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Mercosur, China, Europa: al final, ¿nada les viene bien?

      

19/01/2026 | 14:31Redacción Cadena 3

Perspectiva Nacional

Se firmó el acuerdo Mercosur-Unión Europea.

FOTO: Se firmó el acuerdo Mercosur-Unión Europea.

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La globalización ya no avanza con la fuerza arrolladora de hace una década. Hoy ofrece señales confusas, contradictorias. China exporta al mundo mientras subsidia sectores estratégicos y levanta barreras. Estados Unidos propone acuerdos bilaterales y, al mismo tiempo, impone aranceles a Europa según el humor político del día. La Unión Europea firma un acuerdo con el Mercosur, pero Francia y otros países clave lo cuestionan. En ese escenario movedizo, la Argentina vuelve a discutir su lugar en el mundo después de años de aislamiento y proteccionismo.

Frente a este contexto aparecen, con bastante nitidez, dos miradas. Por un lado, la del gobierno de Javier Milei, que parece dispuesto a explorar cualquier ventana de apertura que se presente. No se trata, al menos hasta ahora, de una baja generalizada y abrupta de aranceles al estilo chileno, sino de algo más silencioso pero no menos relevante: el desarme de barreras burocráticas y paraarancelarias que durante años funcionaron como privilegios sectoriales y terminaron cerrando aún más una economía ya asfixiada por impuestos y regulaciones.

Del otro lado está buena parte de la oposición, en especial el kirchnerismo y sectores del peronismo, que parecen encontrar siempre una objeción distinta para cada intento de apertura. El problema no es solo el rechazo, sino la inconsistencia de los argumentos. Cuando se plantea un acuerdo con Estados Unidos, reaparece la idea —repetida como un mantra— de que ambas economías no son complementarias sino “suplementarias”, es decir, que producen lo mismo y por lo tanto competirían entre sí. Es una afirmación discutible para dos países tan distintos en escala, tecnología y estructura productiva, pero aun aceptándola, el razonamiento se vuelve endeble cuando se lo aplica selectivamente.

Si la condición para comerciar fuera ser “distintos”, entonces nunca habría existido la Unión Europea: Francia y Alemania producen bienes similares y, sin embargo, integraron sus economías. Llevado al extremo, Córdoba y Santa Fe no deberían comerciar entre sí por tener matrices productivas parecidas, o la Argentina debería alejarse de Brasil por su creciente primarización. El argumento se desarma solo cuando se lo extiende un poco más allá del caso puntual que se quiere frenar.

Con Europa ocurre algo todavía más llamativo. Allí sí hay economías claramente complementarias: el Mercosur exporta materias primas, Europa bienes industriales y servicios. Sin embargo, durante el gobierno de Alberto Fernández el acuerdo firmado en 2019 quedó virtualmente congelado. No se impulsó ni se defendió con convicción, pese a que, en teoría, encajaba con la lógica que el propio kirchnerismo dice sostener.

China tampoco cierra el círculo. Es un socio comercial que demanda lo que la Argentina produce y ofrece bienes que el país consume. Aun así, durante años se mantuvieron barreras paraarancelarias para limitar ese intercambio. Hoy, incluso dirigentes que defienden la idea de economías “suplementarias” piden frenar a China, como si el problema no fuera el criterio sino el socio de turno.

La sensación que queda es que no se trata de una discusión honesta sobre qué tipo de inserción internacional conviene, sino de una resistencia casi automática a cualquier apertura. Como si el horizonte deseado fuera seguir siendo un país cerrado, que intenta producir un poco de todo, sin escala, caro y con salarios bajos medidos en dólares. Un modelo que ya mostró sus límites, pero que sigue reapareciendo, disfrazado de argumentos técnicos que cambian según la ocasión.

En un mundo incierto y fragmentado, la Argentina tiene la oportunidad —y la necesidad— de discutir seriamente cómo integrarse. Pero para eso hace falta algo más que decirle que no a todo. Hace falta coherencia.

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