Se complica la reforma electoral impulsada por el Gobierno
10/07/2026 | 10:05Redacción Cadena 3 Rosario
Hay una regla no escrita en la política que rara vez falla: un gobierno no debería impulsar proyectos que sabe de antemano que no tiene posibilidades de aprobar. No se trata solamente de una cuestión legislativa; se trata de autoridad política. Cuando un oficialismo presenta una iniciativa sin haber construido previamente los consensos necesarios, lo que termina exhibiendo no es fortaleza, sino debilidad.
Eso es lo que, a mi juicio, está ocurriendo con la reforma electoral que impulsa el Gobierno. La discusión sobre las reglas con las que se vota nunca es un debate menor. Al contrario, es una de las conversaciones más delicadas que puede darse dentro de una democracia, porque define la manera en que la voluntad popular se transforma en representación política.
Modificar un sistema electoral exige mucho más que una buena idea. Requiere diálogo, negociación y una construcción paciente de acuerdos. No alcanza con anunciar una reforma ni con confiar en que el liderazgo presidencial resolverá automáticamente las resistencias. La política funciona de otra manera.
Lo que observo es que el oficialismo decidió avanzar demasiado rápido, sin haber realizado ese trabajo previo. El resultado está a la vista: aparecen diferencias no solamente en la oposición, algo completamente esperable, sino también dentro de los propios espacios que acompañan al Gobierno e incluso entre dirigentes de La Libertad Avanza.
Cuando eso sucede, el costo político es inevitable. Los gobernadores aprovechan la situación para negociar recursos, los distintos bloques parlamentarios elevan el precio de su apoyo y el Poder Ejecutivo termina pagando políticamente por un proyecto que ni siquiera tiene garantizado su tratamiento. Así funciona la política desde hace décadas.
Hay otro aspecto que me preocupa todavía más. La incertidumbre. Un gobierno debería reducir la incertidumbre, nunca aumentarla. Eso vale para la economía, donde las reglas claras favorecen la inversión, y también para la política, donde los partidos necesitan saber con qué sistema deberán competir dentro de pocos meses.
Hoy nadie tiene esa certeza. El oficialismo sabe quién será su candidato presidencial. Pero la oposición todavía debe resolver liderazgos, alianzas y mecanismos de selección. Cambiar las reglas sobre la marcha o mantener abierta esa incertidumbre termina afectando a todo el sistema político.
Incluso sectores que acompañan buena parte del rumbo económico comienzan a hacerse preguntas razonables. Se preguntan qué ocurrirá si el escenario electoral se vuelve más competitivo de lo previsto, qué alternativas existirán y cómo podrán organizarse si las reglas siguen siendo una incógnita. Esa incertidumbre tampoco beneficia al propio Gobierno.
La experiencia argentina demuestra que la reelección nunca está asegurada. Desde la reforma constitucional, muy pocos presidentes lograron renovar su mandato. Los casos exitosos coincidieron con contextos económicos muy particulares: inflación controlada, crecimiento del consumo y una percepción social de mejora sostenida. Hoy algunas variables evolucionan favorablemente, pero otras todavía están lejos de ese escenario.
Por eso creo que ningún oficialismo debería actuar como si la elección ya estuviera definida. La política exige prudencia, especialmente cuando todavía falta tanto para que los argentinos vuelvan a votar. Confiar exclusivamente en la fortaleza presidencial sin construir acuerdos suele ser una apuesta demasiado riesgosa.
El problema de fondo es otro. El Gobierno todavía muestra señales de una inexperiencia política que aparece una y otra vez. Gobernar no consiste únicamente en tener razón o en presentar proyectos técnicamente correctos. Gobernar también significa persuadir, negociar, escuchar y construir mayorías antes de anunciar grandes transformaciones.
La autoridad presidencial es un activo indispensable, pero nunca alcanza por sí sola. Ningún presidente argentino, por más popular que haya sido, logró imponer reformas profundas únicamente con el peso de su palabra. Siempre necesitó aliados, consensos y acuerdos.
Por eso considero que esta discusión trasciende la reforma electoral. Lo que realmente está en juego es la capacidad del Gobierno para transformar sus objetivos políticos en resultados concretos. Si las iniciativas continúan lanzándose sin el trabajo previo de construcción política, el riesgo no será solamente perder una votación parlamentaria. El verdadero riesgo será instalar la percepción de que existen buenas ideas que no logran convertirse en realidad por falta de experiencia para llevarlas adelante.
Lectura rápida
¿Qué está impulsando el Gobierno? La reforma electoral.
¿Quién está avanzando rápidamente sin consensos? El oficialismo.
¿Cuándo deberían los partidos saber las reglas para competir? Dentro de pocos meses.
¿Dónde se observa incertidumbre política? En el sistema político y en el contexto electoral.
¿Por qué es importante construir acuerdos antes de anunciar reformas? Para evitar la debilidad y el costo político.






