
La propia ministra de Seguridad de la Nación, Alejandra Monteoliva, reconoció que la organización estuvo bien y que no hubo mayores disturbios. Entonces, ¿qué sentido tiene hablar de lumpenaje? ¿Qué se gana tratando de embrutecida a una multitud que fue a despedir a un artista popular y que, en términos generales, se comportó con una razonabilidad que debería ser agradecida?
La política, en algún punto, se trata de entender a la gente. Incluso cuando esa gente no vota como uno quiere. Incluso cuando canta canciones que incomodan. Incluso cuando ocupa la calle con una estética que a algunos les da miedo, rechazo o asco.
Si te molesta la gente en la calle, si te fastidia la emoción colectiva, si todo lo popular te parece sospechoso, quizá el problema no sea la gente. Quizá el problema sea que estás perdiendo sensibilidad política.
La periodista Luciana Vázquez se preguntó en La Nación si Milei “ya no la ve”. La frase apunta a algo más profundo que una anécdota ricotera. En 2023, Milei tuvo una sintonía fina para detectar el hartazgo contra la política profesional. Vio lo que otros no veían. Leyó una emoción social, la interpretó y la transformó en poder. Pero gobernar también exige leer las emociones que no son propias. Y ahí parece haber una desconexión creciente.
El peronismo tiene una ventaja histórica: cuando ve una multitud en la calle, dice "es mía, mía, mía". A veces exagera. Muchas veces se apropia de sentimientos que lo exceden. Pero entiende algo básico: donde hay pueblo reunido, hay política. Donde hay dolor compartido, hay identidad. Donde hay fiesta colectiva, hay una energía que ningún gobierno debería despreciar.
Pasó con la Selección en 2022. Cuatro millones de personas en la calle. Una celebración popular desbordante. Sin embargo, la Selección no fue a la Casa Rosada. El mayor triunfo deportivo argentino de las últimas décadas no pudo tener una foto institucional con el poder político. Y ahora, desde otro costado, un ídolo popular que no compartía las ideas del Gobierno tampoco pudo ser despedido en un espacio público nacional de enorme carga simbólica, como sí ocurrió con otras figuras, desde Gardel hasta Mercedes Sosa.
Es penoso, pero dice mucho del país. Y también dice mucho de la dificultad de algunos gobiernos para abrazar símbolos que no controlan.
Tal vez, por carambola, la despedida en Villa Domínico tuvo algo de lo que el Indio habría querido: ese tono de conurbano, esa estética popular, esa mezcla de barrio, música, dolor y gratitud. No fue el Congreso ni la Casa Rosada. Fue otra cosa. Y quizá por eso mismo terminó siendo más genuina.
Lo importante, además, es que no pasó lo peor. Después del antecedente del velorio de Maradona en plena pandemia, que terminó en un desastre, esta vez algo se aprendió. Hubo desborde emocional, claro. Hubo multitudes. Hubo molestias para vecinos y dificultades operativas. Pero no hubo una tragedia ni incidentes mayores. Eso, en la Argentina, no es poco.
El Gobierno podía elegir el silencio prudente, el respeto sobrio o un gesto institucional mínimo. Eligió, en cambio, una distancia fría que otros llenaron de sentido. Y alrededor del oficialismo aparecieron voces que hicieron el resto: desprecio, superioridad moral, enojo de clase y una incapacidad alarmante para comprender lo que estaba pasando.
El Indio Solari fue más que sus ideas políticas de los últimos años. Fue más que sus frases contra Milei. Fue más que la apropiación que intente hacer el kirchnerismo. Fue una figura popular inmensa, contradictoria, discutible, pero profundamente arraigada en varias generaciones.
El fin de semana quedó claro. Muchos lo entendieron. El Gobierno, otra vez, pareció mirar desde lejos.





