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Centurión, incorregible

Perfecta decisión de Coudet

Centurión
Centurión empujó a Coudet antes de ingresar al campo de juego.

Ricardo Centurión no es un bebé. Ni siquiera un juvenil que da sus primeros pasos en el fútbol profesional. Ya tiene 26 años y ha defendido la camiseta de 4 equipos. Desde que en 2013 dejó por primera vez la casa donde se formó (Racing) anduvo de aquí para allá cargando al hombro su calidad de potrero y su comportamiento insolente. En 2013 se fue de Racing a Genoa (Italia), y en 2014 volvió de Genoa a Racing. En 2015 se marchó a San Pablo, en 2016 aterrizó a préstamo por un año en Boca y en 2017, cuando ya el entrenador (Guillermo Barros Schelotto) había convencido al presidente (Daniel Angelici) de la necesidad de tenerlo definitivamente, una trifulca en un boliche un día antes de firmar el contrato, lo terminó depositando otra vez en Genoa. A los 6 meses estaba otra vez en Racing. Está clarísimo: le cuesta conseguir estabilidad. Laboral y emocional.

En Racing ya se mandó unas cuantas. La última futbolística fue hacerse con la mano la franja horizontal sobre el pecho en el Monumental. Es decir, cuando su equipo era vapuleado 3-0 por River y eliminado en octavos de final de la Copa Libertadores, no tenía mejor idea que jugar su partido personal y decirles a todos que era hincha de Boca y que en esa cancha le había metido un gol a River en el triunfo por 4-2 de 2016. Los hinchas de Racing, chochos. Ni hablar de los dirigentes, que habían puesto 5 millones de dólares para traerlo. Unos meses antes, tras una goleada a Patronato en Paraná, había pasado dos semáforos en rojo frente a una escuela e intentado coimear a los policías. Coudet, quien había dado el ok para incorporarlo y se creyó con suficiente carisma y liderazgo para poder contenerlo, le dio un pequeño chas chas (sentarlo en el banco de suplentes dos partidos) y luego le tiró la 10 del equipo.

En las últimas fechas, pese a que Racing lideraba en soledad el campeonato, las actuaciones de Centurión eran de flojitas para abajo. Casi nunca logró imponer su desequilibrio, como sí lo había hecho en la primera ronda de la Copa Libertadores. Su planilla en la actual Superliga no deja mentir: 16 partidos jugados (sobre 18 de Racing), 11 de ellos como titular, 8 veces reemplazado, 3 goles (1 de penal) y 2 asistencias. Demasiado poco. Cada vez que Coudet lo sacaba del equipo había peligro de conflicto y los directores de cámara de cada transmisión, lo tenían muy claro. Por eso lo enfocaban y pescaban su cara larga o la botellita revoleada o la piña al asiento. Coudet se hacía el distraído. Lo tomaba como parte del combo.

Ayer ya no lo pudo disimular porque fue demasiado evidente. El Chacho lo mandó al banco y decidió que fuera el tercer cambio de un equipo que no lograba ni hacerle cosquillas a River. Ingresó a los 22 minutos, en la mitad del segundo tiempo, en lugar de Renzo Saravia. Es decir: un cambio super ofensivo (mediocampista de ataque por defensor), con la idea de revertir una situación muy desfavorable. Un gol de Racing lo metía en partido, y eso buscó Coudet. Además, para algo está el entrenador. Para eso le pagan. Y por ese motivo los echan cuando pierden 5 o 6 partidos. Si la decisión las tomaran 25 jugadores, sería un caos.

Existen códigos en el fútbol, es cierto. Si Coudet hubiera mandado a Centurión a la cancha en el minuto 90, cuando ya no se podía hacer nada, para que lo insultara la gente de River, podría entenderse el fastidio del futbolista. Pero hasta ahí. Tirar la pechera en el banco, luego empujar al entrenador como diciéndole “salí de acá, a mí no me hablés” y por último morderse el labio fue una cadena de acciones en las que Centurión desautorizó totalmente a su jefe.

¿Sabrá Centurión que haciéndole notar a su DT que él merece ser titular o al menos no ser el último cambio está menospreciando a sus compañeros, faltándoles el respeto? ¿O él se cree mejor que todos? No lo ha demostrado en el campeonato, por lo menos. Tampoco es Messi.

Algunos dirán: “Pobre Centurión, no es un mal chico pero tuvo una infancia difícil”. No es argumento. La gran mayoría de los futbolistas en Argentina son hijos de la pobreza y de las carencias. Casos como el de Diego Latorre, que jugaba en un country, son una excepción. Sin embargo, casi ninguno actúa como Centurión.

Está bien que Coudet haya decidido separar a Centurión del plantel. Cualquier otra actitud de “cuidarlo” hubiera constituido una falta de autoridad mayúscula ante el grupo. El conductor debe ser justo y el futbolista suele medirlo todo el tiempo y en todas sus decisiones. Por último, lo mejor que puede hacer Centurión es, alguna vez, dejarse ayudar por amigos. Por amigos de verdad.

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