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Opinión

Política esquina economía

La grieta en octubre: tres partidos, dos programas

¿Argentina tiene o no que completar un ajuste fiscal y otro de costos? ¿Los debe hacer la política poniendo la cara o el mercado a los sopapos? La mayor duda: la alianza en torno al PJ no K.

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Lentamente se acerca el 22 de junio. En poco más de dos meses ya se sabrá quiénes son los candidatos a la Presidencia. Pero ya está claro que en la Argentina hay, si bien no hay aún tres candidatos precisos, tres sectores, “espacios” u opciones: el oficialismo, el kirchnerismo y una alianza en posible formación entre el peronismo no K y resabios alfonsinistas y socialistas.

Esto es Argentina. Y los nombres de quienes encabecen estas movidas pueden sorprendernos. Pero lo que no cambiará son esas tres opciones, que se organizan en torno a dos preguntas cruciales.

Ajuste doble: ¿sí o no?

La pregunta 1: ¿La Argentina tiene que hacer un ajuste doble que le permita soñar con superávits gemelos?

El primer ajuste es el del gasto y los impuestos, para poder alcanzar el superávit fiscal. Implica asumir que es imposible poner en caja el gasto público sin tocar el sistema previsional y el presupuesto que se llevan las provincias y sin liquidar en serio la economía en negro, cueste lo que cueste. El Estado ya no tiene quién le preste para cubrir su descalabro de décadas.

El segundo ajuste es el del costo argentino. De vez en cuando la Argentina se manda una megadevaluación para reducir todos los costos medidos en dólares (salarios, insumos, servicios, infraestructura, impuestos) y permitir que se pueda producir al menos algo, pero eso dura apenas meses y encima liquida el crédito, con lo que el costo del financiamiento deja afuera a todas las empresas argentinas de un saque en cualquier mercado. La Argentina ya no tiene cómo conseguir los dólares fáciles con que se acostumbró a vivir y sólo puede obtenerlos si exporta. Para eso hace falta desde una reforma laboral hasta una reforma de los resabios de la sustitución de importaciones que impone sobrecostos de los sectores protegidos ineficientes a los eficientes que serían capaces de conseguir dólares si no les colgaran esos collares de bochas del cuello.

Y la respuesta 1 es…

Cambiemos es el padre de la criatura. No sólo responde “sí” a la primera pregunta. Intentó hacerlo dos veces, primero con un gradualismo inconducente y ahora desde una pobreza política franciscana con la que sólo puede rezar por llegar parado a diciembre.

La alianza pejoti-alfonsi-socialista, no puede decir que “sí” con toda la claridad que querría para no quedar pegado en el diagnóstico. Pero cualquiera que haya escuchado en los últimos meses a Juan Schiaretti (“Equilibrio fiscal y estar integrada al mundo, eso necesita la Argentina”, dijo ante la Fundación Mediterránea el 11 de marzo), Juan Manuel Urtubey o Miguel Ángel Pichetto, sabe que eso piensan.

Sergio Massa ha preferido perderse en un decálogo de propuestas que se niegan una a la otra (bajar la inflación y al mismo tiempo incentivar el consumo; bajar el déficit fiscal y al mismo tiempo bajar impuestos; aumentar salarios y al mismo tiempo subir exportaciones, etc).

Y Roberto Lavagna borda contradicciones parecidas, pero con un poco más de elegancia, dando a entender que tiene escondida en algún escritorio la fórmula para resolverlas pero sin dar una pista sobre cómo lo haría.

El kirchnerismo -que suele recordar con orgullo que Néstor Kirchner tenía superávits gemelos- no suele profundizar en estos dos puntos ni mucho menos explica por qué Cristina Fernández los transformó en déficits gemelos si es que con Néstor eran tan buenos. Pero la virulencia con que no sólo han rechazado cualquiera de esas reformas sino que han acusado a otros de proponerlas, como si fueran criminales, dan a entender una negativa cerrada.

¿Ajuste político o ajuste a los sopapos?

La segunda pregunta crucial es más elusiva. Presupone que, a menos que existan las brujas, los platos voladores y los milagros, los dos ajustes van a suceder. Es más, están sucediendo. Cambiemos está inmolándose políticamente por no haber querido, sabido o podido hacerlos antes y mejor.

La fatalidad es la siguiente: a finales de 2018 quedó claro, como ya sucedió otras veces, que el Estado ya no puede financiar sus excesos de gastos y que la Argentina ya no puede conseguir los dólares que demanda. Porque no hay más prestamistas a la vista, porque la inflación ya elevada elevada torna imposible emitir y porque los impuestos ya son impagables.

De manera que la verdadera opción no consiste en elegir es si esos ajustes van a suceder o no, sino en elegir cómo preferiríamos que sucedan.

Un ajuste posible es político. Lo hacen los tres poderes del Estado, eligiendo cómo se reparten las cargas. El otro es a los sopapos. Lo hace el mercado cuando la cosa no da para más.

Y la respuesta 2 es...

¿Cómo responden a esta segunda pregunta los tres sectores políticos que disputan la conducción del futuro?

El kirchnerismo, al negar de plano la necesidad de los ajustes gemelos, le da a uno el derecho a asumir que, por defecto, promueve, explícita o implícitamente, un ajuste a los sopapos. En ese caso, claramente le conviene que todo suceda antes de las elecciones. La delarruización de Macri sería para Cristina Fernández la herramienta más perfecta para demoler el techo de su voto. Le ratificaría a su militancia que sus hipótesis clásicas son correctas. Y la gestión posterior a un derrumbe le permitiría capitalizar para la eternidad el rebote clásico que tienen esas catástrofes. Como les pasó a Néstor Kirchner y a Roberto Lavagna cuando Eduardo Duhalde y Jorge Remes Lenicov les entregaron el mando con todos los trabajos sucios hechos. Igual.

El macrismo intentó la vía política. Transó con gobernadores, negoció leyes en el Congreso y respetó a la Corte Suprema en la que pudo colocar a un juez de huellas radicales y a otro de raigambre peronista. Puede haber sido vocación republicana. Su debilidad política congénita y la herencia no le permitían otra cosa.

La incógnita es la protoalianza pejoti-alfonsin-socialista. A cualquiera con ansias de agarrar la manija a partir de 2019 le convendría lo mismo que al kirchnerismo (o que a Cambiemos si Cambiemos estuviera hoy en la oposición).

Pero hay un detalle: el escenario de la catástrofe sería electoralmente beneficioso, sobre todo, para el kirchnerismo, que fue el que más lo ha pronosticado hasta ahora. La próxima presidencia sería K.

Lavagna, Massa o Urtubey tienen más chances si las cosas no se descarrilan antes de las elecciones. Porque, a diferencia de los kirchneristas, ellos son potables para la Unión Industrial, para el sindicalismo no K, para los bancos, para el Fondo Monetario Internacional y hasta para el agro, que viene de reunión en reunión con Lavagna, el restituidor de retenciones.

Volvió la avenida del medio

Ya lo señalaron muchos analistas. No hay que interpretar elecciones provinciales a la luz de la agenda nacional. Está bien. Pero cuando esos comicios muestran un sentido parecido, entonces señalan algo. En las elecciones a gobernador de Neuquén y Río Negro y en las Paso provinciales de Chubut hay un punto en común. Los votos de Cambiemos se traspasaron a oficialismos moderados que en los últimos años estuvieron cooperaron con Mauricio Macri a cambio de plata. Son casi dos tercios, según el distrito. Los votos kirchneristas quedaron atrapados en su piso. Son un tercio.

¿Anticipa eso lo que pueda suceder a nivel nacional? No. Pero si la economía al menos estacionara su caída y esquivara una explosión, es casi seguro que el kirchnerismo (al menos si la candidata es Cristina Fernández) sería número puesto en el balotaje.

Y al otro ticket sería para Cambiemos o para la alianza en formación (siempre que termine de formarse), cuyos votos, en ese escenario hipotético, podrían sumarse, como acaba de suceder en dos provincias para frenar a los K.

Guarda con la carambola

Sería un resultado curioso. Los votos alinearían a quienes asumen en forma más o menos explícita la necesidad de los dos ajustes y a quienes prefieren o necesitan que esos ajustes sean políticamente controlados y no hecho a los sopapos. Dos tercios contra otro. O 60% contra 40%.

No sería un mal comienzo para un futuro gobierno, con poder político renovado y una acumulación de bancas en el Congreso que, aunque dispersa, habría hecho campaña, en los hechos, por algún tipo de continuidad para el duro camino emprendido por Macri recién cuando no le quedó otra.

Presten atención: podría ser la primera vez que la Argentina logra hacer de manera política y estructural los ajustes gemelos clave que necesita y que hasta ahora sólo se hicieron a los patadones y sin avanzar en cambios de fondo.

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