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Opinión Deportes

Cansados de legitimar el absurdo

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Guillermo sentó en el banco a Mauro Zárate para protegerlo del ruido mediático por su pasado en Vélez y la tumultuosa salida de la institución de Liniers. Hasta se quiso instalar una supuesta lesión para justificar la no inclusión. ¿Pretenderá el fútbol argentino caminar alguna vez por la senda de la normalidad si sus principales referentes validan peleas absurdas contra enemigos imaginarios? ¿De qué hay que proteger a Zárate? ¿Cuál es el pecado mortal que cometió por cambiar de lugar de trabajo?

"Vos sos contra mío", le espetó sin tapujos un exaltado "Coco" Basile a un periodista argentino, presumiendo que celebraba la derrota ante Brasil en Maracaibo por Copa América 2007.

Célebres fueron los encontronazos entre Passarella y Grondona a poco del descenso de River y no sos pocos los que ven "manos negras" en los reiterados errores arbitrales que casi siempre benefician a Boca, aunque el cuadro de la Ribera haya hecho meritos para sostenerse puntero durante 616 dias y 46 fechas. Nos la pasamos buscando enemigos. Vivimos en permanente estado de alerta envueltos en teorías conspirativas que flaco favor le hacen a la pretendida paz que debería reinar en un fútbol crispado y de gestos endurecidos.

Los jugadores convierten un gol y cualquier celebración puede ser tomada como una provocación. Si el gol se marca a un ex club se la pasan pidiendo disculpas por hacer su trabajo. Les está prohibido celebrar, disfrutar, reír y ya les está resultando prohibido jugar. 

Como si fuese un pecado mortal cambiar de institución en tiempos donde los Bochini ya no existen. Van mutando de camisetas como de medias y calzoncillos por efectos de un mercado volatil que te tiene seis meses en una vereda y seis meses en la de enfrente. 
¿Cuál es el pecado de cambiarse y competir en otra institución? Un Santiago Silva que ha jugado en 17 clubes diferentes llegará pronto al punto en que no pueda festejar más goles. Los hará pero no los celebrará por temor a que alguien pueda molestarse. ¿Hasta cuándo podremos legitimar lo que está mal? ¿Hasta cuándo toleraremos que puede incendiarse una cartelería de Mauro Zárate por ir a Boca o que pueda arrancarse de la galería de Instituto la de Mauricio Caranta por jugar en Talleres?
Hemos ido naturalizando lo inconcebible porque en el fondo nos encanta vivir en el barro. La confrontación permanente, la división en grietas, sale un pañuelo verde y entra un pañuelo celeste. Parece ser parte de nuestro ADN pues, de la boca para afuera, añoramos vivir en armonía y tolerancia pero en el fondo nos gusta tener una piedra a mano para lanzarla a la frente de nuestro enemigo. Y si éste no existe, lo imaginamos.

Guillermo Barros Schelotto, que fué en sus tiempos de corto un provocador nato, salió este fin de semana a justificar que Zárate no debia formar parte del juego porque su mente no iba a estar en blanco. Se iba a sentir condicionado jugando de local sin un solo hincha de Vélez en la Bombonera. 

Se hace de todo esto un exceso y poco constribuyen los protagonistas a brindarle un poco de buen criterio a conflictos que no deberiamos permitir. Conflictos que anidan en la mente de fanáticos que endiosan un día y denostan al otro, en un abrir y cerrar de ojos. Un club de fútbol es un sitio de trabajo. El futbolista es un profesional que vive de eso. El aficionado es un parcial que paga para ver un espectáculo, punto y aparte. Vivir y dejar vivir. Dejar de apuntar con el dedo y sospechar de todo. Dejar de legitimar el absurdo.

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